San Blas: sentirse náufrago y vivir en una isla 1


¿Quién no fantaseó de chico con vivir en una isla desierta?, pensando qué o a quién llevarías, cuánto tiempo podrías resistir en esa soledad, lejos de todo, si sería para vos o si no sos ese tipo de persona…Guia como ir a San Blas con bajo presupuesto y sin contratar tour 8

Aun cuando años después la vida parecía haberme enseñado que esas cosas, como tener miles de perros y gatos o querer ser “turista” o astronauta, no suceden más que en la imaginación, el viaje me hizo reaprender que todos nuestros sueños se pueden hacer realidad si nos lo proponemos.

Es a menos de 100 km de la ciudad de Panamá que se encuentran flotando las islas del archipiélago Guna Yala, exSan Blas. Un archipiélago de más de 400 islas, algunas habitadas, otras todavía sin domesticar, y que quizás permanezcan así hasta devolverse al fondo del mar.

Menos de cincuenta de ellas están habitadas por integrantes de la población Guna. Un grupo étnico que, se cree, debió desplazarse del verdor del Darién hacia tierras más inaccesibles, donde pudieran preservar sus tradiciones y culturas. La fantasía de llegar a la isla y sentirme náufrago se desvanecía con un golpe de realidad en cuanto pensaba en esas mujeres que aprendieron a solventar a su comunidad con el tejido y bordado de sus molas -vestimenta típica-, hombres que construían hogares y balsas, y niños que recogían cocos para obtener el agua dulce de un filtro natural.Guia como ir a San Blas con bajo presupuesto y sin contratar tour 3

Gente que aprendió a vivir en una isla desierta en un momento en el que, a diferencia de ahora, no había lanchas que llegaran en media hora desde Puerto Cartí, celulares para solicitar los insumos que necesitaran, turismo que dejara dinero para manejarse en el mundo que conocemos.

La isla Perro Chico, donde nos quedamos en San Blas, era de las más grandes de las que están habitadas. Aun así se podía recorrer completamente a lo largo en menos de cinco minutos  y a lo ancho en menos de tres. Todo alrededor de la isla una barrera de coral protegía a la costa de las olas más fuertes e imantaba a los turistas a observar la vida marina.San Blas sentirse náufrago y vivir en una isla VDA (3)

Un barco hundido reposaba en el fondo del mar, a escasos metros de profundidad funcionando como hogar de miles de peces de diferentes tamaños y colores a los que valía la pena ir a mirar en su parsimoniosa rutina, en especial temprano.

Llegamos a ese mundo, que es y no es el nuestro. Un mundo que tampoco es el que construyeron sus primeros pobladores. Los Gunas de hoy tienen celulares, viven del turismo -al que saben cómo sacarle provecho-, muchos pasan tanto tiempo en Panamá city como en las islas, los chicos van al colegio en la capital, y solo las mujeres conservan la vestimenta típica. Pero aun así, el abismo entre la vida en esas islas, y del lado del mundo que conocemos es gigante.

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Abriendo un coco con lo que teníamos a mano

Los días pasaban lentos, y hasta la cosa más pequeña se volvía un proceso largo. Desde calentar agua hasta lavarse los dientes, o abrir una lata.

En cuando caía el atardecer todo se oscurecía, y poco rato después nos íbamos a dormir con el ruido del mar salpicando suavemente la playa, y nos despertábamos con las caricias firmes de las olas matinales.

