Una familia en cada puerto


Cuando me subí a ese bus un domingo en Buenos Aires mientras la tarde se hacía noche y mis sueños realidad, no imaginaba todas las cosas buenas que este viaje me depararía.

Me imagino que a algunos antes que yo les habrá pasado: mi familia no me la hizo fácil. Cuanto palo tirado encontraban me lo ponían en la rueda de la bici de la felicidad y yo seguía pedaleando aunque avanzaba cada vez menos.

Llegué a creerme todo lo malo que me vaticinaban. Estaba segura de que iba a pagar, como kármicamente, el daño que les hacía al abandonarlos. Que iba a terminar descuartizada (o cosas peores) por un loco, de esos con los que todo el mundo, menos Tigre, está lleno.

Me fui A PESAR de eso, de ellos. Me fui a ver cuánto era cierto. Llegué a decirme a mí misma, “bueno, si tengo que morir en este viaje que así sea, al menos voy a tener unos meses felices”. Así de convencida estaba de estar haciendo mal, y a la vez así de convencida estaba sobre que este era mi destino.

Cuántos tendrán que luchar contra sus familias, contra estudiar, trabajar, vivir, ser, algo que consideran equivocado solo porque así lo cree mejor gente que no los quiere, o puede, entender. Espero que sean como yo, que no sean boludos, y que hagan y SEAN lo que su corazón les dice.

Adiós Ecuador

Para cuando sellamos los pasaportes en la aduana y entramos paso a paso en territorio colombiano sentimos que estábamos teniendo un poco de mala suerte:

  • Haciendo dedo, nos habia levantado una pareja ecuatoriana que iba a Pasto, nuestro destino del día. Pero cuando llegamos a migraciones ellos pasaron y nos dijeron que nos esperaban luego de que hagamos los tramites. Cuando sellamos ya se habían ido.
  • Caminamos tratando de alejarnos de la frontera para hacer dedo, pero el camino era en subida, nos iba a tapar una curva y empezaba a nublarse. No pudimos alejarnos mucho.
  • Empezamos a hacer dedo a pocos metros de la aduana, donde hay muchos gendarmes, por lo tanto menos chances de que te levanten (un extraño miedo a que la policía te castigue por hacer un bien…)
  • Se largó a llover.
  • Entramos en un menú a almorzar un plato no tan caro como feo.
  • Terminamos discutiendo (¡sí, las parejas viajeras también discuten!, y sí, los viajeros también tenemos días en que te sale todo como el culo).
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Si yo estuviera en su lugar me preguntaría cómo es un perro rosa. Acá está. Además de la hebillita tiene el pelito teñido. Disculpas por la foto, pero no se quedaba quieta.

Cuando paro de llover, hicimos un pacto de silencio para no discutir, poder seguir haciendo dedo y salir de la frontera. Pero yo tengo como una creencia interna de que si hacés dedo cuando no estás del todo bien se te nota, y de hecho, estaba forzando una sonrisa poco creíble, cuando, contra todos mis pronósticos, paró un auto.

Y, como mágicamente, nuestra suerte cambió. ¡Era una mujer sola! Se me infló el pecho de orgullo de que una señora no tuviera miedo a detenerse a subir a dos extraños con cara de inofensivos a su auto.

Al final no venía sola, la acompañaba Sarita, una caniche de orejas, cola y uñas rosadas que daba saltos por todo el auto, de la luneta, a mis rodillas, a las de Lean, a la palanca de cambios, a las mochilas.

El resto del espacio lo colmaba la música de la radio que me alienó por completo de la conversación en el asiento de atrás, así que me limité a cada tanto decir un “y sí”, o un “claro” cuando Josefina me miraba por el espejo. Ella le estaba contando a Lean cómo había cruzado a Ecuador, donde vive su hermana, para hacerse pasar por ella e ir al médico gratis por una hinchazón en la boca.

El relato, de hecho, continuó mientras Lean bajaba las mochilas del auto, yo ponía mi mano como barrera para que Sarita no se escape, la música sonaba más fuerte que antes, y Josefina gritaba, entre medio de su historia, “¡No, Sarita, no bajes!”.

Habrá sido lo bizarro del viaje o la buena onda confianzuda de Josefina y Sarita, pero la mufa se nos pasó. Josefina, genia, nos había dejado en una banquina de las afueras de Ipiales. Acomodamos las mochilas, y después de juzgar rápidamente qué tan cerca se balanceaba la cola del caballo que comía al costado del cordón, seguimos haciendo dedo camino a Pasto.

No dar papaya

Tres minutos habían pasado cuando Gustavo se detuvo y bajó para ayudarnos a meter las mochilas en el baúl, arriba de muchos libros.

Teníamos más de una hora hasta Pasto, la carretera era buena, pero sinuosa y en altura. La conversación fue fluyendo como en los mejores casos y el viaje se hizo corto entre fútbol, historia, política nacional e internacional, y comidas locales.

Mientras nos acercábamos a la ciudad de Pasto hablando de cuyes y hornados, Gustavo nos invitó a su casa a tomar el café con pan de las onces (algo así como nuestros mates con facturas).

En la casa nos recibió Adriana, su esposa, que se había quedado con ganas de conocer a unos viajeros en combi con sus aventuras de ruta desde que escuchó por la radio que pasaron rumbo a Alaska y por muy poco se perdió de reunirse con ellos.

