Xela: ciudad de panes y poemas


Desde que me despedí de Lean en el muelle y vi desde la lancha sus pies alejarse, sentí el vértigo de comenzar algo nuevo, con la sensación de que debí hacerlo antes.

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S me invitó a ir unos días a Xela, y no dejé pasar la oportunidad, tenía ganas de escaparme del lago, aunque solo fuera por poco tiempo.

Por primera vez en el viaje, hice dedo sin Lean. Como S recién está aprendiendo español, me tocó preguntar direcciones, averiguar qué caminos tomar, para qué lado dirigirnos, y conversar todo el viaje con los conductores.

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En dos autos y unas cinco horas llegamos a Quetzaltenango, Xela para los amigos. El camión que nos llevó nos dejó en una esquina de las afueras de la ciudades y saltamos a un minibus hacia el centro. No tenía asientos libres y era tan mini que, como definió S, tuvimos que viajar gran parte del camino “ass to face” (“el culo a la cara”), doblando el cuerpo por la mitad y poniéndoles la parte de atrás en la cara a los que venían sentados.

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Nos pasamos de la parada y tuvimos que volver como por postas preguntándole a todo el que nos cruzáramos hasta encontrar la casa del anfitrión de Couchsurfing que nos iba a hospedar. En las calles, me tomó por sorpresa que fuera de nuevo el español el que dominaba todas las conversaciones, después de tantos meses con el Kekchiquel reinando.

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Nuestro alojamiento con Couchsurfing era un estudio de danza en un primer piso, y nos dieron un cuartito al fondo. Al lado del estudio, un gimnasio ponía música desde las 7am, que después, como alrededor de las 9 se empezaba a fusionar con la de los amplificadores del estudio de danza, y a partir del mediodía hacía un trío con la del comedor que estaba en el piso de abajo.

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Salimos esa misma noche a caminar la ciudad. Como siempre que se empieza a viajar con alguien, no solo estábamos descubriendo un nuevo lugar, sino a la persona que teníamos al lado. Caminamos el Parque central, y un olor a pan casero nos llenó los pulmones de una extraña sensación de hogar. Los locales disfrutaban el frío de la noche emponchados en banquitos, apenas visibles por las pocas luces amarillentas que iluminaban el centro de la plaza.

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Nos alejamos del centro y los restaurantes bonitos para encontrar una cena más acorde, y encontramos un comedor en una plaza mucho más pequeña que olía a pis y fritura. Los cafés con mesitas en las veredas, luces tenues, cervezas importadas y playlists de Spotify pueden ser hermosos, pero el recuerdo de la singularidad de un plato chapín irrepetible no te la quita nadie. Y no viajamos para ir a todas las imitaciones de Starbucks del continente, sino para descubrir y abrazar las extravagancias ajenas.

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Un viaje hacia afuera de tu zona de comfort

S me contó que por un tiempo practicaba como una especie de juego: hacer cada semana algo fuera de su zona de comfort. Ya fuera viajando o viviendo en un solo lugar, siempre hay una cosa que nos da miedo y que ni se nos cruza por la cabeza hacer, pero que el día en que por casualidad llega a nosotros y nos animamos, nos hace sentir vivos, y nos llena de satisfacción. Me hizo pensar en cuánto, a pesar de estar viajando, yo evito esas situaciones y siempre me quedo en mi “zona segura” y conocida, resistiéndome a los cambios. Escondida tras la excusa de que ya estoy viajando, como si no tuviera que probar nada más.

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…y de la mujer

El segundo día conocimos a Néstor, nuestro anfitrión de Couchsurfing y profesor del estudio de danza, y nos invitó esa tarde a una clase gratis. Aunque durante el día hicimos otras cosas, no nos sacábamos de la mente el miedo a la clase, a pasar vergüenza, a ser las personas más pataduras del salón, y toda la tarde rogamos que fuera salsa y no bachata o break dance. A las 8pm aparecimos en el salón con las mejillas coloradas y un vasito de ron en la panza para enfrentar el papelón, y pasamos los siguientes 50 minutos de clase pisando a nuestras parejas de baile. Era bachata. Néstor nos hizo bailar a todos con todos, así que pasaron varias manos sudorosas por entre las mías, y varias piernas por entre mis piernas. Hay pocos bailes que me saquen más de mi zona de comfort que la bachata. Sentir una mano desconocida en la parte baja de la espalda empujándote hacia tu pareja de baile, y una pierna entre las tuyas que apenas te deja moverte, mientras un Marc Anthony de camisa húmeda te susurra algo desde el amplificador, y el profesor te grita que muevas la cadera sacando cola con estilo puede ser muy incómodo, o muy gracioso, de acuerdo a la cantidad de ron que se ingiera antes. Como no queríamos pasar más vergüenza de la necesaria, nuestra cantidad fue demasiado moderada como para que la incomodidad se fuera, y terminamos como a mitad de camino. Nos fuimos agradeciendo por la clase y diciendo que “íbamos a ver” si nos sumábamos a la noche de baile en un club al día siguiente…

Así como cada vez siento más natural no estar con Lean, pasar de viajar con él a hacerlo con otra persona fue menos extraño de lo que pensaba. Él estuvo muy presente en mí todo el tiempo, porque hice todas las cosas que hasta ahora había hecho con él, como Couchsurfing, autostop, recorrer un lugar de principio a fin, pero hacerlo con alguien más se sentía tan diferente, que no puedo decir que lo extrañé. Fue como empezar a vivir todo otra vez, pero de una forma tan distinta que la falta no se percibía. A pesar de nunca antes haber viajado con S, todo el tiempo tuve la sensación de que me hacía sentir en un ambiente conocido, como en casa. De la misma forma que caminar Xela se sentía nuevo, pero su aroma a pan recién hecho en cada esquina me daba una rara pero agradable sensación de estar en un hogar, todavía estaba conociendo a S, pero podía sentir mucho cariño uniéndonos. Los largos silencios cómodos de nuestras caminatas forjaban una confianza espontánea e infinita, que solo había compartido con pocas personas hasta ahora.

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Xela me dio la impresión de que quizás el amor funcione igual que esta ciudad, quizás cuando nos separamos no podía ni pensar en alguien más entrando en mi vida, así como después de tres meses en Atitlán me resultaba ajeno que el lago ya no fuera a estar ahí adelante, que se pudiera vivir en un lugar más grande que un pueblito de menos de diez calles que se camina completo en 15 minutos, pero así como en cuanto pisé la ciudad todos sus ruidos, olores y laberintos me cautivaron de una forma distinta pero con la misma intensidad, quizás pueda sentir un amor, completamente distinto, pero intenso, sin querer menos a Lean. Hoy me parece hasta ridículo haber creído que si le daba todo mi amor a él, no tenía para nadie más. Pero ver a S tan cerca de los dos, me di cuenta de que no hay límite, de que el amor no se agota ni se divide.

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En la cima del cerro El Baúl nos sentamos para contemplar la ciudad. Si todas las ciudades se ven bonitas desde los miradores, Xela con sus cielos terracotas bajo el fondo azul que delineaba las montañas no se queda atrás.

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Mientras le sacaba fotos vi a S escribiendo un poema en una de esas tantas notitas que se compró y que anda paseando por Guatemala. Nunca supe de qué hablaba el poema, pero me imaginé que sería sobre el pan, y de todos los cafés de Xela donde se quedan las historias de los locales y los viajeros que pasan por allí a vivir vidas fuera de su tiempo, y de su zona de comfort.

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