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Me la puedo imaginar a Patricia, con veinte años menos, igual de flaca que ahora, delgadísima, caminando hacia el fondo de su patio con un cuchillo en la mano. Con una voz ronca que emana de la profundidad de sus pulmones putea un par de veces mientras intenta agarrar una de sus gallinas, sin éxito. Lo logra al fin entre aleteos, corridas y una nube de plumas cayendo sobre el barro y el pasto ralo del fondo de su patio. No necesito que nos cuente el resto de la historia, porque miro su jardín y a ella, y siento que la veo haciéndolo en ese momento.

Estamos sentados en el sofá de la galería de su casa. Patricia fuma su cigarrillo de marihuana y tabaco mirando la calle. Casi no pasan autos, el sol está alto, es sábado y nos acabamos de levantar, todos, son casi las 11am. Es la última mañana en su casa, con ella. Y la voy a extrañar.

Patricia nunca había hecho Couchsurfing, ni había escuchado de la red. La conocimos después de que una excolega de trabajo, que sí tiene una cuenta, no nos pudiera recibir en Paramaribo porque se iba de viaje, pero nos recomendó escribirle por mail a su amiga. Abrí mi cuenta de correo y me senté a pensar. No me la había hecho muy fácil, tenía que escribirle a una desconocida para preguntarle si me podía quedar en su casa. Me esforcé en ese mail más que para cualquier postulación de trabajo que haya hecho en mi vida. Le dije cómo habíamos llegado a ella, le conté media vida (de los dos), todo el viaje: qué habíamos hecho, qué hacíamos y qué pensábamos hacer), le expliqué cómo funciona Couchsurfing, por qué existe, por qué lo preferimos, el sistema de referencias, le dejé los links de nuestros perfiles de CS y el del blog. Y después lo redacté diez veces más hasta que estuviera lo suficientemente comprimido para que no se aburriera a la mitad y dejara de leer. Y… crucé los dedos.

Respondió rápido. Dijo que había estado esperando nuestro mail. Dijo que sí.

Cuando la conocimos acababa de cumplir 60 años, y de jubilarse. Estoy más acostumbrada a mujeres que se deprimen por estar cada vez más cerca de los 60, de dejar de trabajar, de que las llamen “abuelas”. Patricia, después de dedicar 17 años al trabajo social con expresidiarios y otras décadas con enfermos de Lepra, lo redondeó en pocas palabras:

—Ahora, por primera vez, puedo hacer lo que yo quiera.

Antes que a ella conocimos a su hija mayor, Sahida, de 29 años. Cuando llegamos a Paramaribo Patricia estaba de viaje y pasamos dos noches en la casa de otro anfitrión de CS. Ella llegaba la misma tarde en que nos iba a recibir, así que nos encontramos con su hija y fuimos a esperarla a su casa.

Allá encontramos a Shomira, la hija menor, y no tardó en llegar Yves, el novio de largas rastas de Sahida.

Nos sentamos en el sillón de la sala. La puerta de la calle estaba abierta y entraba el sol de la tarde. Cada tanto, se asomaba alguno de los tres perros flacuchos para ver si había algo para picotear.

Yves nos contaba de su ascendencia africana, javanesa y amerindia, aunque eso ya lo dejaban ver sus ojos rasgados, su piel morena y las rastas de dos décadas (que tiene desde los 12 años). Estaba sentado en el apoyapiés debajo de la ventana junto a Sahida.

Mientras él armaba su cigarillo de marihuana, Shomira, desde la cocina, se peleaba a los gritos con su hermana porque “no quería drogas en la casa”.

Durante los días que llevábamos en Paramaribo, conocimos varios surinameses que, como Yves, dejaron su tierra de chiquitos para acompañar a sus padres a Holanda, que iban en busca de sus raíces, o de una vida mejor. Y fueron esos mismos niños, los que al cumplir la mayoría de edad, volvieron a Surinam con el mismo norte que sus padres, pero en la dirección opuesta:

—Porque aquí están mis raíces, y puedo tener una vida mejor que en Holanda. —Dijo Yves, y pasó de trabajar en construcción en Europa, a una agencia de turismo en Surinam. Su familia todavía vive en Holanda.

En Surinam conviven muchas etnias, aunque quizás no tan mezcladas y vueltas una como en la sangre de Yves. Javanesa, china, aborigen, holandesa, africana e india.

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Una mezquita y una sinagoga, separadas solo por una vereda :)

Difícil de creer que un país de 540000 habitantes y la menor superficie de Sudamérica tenga espacio para albergar tanta diversidad cultural, pero se notaba desde que ponías un pie en la calle y había tantos gringos como negros, tantas rastas como turbantes y velos, tanto pescado, como arroz chino, bami y frutas tropicales.