Todo el día la brisa salada refrescaba la isla de lado a lado. Desde nuestra carpa observábamos la rutina de los Gunas, su forma de cocinar, de tejer las molas, de recoger cocos; veíamos a los chicos nadando y a los más pequeños buscando con qué jugar alrededor de las casas. Casas armadas a base de cañas y paja, modestas, pero frescas y prácticas.San Blas sentirse náufrago y vivir en una isla VDA (8)

Por las mañanas, después de que saliera el sol y antes de que llegaran los turistas, la isla era nuestra. Los Gunas se ocupaban en sus tareas diarias y nosotros podíamos ser dueños de la isla por unas horas. Nos sentábamos en la arena a ver la salida del sol, nos metíamos en la paz matutina del mar a nadar o a ver la actividad incansable de los peces que habitaban el barco hundido, nos mareábamos en caminatas sobre la arena fresquita, nos sentábamos en algún tronco a mirar el mar sin aburrirnos, durante horas.San Blas sentirse náufrago y vivir en una isla VDA (1)

Un par de tardes nos reunimos en una mesa con un pequeño toldo al resguardo del sol para jugar al ajedrez con Jeremy, Eric y Carlitos, unos chicos Gunas.

Ellos pasaban la temporada de vacaciones del colegio colaborando con los adultos en la isla, ayudando a cocinar, limpiar y organizar las carpas. Ninguno pasaba los 16 años pero los dos mayores tenían su celular, y mientras Lean se enroscaba en una partida con Eric, Jeremy me contaba de su noviazgo con una chica, y de cómo los dos se habían besado con otras personas, pero él no le quería cortar por Whatsapp porque le parecía poco serio, así que estaba esperando a que se vieran en persona. Carlitos, el más chiquito de los tres con 9 años, se colgaba, mientras hablábamos, de las barras del toldo y se balanceaba de un lado por encima de nuestras cabezas y del tablero de ajedrez.

Jeremy vivía en Panamá city, e iba a la escuela allá. Eric iba al colegio de la isla El Porvenir, la capital de la comarca semiidenpendiente de Guna Yala que cuenta hasta con un aeropuerto. Los dos se autodefinían mestizos por ser hijos de un padre Guna Yala y el otro no, y, si bien habían nacido en las islas, a diferencia de los Gunas adultos o ancianos, por momentos se los podía ver contemplando el horizonte, revolcándose en la arena por un partido de Voley y corriendo como locos carreras hacia el mar.San Blas sentirse náufrago y vivir en una isla VDA (7)

Y cuando Lean, después de mover su caballo le preguntó a Jeremy:

–Vos que estás acostumbrado a este lugar ¿te das cuenta de que existen pocos lugares así?

Él se tomó varios minutos para responder mientras miraba el atardecer –en los que nos miramos creyendo que había metido la pata y lo había ofendido de alguna manera– hasta que por fin dijo:

–Sí, yo sé que este lugar es único. Muchas veces veo a los turistas cómo se quedan mirando el mar, o algunos lloran y se ríen, y ahí yo pienso que este lugar tiene que ser muy hermoso.San Blas sentirse náufrago y vivir en una isla VDA (4)

Los seis días que pasé en San Blas fueron lo más parecido que estuve a ese divague de la niñez, de cómo sería vivir en una isla. La brisa proveniente del mar desde los cuatro puntos cardinales me quitaba los restos de sueño por la mañana. La arena chispeaba en el fueguito con el que calentaba el agua, las caminatas nocturnas eran bajo la luz de la luna y en círculos, alrededor de la pequeña isla. En la playa y de noche se mojaba el borde de mis pantalones con mar, y nos dormíamos soñando mucho por el canto de las olas y de las hojas de palmeras al viento.San Blas sentirse náufrago y vivir en una isla (2)

Los cuadernos que habíamos llevado nunca vieron la luz en la isla. Seis días sin internet, sin tránsito, sin comprar nada; con el mundo ahí delante, no a través de una ventana, una foto, mucho menos una pantalla, ni al otro lado de una calle o de un puente. En este lugar era el hombre el que se había adaptado a la naturaleza. Y se sentía muy bien.San Blas sentirse náufrago y vivir en una isla VDA (6)

Si también tienen ganas de vivir una experiencia así, en la guía que armamos de cómo ir a San Blas está toda la información que necesitan para llegar de la forma más barata.


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