Trampolín del lago Atitlán: salto a la libertad


Cada vez me convenzo más de que tomamos la mejor decisión. Mi cabeza se empieza a acostumbrar y me doy cuenta de todo lo que estaba mal. La primera sensación de frustración empieza a cambiar por una que dice que no nos equivocamos y no es que nuestra relación fracasó, sino que necesitábamos evolucionar por separado, y llevarla al siguiente nivel, en una versión poco convencional. Me veo habiéndome convertido en una pareja demasiado dependiente y muy necesitada de atención. Atención que debería haberme estado dando a mí misma, en vez de pedírsela a alguien más. Me siento más libre, y acompañada. La soledad se va yendo porque ya no busco que él me acompañe todo el tiempo, sino que me doy esa compañía a mí misma. Y lo veo más relajado a él, sin tener que estar para mí todo el día como una presión, sino eligiendo los momentos y disfrutándolos más.

Ahora que no busco que él me complemente me siento más entera, más capaz, más completa. Disfrutando más nuestro tiempo juntos.

Trampolín del lago Atitlán: salto a la libertad 1

Miro hacia atrás y veo tantas cosas que quería controlar. Cuánto me decía que controlar eso me hacía feliz, que obligarme a actuar de ciertas maneras me hacía feliz, cómo me sentía responsable por tanto, y lo siento un error.

Me miro al espejo y me veo distinta. Ya no hay una sombra detrás de mí, ya no lo siento una parte de mi propio cuerpo. Pero a la vez sé que está ahí, conmigo, sé que me acompaña y me apoya, sé todo el amor que nos une.

Trampolín del lago Atitlán: salto a la libertad 4

Necesito dejar fluir. Estoy soltando cosas. Y no se trata de cosas materiales. En los últimos meses regalé casi la mitad del contenido de mi mochila, pero no pasó por ahí. En mi cabeza, cada vez retenía más, sujetaba todo. Cuanto menos me importaba lo material, más me aferraba a lo que me hacía sentir amada. Buscaba en otro el amor que me debía a mí misma. Como me dijo un amigo, caminaba sobre puntas de pie para que toda nuestra relación se mantenga y poder mantenerme yo.

Trampolín del lago Atitlán: salto a la libertad 5

Supongo que no era más que miedo a cambiar, miedo a que las cosas fueran diferentes. Miedo a enfrentar mi propia independencia. A veces es sorprendente darnos cuenta de que seguimos dentro de una gran zona de comfort cuando creemos haberla dejado hace tiempo por estar viajando. Y de hecho, es una más difícil de dejar, porque creés que no existe. Como no tenés una rutina definida, como tu vida no es sedentaria y no volvés todos los días al mismo lugar, con la misma gente, creás una falsa sensación de libertad, sin darte cuenta de todas las cosas que estás sujetando.

Que sí, no son cosas materiales, ¿pero no es casi peor que sean personas, sentimientos, miedos, culpas?

El lago Atitlán

Trampolín del lago Atitlán: salto a la libertad 2

Me dije que antes de dejar el lago Atitlán iba a saltar del bendito trampolín de la reserva cerro Tzankujil, pero nunca lo concretaba. Me daba pánico. Era el más alto en el que estuve, de hecho, solo estuve en uno antes. Y saltar significaba caer al agua. Ya sé, suena obvio, (y menos mal que caes al agua) pero para mí -con mi miedo al agua- eso era más un problema que un alivio. Como es tan alto temía hundirme mucho en el agua y que no me alcanzara el aire para volver a subir. Me planteaba millones de miedos, me ponía excusas todo el tiempo. Que no quería pagar de nuevo la entrada, que no había llevado la malla… Y estos últimos días en que ya pensaba en irme del lago Atitlán, pensaba “y bueno, me voy a ir sin tirarme, ya no me da el tiempo, pero está bien, no me importa”.

Pero en el fondo sabía que era un miedo que enfrentar. Necesitaba soltar, dejarme caer, no pensarlo.

Lo más hermoso de la caída fue que nada dependió de mí. Yo solo tuve que dar ese pasito al vacío y después mi cuerpo solo bajó, se dejó caer, y nada de lo que yo hiciera lo iba a evitar. Me sentí libre. No había nada que elegir, nada que pensar, eran segundos inevitables en los que yo solo era una cosa cayendo, sintiendo el vértigo en el estómago, el viento en el cuerpo.

Cuando salté, cerré muy fuerte los ojos. Cada segundo volando esperé el contacto inevitable del agua, porque sabía que estaba ahí abajo, pero la caída se sintió tan larga que llegué a pensar que iba a volar así para siempre.

Trampolín del lago Atitlán: salto a la libertad 3

Uno cae como puede, no como quiere

Grité. Grité un “wuuuuu” lo más fuerte que pude. Fue para sacar esa presión de adentro, para tapar mi interior cagón rogándome que no lo haga, para demostrarme a mí misma lo valiente y libre que soy. Grité como una loca porque sentí que puedo todo, porque no hay reglas, porque si necesito gritar y saltar y volar y caer voy a hacerlo, porque siempre se vuelve a la superficie, porque el aire me alcanzó y cuando salí toda mojada, con la nariz ardiendo y el cuerpo adolorido nadie me podía borrar la sonrisa de la cara. Grité porque soy libre de hacer todo lo que quiera, porque yo creo las reglas, y puedo vivir en el mundo que sueño solo cambiando yo misma.

Y ahora me digo que necesito liberarme, soltar, dejarme volar mucho más, y dejar que las cosas sucedan, sin controlarlas, ni intentar decidir cosas al respecto. Que el tiempo me demuestra que como se está dando todo es lo correcto, y lo mejor para los dos. Y pienso en la canción de Drexler, de que “uno solo conserva lo que no amarra”, y no la pienso en función de Lean, porque ya entendí que a él lo tengo que dejar ser, y ya lo estoy haciendo, lo pienso sobre mí, y veo cuánto más feliz soy cuando no lucho contra mí misma, y cuánto disfruto de volar, sin preocuparme por todo lo que no puedo controlar, como la gravedad, por ejemplo.

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