Viajeros niños 3


Se toman de las manos y salen a caminar. Dos porteños (en realidad, un porteño y una bonaerense, pero ese gentilicio siempre le pareció tan feo que mejor dejárselo a la policía) caminando por una calle de tierra en un pueblito norteño. Se emperraron en unir Cafayate y Cachi por la 40. Porque es el lado que no hace nadie a menos que tenga auto, porque hay menos turismo, porque el paisaje es igual o más hermoso que del otro lado, porque sí. Se emperraron en ir por ese camino y ya sienten que están haciendo historia. A solo días de viaje el pueblo los agarra fresquitos, con los ojos bien abiertos y ávidos de todo. De paisaje, de cultura, de experiencias, de gente, de paz, de todo.

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Aunque ya pasaron la niñez, son unos viajeros niños. Se sueltan las manos sólo cuando ella va a sacarle una foto a una casa, una llama, una sombra, un chancho, una iglesia, una vaca, una plaza, una montaña.
El mediodía acaba de pasar y dejó un aire caliente que se cierne sobre el pueblo.

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A la memoria de ella llega una foto que vio desde chica de la iglesia de Yavi colgada en una pared de su casa. Era una foto donde el naranja era protagonista que forjó esa idea del norte como un lugar seco, árido y caluroso, que más tarde en sus viajes confirmó o rectificó según el destino.
Ellos caminan alejándose del centro del pueblo. Se alejan hasta que el camino marcado desaparece y solo queda caminar por la tierra caliente hasta que el espacio entre las casas es cada vez más grande, hasta que la montaña que se veía al fondo desde el pueblo gana el centro de la escena, hasta que hasta los chivos hablan solos de tanta soledad.

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Cruzan por delante de una casa abandonada con una bicicleta en la puerta que espera a su dueño para ir a dar una vuelta. Ella empieza a sacar fotos.

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La atrapa cómo los rayos del sol de las primeras horas de la tarde juegan a las sombras con las paredes y las columnas de la casa, con la copa del árbol del jardín, con los rayos de las ruedas de la bici.
Quiere entrar, pero en ese pueblo silencioso de siestas infinitas es imposible adivinar si la casa está realmente abandonada.
Él siguió sus pasos por el camino sin camino y la llama desde unos metros más adelante. Quieren llegar a un mirador y bajar antes de que se haga de noche.

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Siguen avanzando por las afueras del pueblo adivinándose entre ellos las sensaciones que les produce ese lugar, sintiéndose lejos de la gran ciudad con sus ruidos y su siempre mirar, añorar y buscar el mañana perfecto, o, al menos, mejor. En este pueblo sin tiempo donde lo que a esta hora importa es la siesta y más tarde… más tarde unos mates… dicen que se quedarían a vivir.

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Los bichos de ciudad que se creen transformados por el silencio y el abrigo al corazón de ese aire caliente, pero que también solo saben pensar en el mañana, se quedarían “para desayunar mirando la montaña por la ventana y leer a la sombra del jacarandá”.

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Entre esos recuerdos de futuros aún no vividos han subido hasta el mirador y descubren a los gallinazos posados en unas piedras. Se preguntan si son cóndores, porque nunca vieron aves más grandes. Él, porteño de gorriones de parabrisas y palomas apestadas, ella, bonaerense de bicho feos y teros con sus crías. Intentan acercarse a los gallinazos silenciosamente para ver más de cerca esa naturaleza salvaje comtempladora de horizontes norteños, pero las ramitas y hojas secas y el pedregullo flojo bajo sus pies impiden cualquier sigilo y mandan a los gallinazos hasta las antenas de la cima, lejos de los perturbadores de siestas.
El nacimiento del atardecer los sorprende en el mirador a través de arbustos secos y pinchudos y rocas tibias donde sentarse a verlo.

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A falta de mate, agua para la charla y contarse una vez más sus expectativas, sueños y miedos por todo lo que van a vivir.
Pero se recuerdan con un beso serrano la importancia de la felicidad presente, las metas ya cumplidas y los tesoros ganados por el simple hecho de haberse ido, de haber volado.
Desandan sus huellas de tierra en el camino sin camino hasta el centro del pueblo.

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Hostal, agua en la ollita, termo, yerba, mate, y a la plaza aunque ya sea más hora de cena que de merienda. Se sientan en las escalinatas del centro de la plaza, único lugar del pueblo con WiFi. A su alrededor, grupos de chicos usan sus notebooks, charlan, u observan a los únicos dos viajeros de todo el pueblo aprovechando las últimas luces tenues de la tarde en su final. El pueblo acaba por desvanecerse en la oscuridad, quedando ya solo iluminado por los destellos plateados que decoran el cielo y se ven a través de las copas de los árboles.

El pueblo se llama Angastaco, y los enamoró como en otra época cualquier población del norte argentino debe haber enamorado a cualquier forastero.

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3 Comentarios en “Viajeros niños