Volver, ¿y así se siente cumplir tus sueños?


Volver… volví… Volví hace menos de dos semanas. Trece días en Buenos Aires, Argentina, y ni pisé capital pero la intimidante onda expansiva de la vorágine citadina llega a Provincia. Tigre, chiquita y linda, me alcanza y me sobra para marearme de sensaciones encontradas. No podría describir en una palabra el sentimiento que estuvo más presente estos días. Porque fueron miles, y no se describen en una sola palabra… pero quizás en una frase sí ¿estoy soñando?

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¿Es real?

 

Todo lo que formó mi vida de los últimos dos años parece haberse esfumado, y solo quedé yo. Y bueno… llegó el momento de probar qué tan confiable soy… para mi propio bienestar.

Y yo sé que la desaparición de la vida de viaje fue más gradual de lo que parece, pero se siente como si se hubiera ido en un segundo. Cuando pienso dónde estaba hace diez días, un mes, seis meses, todo parece a años luz de distancia. Tan lejos, que suena más a la vida de otro que a la propia.

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Busco los chispazos diarios de una felicidad que ahora a la distancia se me antoja permanente cuando sé que era tan fugaz como lo es acá en Argentina, solo que de viaje se medía en días, y acá… en momentos. Pero la felicidad es, y siempre fue, un estado pasajero, una elección. Y me repito que del mismo modo en que era feliz viajando, soy feliz acá si quiero. Pero solo si quiero.

¿Fue un sueño? ¿Voy a abrir los ojos y voy a estar durmiendo en una cama en Argentina, sin haberme ido jamás? ¿sin haberlo conocido a Lean?, ¿sin haberme enamorado nunca?

¿O voy a abrir los ojos en Guatemala o en Ecuador, y el sueño es haber vuelto?, y en realidad no vuelvo nunca.

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Algunos paisajes parecían salidos de sueños

Quizás… volver no es volver, y acá estoy, sintiéndome la que era antes de irme, pero nada es igual y yo soy una viajera recorriendo una ciudad más, a la que me conectan sentimientos más complicados de lo usual, y con un terrible bajón viajero que solo puede conocer el que gastó zapatos en la ruta. Ese bajón de que no hay lugar en el mundo para vos, de que podés viajar toda tu vida pero el desarraigo ya te tomó hasta las venas y ningún lugar va a ser tu lugar, nunca más.

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Locura viajera

O quizás ese es el siguiente nivel. No hay lugar… el lugar está en mi cabeza. Yo soy mi lugar en el mundo. Por eso cuando no podés estar con vos, no encontrás refugio en ningún lugar del planeta. Y a la vez, cuando te encontrás a vos mismo, podés estar bien en cualquier lado.

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“Somos lo que pensamos. Todo lo que somos surge con nuestros pensamientos. Con nuestros pensamientos construimos el mundo” me tiró el novio de mi amiga tomando mates en una fría mañana de Buenos Aires. Un frío que yo relamía con el humito que tiraba por la boca, contenta, después de mi año y medio sin invierno y escuchando las enseñanzas de Buda. Y lo que ya empezaba a extrañar mucho eran esas charlas, casi diarias durante nuestro viaje. Y mirá dónde las vengo a encontrar. Esos instantes de sabiduría que te abren dos puertitas en la cabeza, te dan unos golpecitos y te cambian, más, la forma de ver. Fórmulas gratuitas de la felicidad que se reparten en letras voladoras, y que muchos se perderán por desatentos. Están en un camionero que nos paró en la ruta, en un anfitrión de Couchsurfing que nos hospedó en su casa, en un viejito venezolano que busca vida eterna tras unas antiparras en el Caribe, y están acá, en Buenos Aires, donde nunca pensé encontrarlas.

 

Y en medio de esa conversación y el humito que nos sale por la boca, a él, a mí, y al mate que parece que se prende fuego, me acuerdo. Me acuerdo de quién fui estos últimos dos años. Y de por qué ya no soy la misma. Aunque haga lo mismo, aunque vaya a los mismos lugares, vea la misma gente, duerma en las mismas camas, tome los mismos colectivos, coma la misma comida… ya no puedo ser. Nada es igual, y no va a volver a serlo.

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“Nunca te olvides de la montaña” le dijeron a Lean. Y yo lo tomo para mí al consejo. No me olvido de la montaña, del viaje, de Lean, de esa yo. Ya está todo adentro de mí, ya soy esa. Ya no soy la que teme ser otra, la de antes.

Y sí, así se siente cumplir tus sueños. No te sentís un superhéroe, no te sentís completa y realizada, no sentís que llegaste a la cima, no te sentís 100% en paz. Pero sentís que aprendiste, y, al menos en este caso, que aprendiste muuuuuucho, y en especial a ejercitar la práctica de recordarte quién querés ser, y hacia dónde estás yendo.

Lo que empiezo a entender es que Volver es parte del viaje, es la etapa final. Es la prueba -quizás la más difícil- del viaje. En la que, después de haberte impartido las enseñanzas, te toman lección y ven cuánto te quedó de todo lo dicho “en clase”, que es la ruta, nada menos que la vida misma.

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Puede ser más fácil ser “otros” en un entorno diferente, donde nadie nos conoce, donde podemos reinventarnos todos los días y no habrá resistencia, porque nadie espera que seamos de cierta manera.

Pero ser distintos, y en especial el “otro” que queremos ser, en nuestro mismo entorno, en el que nos vio crecer, formarnos, y nos conoció por mucho tiempo así… es un gran reto. Es quizás un mayor acto de rebeldía que irte sin mirar atrás. El peso de la mochila ahora proviene de las expectativas de quienes están acá. Aun si bienintencionadas, expectativas al fin. Y esta mochila… es invisible. Todos esperan a una persona: la que conocen. A “una” Agus. Pero esa Agus ya no está, y la que está, si bien puede verse parecida, y sonar casi igual, no es la que se fue. Y es una batalla constante, sutil, una guerra fría, mantenerla a ella viva y feliz. Pero, por eso, no hay que olvidar a la montaña.

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