Sucre: dinosaurios, un desfile y un amigo


La ciudad: Sucre

Calles arriba y calles abajo, después de varios días enferma en Potosí sin poder salir del hostel, la ciudad de Sucre quedó marcada de principio a fin por nuestros pies ávidos de conocer lo que el empedrado boliviano tenía para ofrecernos. Tardes paseando por calles solitarias nos mostraron una tranquilidad que no esperábamos en la capital constitucional de Bolivia.

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Las esquinas redondeadas nos ofrecían al doblarlas bonitas plazas florecientes y coloridas. La agitación que nos producía trepar las calles en subida se recompensaba con la vista de toda la ciudad desde el mirador de La Recoleta.

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Nos sorprendieron los autos “tuneados”, civiles y taxis, que desfilaban a toda hora por las ajustadas calles y que nos parábamos a observar desde las estrechas veredas mientras nos rozaban doblando la esquina.

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Por lo que habíamos visto y vivido hasta ese momento en las otras ciudades de Bolivia, no terminábamos de ingresar en ese mundo, y aunque la estábamos pasando bien, no estábamos seguros de querer seguir en este país. El trago amargo de una mala experiencia en un hostel y la poca conexión con otras personas no nos ahuyentaban, pero sí nos hacían tener la falsa idea de que lo necesario era pasar a lo siguiente, a Perú.

 Sucre nos refutó, y nos hizo callar durante largas caminatas de reflexión. Todos los paseos se enmarcaban con nubes blancas o grises y ceñidas calles, grises también.
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Lejos de ser un cuadro triste, nos contagiaba una nostalgia de no querer irnos, y nos transmitía la paz de estar quietos por un par de días.

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El problema no era Bolivia, era cómo veníamos encarando nosotros el viaje. Avanzábamos sin parar, sin darle tiempo a que las cosas sucedieran, a conocer gente, a abrirnos y a esperar a que el otro hiciera lo mismo.

Los dinosaurios

Habíamos pasado semanas agitadas moviéndonos de un lado a otro pero siempre con la misma dinámica, casi como un trámite, como unas vacaciones, sin permanecer ni darnos tiempo de interactuar mucho con lugares o personas. Sucre era como una foto en blanco y negro que nos tironeaba para ir más lento, para disfrutar y observar caminando en silencio.

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Era la primera vez que viajábamos con otras personas. El cambio de ritmo se produjo en nosotros, no tanto por estar en un lugar distinto, sino con otros viajeros. Éramos un grupo de siete personas, nosotros dos los únicos americanos. Por casualidad sucedió que íbamos todos a Sucre, nosotros nos retrasamos y perdimos el bus, y no teníamos cómo comunicarnos. Mientras Lean recorría toda la ciudad buscando un hostel se los encontró haciendo lo mismo y mandó a algunos a la plaza conmigo. La búsqueda continuó en grupo y por fin conseguimos un lugar para todos. Compartir con ellos y conocerlos, aunque solo fuera por un par de días, fue la bocanada de aire que nuestra rutina de viaje necesitaba. En especial, conocer a Will, un inglés con todo lo necesario para romper el mito acerca de la frialdad británica.

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La primera noche en Sucre nos encontró a Lean, a Will y a mí riendo mientras trepábamos las rejas del parque jurásico (un parque de diversiones para chicos) para adentrarnos en un mundo de altos toboganes y recibir las miradas sorprendidas (y envidiosas) de la gente que paseaba por el parque desde el otro lado de las rejas. Yo, la única mujer del trío, estaba rogando no terminar presa en un país que no fuera el mío (¡aunque era algo muy tonto de pensar, porque claro que en Argentina tampoco me gustaría ir en cana!) por colarme en un parque de diversiones infantil… y, como siempre, divagaba en mis preocupaciones, hasta que vi el tobogán más alto formado por la cola de un dinosaurio. Fui la primera en llegar a él y ahogar un gritito de emoción al deslizar tan rápido por la cola hasta el suelo.

La visita nocturna duró poco, íbamos a conquistar las hamacas cuando tuvimos que abortar el paseo: a lo lejos vi a un guardia de seguridad en la entrada opuesta del parque. Un pique hasta las rejas que estaban lo más lejos posible del guardia y treparlas a toda velocidad puso el punto y final a nuestra aventura clandestina. Pero, de algún modo, también selló un pacto secreto entre Lean, Will y yo que, por un rato, respetamos que cada uno en su cabeza, volvía a ser un chico eufórico ante la perspectiva de toda una manzana de juegos solo para él. A pesar de no comentarlo luego, sentí que, dentro de ese parque, los tres éramos chiquitos otra vez, y abrumados por las opciones, no sabíamos a qué juego abalanzarnos primero. Se respiraba una mezcla entre esa emoción que se salta del pecho cuando se está jugando a algo prohibido, junto a la ingenuidad más orgánica de la infancia de abrir grandes los ojos ante todos esos toboganes, hamacas, subibajas, juegos para colgarse y casitas donde agacharse y entrar, rodeadas por enormes tiranosaurios rex y velociraptors. Todas esas posibilidades de sueños y diversión, de sentir el vértigo en la panza en el instante en que estás sentada en el tobogán y mirás el recorrido hacia abajo, tus manos se empujan en el borde y tu cola empieza a deslizar. De repente tus pies se clavan en el suelo y ya todo terminó, pero esos segundos fueron eternos. Hasta me acuerdo de la sensación de placer y libertad que me produjo el viento en la cara mientras lo escribo.