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Bami, un plato javanés riquísimo de fideos y verduras.

En las calles de Surinam, la lengua que más se escuchaba era el sranan tongo, seguida por el holandés. El sranan tongo, literalmente “la lengua de Surinam”,  también era llamado “takki takki” (de “talk talk”, “hablar” en inglés) por los holandeses terratenientes (y todotenientes) que ocuparon el territorio entre el siglo XVI y fines del XX. No alcanzaba con esclavizar a todo el que traían de África o de India, sino que tenían que referirse peyorativamente al idioma que crearon. Los esclavos mezclaron en el sranan tongo el holandés, inglés, portugués y lenguas africanas para comunicarse entre sí sin que sus apropiadores los entendieran, y poder planear sus fugas. Por suerte esta lengua prevaleció, aun a pesar de que durante la década del ’80 en los colegios solo se enseñaba el holandés y hablar el sranan tongo estaba muy mal visto, y hoy es la segunda lengua del país, y el neerlandés le gana por solo un 10% más de hablantes.

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La arquitectura de la capital deja ver la influencia holandesa.

Sahida y Shomira siguieron discutiendo, aunque solo entendí el principio, que fue en inglés: en un segundo dejaron ese idioma para ir alternando entre el sranan tongo y el holandés durante el resto del debate, como hacen todos, todo el tiempo en Surinam.  De hecho, no conocimos un surinamés que hablara menos de dos idiomas, todos manejaban fluidamente al menos tres: sranan tongo, holandés, inglés y algunos sabían un poco de español o francés por la escuela.

En la televisión, llegaba desde 1984 Indiana Jones para rescatar a un grupo de niños mineros indios en el “templo de la perdición”. La escena mostraba al protagonista irrumpiendo en las minas con un látigo, fajando al tipo que esclavizaba a los niños, y ahí recién ellos se daban cuenta de que podían agarrar las piedras del suelo y apedrear al tipo hasta liberarse.

Mientras, Yves ya estaba inhalando profundamente el aire a través de su cigarrillo, y después, con una expresión sedada y sus ojos rasgados más chinitos, largaba el humo por la boca, que a la vez dibujaba media sonrisa. Era marihuana de Guyana. Surinam también es productor, y por ahí pasa toda la droga que va a cruzar el charco para hacerse humo en el primer mundo.

Cuando el sol empezaba a bajar una figura llegó a la puerta abierta y se recortó con la luz del exterior. Era Patricia, una mujer alta y muy delgada, con pantalón animal print, y dos bolsos muy grandes, uno en cada mano.

Nos miró extrañada, pero después sonrió, y confesó que se había olvidado de que nosotros llegábamos. Le devolvimos una sonrisa tímida desde el sillón de su sala. Dejó los zapatos afuera, entró, se desplomó al lado de Lean en el sillón y recién ahí soltó las valijas, que quedaron una a cada lado en el suelo. Antes de decir una palabra más agarró una cajita y sacó papel, tabaco y marihuana y se puso a armar su propio cigarrillo, aún más grande que el de su yerno. Quince minutos después, desde atrás de una nube de humo, me preguntó por qué en Argentina no hay población negra. Sabía muy poco de mi país, pero sabía eso. Y como si la siguiente pregunta se desprendiera naturalmente de la anterior, me preguntó qué opinaba yo de estar quedándome en la casa de una mujer negra. Ante mi respuesta (no sentía una diferencia entre quedarme en su casa o en la de una mujer blanca) asintió con una sonrisa vaga, para después hundirse en el sillón a ver el final de Indiana Jones. Una sonrisa sin mostrar los dientes, más para sí que para mí, mirándome a los ojos, midiendo todo, pensando todo.

El segundo día en su casa, a las 5 de la tarde Patricia agarró el auto y a nosotros, y nos llevó al Fort Zeelandia, un fuerte que está en Nieuw Amsterdam, al noreste de Paramaribo. Llegamos a una tarde dorada y rojiza, donde se recortaban las siluetas de los otros visitantes en el mar, que también habían ido a ver al sol esconderse.Surinam: los espejos de agua oscura3

Esta es mi parte preferida del día —fueron todas las palabras que pronunció sentada en un banco que apuntaba al mar y al sol hundiéndose en él.