Sin darnos cuenta en el momento, probamos por primera vez “el mejor café del mundo” con unas “palmeritas” (no recuerdo cómo las llaman en Colombia) que, lo voy a decir, me gustaron más que las argentinas (no soy tan del hojaldre, y estas eran más bien esponjosas) y unas famosas arepas de maíz, que hacen honor a su popularidad.

Gustavo tenía que ir a dar una clase a la universidad, así que estábamos hablando de que nos recomiende un hostal cuando desapareció con Adriana unos minutos y volvieron para ofrecernos un sofá cama…

La felicidad hecha regalo

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En este viaje hubo oportunidades en las que descubrí algo que me pasa solo en determinadas situaciones. Y es que se me dibuja una enorme sonrisa en la cara, que no puedo deshacer, tanto que los ojos se me ponen chinitos y brillosos, me pongo nerviosa, babeo más de lo normal, y la voz se me quiebra un poco. Es como la forma física más sincera y menos poética de la euforia. En Buenos Aires solo había sentido algo parecido cuando me enamoré por primera vez, de Lean. Pero en el viaje me pasó varias veces, cuando todos esos prejuicios que me enseñaron a tener desde chica, esos miedos y desconfianza se van derrumbando de a pedacitos, cuando un desconocido nos ofrece un lugar en su casa, pero en realidad es en su vida y en su corazón.

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Es un proceso de deconstrucción de prejuicios que tiene lugar en mi mente en segundos. Como si los dos pensamientos: “el mundo está lleno de gente mala que quiere hacerme daño” y “encontré gente que sin conocerme me ofrece ayuda, techo, comida y afecto” no pudieran convivir. Uno de los dos pensamientos debe irse.

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Eso no significa que viva en un cuento, pero sí que confíe en que las personas buenas y desinteresadas existen y son más de las que uno cree, y puede pasar que nos crucemos con ellas seguido. Y a las demás, a las malas, se las evita, como dice Gustavo, al “no dar papaya”, no regalándoles la oportunidad de que nos hagan mal, y siendo precavidos.

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Nos mandó esta foto para que no lo olvidemos. ¡Y no lo hicimos!

Yo, en esos momentos, siento que estallo. Me contuve todo lo que pude, pero quería saltar y aplaudir espásticamente de felicidad. Y entre las disculpas de ellos por no tener una cama más grande solo me salían risitas y “gracias” que se mezclaban con las de Lean, pero que no alcanzaban para expresar la euforia que teníamos adentro, y que solo salió cuando cerraron la puerta del cuarto y nos abrazamos festejando.

Al día siguiente, el desayuno se convirtió en sobremesa y se extendió hasta casi el mediodía con la charla en familia. Conocimos a María Isabel, la hija de Adriana y Gustavo, y hablamos de tantas tradiciones colombianas y argentinas que ya no podemos recordar. Nosotros contamos anécdotas de estos nueve meses de viaje, y ellos nos contaron de sus costumbres, comidas y formas de vivir.

Íbamos a salir a la mañana con María Isabel hacia la Laguna de la Cocha, la más grande de todo el país…

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(que me hizo acordar mucho a Tigre)

…pero terminamos yendo casi al mediodía, y almorzamos allí con ella.

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A lo único que SIEMPRE le sacamos fotos: al morfi

Una familia en cada puerto

Después de Pasto teníamos que ir enseguida a Cali y parar a trabajar unas semanas, así que el sábado era nuestro último día allí. Planeábamos salir temprano, porque son casi 400km (siete horas en auto).

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Sin embargo, de nuevo, el desayuno pasó y llegó el almuerzo y seguíamos sentados a la mesa hablando, como si los temas no se agotaran nunca y siempre hubiera una pregunta más que hacer, una anécdota más que contar, un lugar más que recomendar.

El papá de Gustavo pasó al mediodía a dejar unos tamales de mariscos que enviaba un primo de Tumaco y se unió a la charla.

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Para mi envidia, Lean suele ser el que encuentra temas en común con la gente que conocemos. Habla de fútbol, o los reta a una partida de ajedrez, comparte y le recomiendan música, o le convidan típicas comidas carnívoras preguntándole por el asado argentino. No sé si es porque yo soy más reservada, o vegetariana, pero no me pasa tan seguido. Esta vez, la suerte estuvo de mi lado, y Gustavo resultó ser un apasionado por la fotografía. Su papá también conocía otro tanto, y recordaba algunas historias de su padre, o sea el abuelo de Gustavo, que era fotógrafo.

Y, con todo el equipo (filtros, lentes, cámara digital, analógica, kit de limpieza) desplegado sobre la mesa del comedor, mientras Gustavo limpiaba el lente de mi cámara, que, lo admito, estaba muy mugriento, su papá se emocionaba y nos emocionaba relatando la anécdota de cuando su padre agarró un destornillador y desarmó su cámara en mil pedacitos, para después recorrerse todo Pasto con su hijo buscando quién se la arreglara con los pedacitos en una bolsa.

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Mientras con Lean escuchábamos la historia sin imaginar cómo podía terminar, yo pensaba que tal vez no me tocó la familia que necesito, y no tuve a alguien que compartiera mis pasiones, ni nada parecido. Pero que este viaje, día a día, va construyéndome de vuelta de a poquito. Relatándome las historias que otros no me contaron, o las experiencias de vida que otros no me enseñaron. Y regalándome las piezas para armar en mi interior la familia que necesito, y poder ser la mejor versión de mí misma.


Las fotos de este post son de la laguna de la Cocha, en Pasto, Colombia.

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