En los días siguientes, las comidas vegetarianas compartidas con Will nos enseñaron más sobre él y sus siete meses de viaje por Latinoamérica, sus planes de ir Brasil y de hacer buceo. Su profundo interés por la vida y costumbres de este lado del charco y sus planteos acerca de las relaciones y responsabilidades del funcionamiento del primer mundo para con el tercero, nos llevó a disfrutar mucho nuestras charlas. Me causó gracia verlo indignarse por elegir mal su plato de curry de vegetales mientras comía con los ojos el mío de lasagna vegetariana, y escucharlo aprender a pronunciar “pesetero” cuando Lean y él polemizaban sobre Chelsea y Arsenal. También funcionaba como nuestro diccionario viviente de inglés-español por su gran conocimiento de nuestro idioma.

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El desfile

Comenzaba septiembre y la procesión por la virgen de Guadalupe nos llamó a quedarnos dos días más en Sucre, y valió la pena. Las grises calles que habíamos recorrido los días anteriores se cubrieron de todos los colores, texturas y sabores mientras pasaban los grupos con sus bailes, música y cantos.

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Alcanzamos la ya iniciada fiesta en la curiosa intersección de las calles Mendoza y Mendoza (Germán y Jaime) y no podíamos decidir qué nos asombraba más, si la movilización de toda la ciudad ante el evento (gente que había reservado su lugar en las gradas para estar todo el día observando pasar los diversos y estrepitosos grupos); la comida que se veía circular que no conocía horas del día, ni almuerzo, merienda o cena; o si era el empeño y dedicación en la coordinación de los más chicos; o el sacrificio de todos, grandes y pequeños, de bailar y cantar durante horas. Lo hacían todo a lo largo de la calle principal de la ciudad, desde lo alto de la montaña hasta la plaza: un desfile eterno en el que la transpiración y el cansancio dejaban de existir y solo quedaba una entrega y devoción total que adormecía el dolor del cuerpo y ni la lluvia podía detener.

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Al final de la calle y lejos del público las estrellas de la festividad se detenían a descansar, entre colores fluorescentes, pipocas (pochoclos), hamburguesas, sombreros o zapatos en las manos de alguna madre, yogurts, empanadas fritas y salchipapas. Completaban la escena puestos con colgantes multicolores, otros con jugos, algodones de azúcar multicromos, tortas (con muchísima crema), papas fritas (de las caseras) y yogurt. Después descubriríamos, al seguir recorriendo el país, que Bolivia es así, un espíritu de carnaval. Tiene un poco de todo: fiesta, tristeza, sufrimiento, color y música. Todo junto, todo mezclado, todo uno.

Nos conmovía ver la dedicación de los miles de bailarines llegados desde todos los rincones del país para danzar en las calles azucaradas al compás del folklore boliviano. Verde, amarillo y rojo eran, naturalmente, los colores que destacaban, además de entaconadas piernas, largas trenzas, diablos emplumados y muchos, muchos instrumentos musicales.

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Al fin, definitivamente, lo que más nos movió fueron los “pequeños” mineros, unos chicos y otros muy, muy chicos, con picos, palas, mazas (muy pesadas para su tamaño), llevando linternas en las cabezas y algunos hasta con unas varas de hierro que aportaban su propia melodía al ser arrastradas por el pavimento. La mayoría de ellos repetía “los mineros no tienen justicia” y se agachaban y cargaban sobre sus espaldas un peso invisible, simulando el trabajo minero (¿de sus propios abuelos, padres o hermanos, tal vez?), también daban saltos y pasos de baile, todo a pesar de sus expresiones exhaustas. No creo que haya sido el ritmo de los bombos que se acercaban desde atrás lo que hizo que el metro cuadrado sobre el que estaba parada temblara.

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Ver chicos tan pequeños entonando esas palabras y llevando todo su traje de minero con tal seriedad era emocionante, y también lo era observar cómo emanaba de esa escena la idea del minero como algo inmanente a la sociedad al punto que conformaba un personaje más en el desfile. Era casi inevitable evocar nuestra primera noche en el parque soñando despierta con los juegos y el recuerdo de la lúdica niñez, mientras veía a estos niños y pensaba cuántos de ellos o cuántos cómo ellos no estarían representando la labor de sus mayores, sino la de ellos mismos, y para los que esos sensacionales toboganes y réplicas de dinosaurios en tamaño real estaban vedados, así como la luz del sol en las oscuras, húmedas y azufradas minas.

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Finalmente, llegó el día de movernos a Samaipata, y parados en la terminal esperando nuestro bus sentimos que no estaba bien irnos, que no era lo que queríamos, que por primera vez nos estábamos yendo de un lugar dejando atrás algo que íbamos a extrañar, y ese algo no era Sucre en sí, era la calma que por fin habíamos encontrado desde que partimos, eran las comidas vegetarianas, las charlas, las experiencias, y era nuestro amigo Will. “Supongo que es la primera de muchas despedidas que vamos a tener. Siento un despecho de amigo” le dije a Lean, y nos miramos con cara de perrito mojado, para luego seguir dirigiendo la vista hacia la puerta de la terminal, esperando el micro amarillo que nos llevaría a nuestro próximo destino.


Precios por persona

Bus de Potosí a Sucre: Bs. 15

Hostel: Bs. 35

Menú vegetariano: Bs. 15

Info lechuguera: El Germen, San Alberto 231, Sucre. Bs. 15 c/u. Además de sopa y segundo dan ensalada de entrada, riquísima!

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