Los cañones, alguna vez alertas durante el siglo XVIII, apuntaban al mar y al sol, cargados solo con arañas tejiendo sus hogares en su oscuro interior.Surinam: los espejos de agua oscura4

Surinam: los espejos de agua oscura5La ocupación europea en ese territorio comenzó en el siglo XVI, cuando tanto británicos, como neerlandeses, franceses y españoles se enfrentaron a los nativos para invadir su territorio, confiando en la leyenda de El Dorado. Los holandeses consiguieron explor(t)arlo, y en 1616 crearon el primer fuerte de la región. Sin embargo, los primeros en asentarse fueron los británicos. Lo curioso es que hacia la mitad del siglo XVII los holandeses poseían una región llamada Niuew Amsterdam, un poquito más al norte del continente… y les pareció una fantástica idea intercambiárselo a los británicos por su parte en Surinam, para poseer por completo este territorio, mientras que Gran Bretaña se quedó con esa porción holandesa de América del Norte, que denominó… New York, ¿les suena?Surinam: los espejos de agua oscura6
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La mañana siguiente, cuando dijeron que íbamos a pasar el día a un cola creek, no pensé que realmente tuviera el mismo color que la Coca Cola, y de hecho no lo creí hasta que lo vi. Bajo esa agua pura, pero muy, muy oscura, todos, negros y blancos, nos veíamos del mismo color.

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—En Surinam no tenemos grandes caídas de agua, ni mares de agua cristalina, tenemos cola creeks de agua muy oscura, negra. —Dijo Sahida. Tenía una voz profunda como la de Patricia, pero mucho más pausada y dulce que me fascinaba escuchar.

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Agua negra que se veía rojiza cuando nos acercábamos a la superficie, o cuando la sosteníamos por unos segundos entre las manos antes de que se nos escurriera por entre los dedos para volver al creek. Eran las hojas de los árboles descomponiéndose en el fondo las que le daban esa pigmentación.

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Al principio costaba meterse, entrar en un agua completamente negra a través de la cual no se podía ver nada, meterse hasta las rodillas, mirar para abajo y ver tu propio reflejo devolviéndote la mirada y así, cada parte del cuerpo que se metía, desaparecía.

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No bien llegamos, Patricia se fue sola a sentarse en la orilla. La arena del fondo era muy blanca, y con puñaditos de ella se acariciaba la piel de los brazos y el rostro, exfoliándose.

Con el transcurso del día, el atardecer empezó a llegar:

Esta es mi hora preferida, ya no hace tanto calor, y es cuando el día llega a su fin. Solo dura unos minutos el atardecer, y al final el sol desaparece, y uno sabe que el día se ha terminado. Todos los días espero este momento. —Dijo Sahida con su voz mágica, y me acordé de que Patricia había contado lo mismo antes en el Fuerte. Las dos estaban sentadas en una lonita sobre la playa al lado nuestro, a la sombra de un árbol, apacibles, mirando el resplandor rojizo en el cielo que asomaba por encima de las copas.

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Si había alguien que conociera el valor del silencio era Patricia. Ella observaba. Pestañeaba lento, también sonreía parsimoniosamente, y solo lo necesario. En un primer momento no supe si sacarle charla en los silencios. Los que me conocen saben que a mí sola no me nace… pero hago el esfuerzo cuando veo que el otro, un desconocido, está incómodo. Después entendí que los silencios con Patricia eran todo menos incómodos. Estar en silencio cerca de ella, ya fuera mientras jugaba en la computadora, miraba un documental de National Geographic, o tocaba el clarinete, era estar con ella. Era como una comunión de la soledad, de ambas. Un arte de compartir lo intransferible. Se me antoja ofensivo pensar un silencio con ella como una pausa entre frase y frase, como un no ruido, una abstención del habla. Más bien era un conocerla y dejarse conocer. Eran silencios nacidos para existir para sí, para no ser esclavos de ninguna voz anterior o posterior. Silencios tan protagonistas como el sonido. Más incluso. La voz pidiéndole permiso a la soledad para interrumpirla.

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El último día nos encontró en el sofá de la galería. Con Patricia, sus pies sobre el sillón, los brazos enroscados alrededor de las piernas, mirando la calle. Era la misma Patricia que fumaba su joint sentada en la silla de su sala, a oscuras, encorvada, solo iluminada por la pantalla de su computadora mientras jugaba al Farm Village hasta medianoche. La misma Patricia que se sentaba en la orilla del Cola Creek como si los demás no existiéramos y solo estuvieran el agua y ella en un ritual afónico. La misma que podía tocar el clarinete toda una tarde al lado de la radio, improvisando impecablemente por encima de los lentos ochentosos que pasaban. Y lo hacía para ella.

En la mañana de ese sábado, uno de los perros dormía a la sombra del árbol mientras los otros dos, madre e hijo, daban vueltas alrededor de nosotros a ver si les dábamos algo. Al cachorro le habían puesto Survivor, porque fue el único de toda la camada que sobrevivió. Después de un rato Patricia interrumpió el silencio para recordar un día en que su marido, que murió hace 21 años, no estaba en casa y ella tenía que hacer la comida con una de las gallinas que criaban en el patio. los vecinos de al lado no estaban, y los otros no quisieron ayudarla, así que agarró el cuchillo y se encaminó al fondo. Y esa también era Patricia


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