Piñas: la magia de un destino inesperado 3


Ya contaré cómo llegamos casi por azar a Piñas, cuando en realidad nos dirigíamos a Zaruma. Fue raro y mágico a la vez que un destino nos eligiera a nosotros, en lugar de que sea al revés. Pero todo pasa por una razón.

Piñas nos da la bienvenida

Atardecía en el cantón de Piñas, Lean se quedó en la plaza con las mochilas y la llovizna mientras yo fui a buscar y conseguí el hospedaje más barato de toda la ciudad. Cansados, nos dimos una ducha y nos tiramos un rato en la cama. A través de las paredes de la habitación llegaba el reggaeton de los huéspedes contiguos. Aun así pudimos cerrar los ojos un rato. Cuando nos despertamos todavía se escuchaba la caída de agua afuera. Le preguntamos al señor del hostal adonde salir a comer barato. Nos recomendó un chifa lejos y una hamburguesería cerca, y la lluvia decidió. Gorila, la hamburguesería, estaba a dos locales de nuestro hospedaje. Entramos y empezamos a hojear la carta. Primera noche en Ecuador, y los precios en dólares nos asustaban. Era temprano y el local estaba vacío todavía, nos disponíamos a probar mejor suerte en el chifa cuando salió alguien de la cocina. Le pregunté si tenía “algo sin carne, pollo, chancho ni pescado” (aprendimos que eso es mejor que pedir algo vegetariano, por lo que recibís un no antes de terminar la frase), pero enseguida me devolvió un “puedo hacerte un taco vegetariano” y ante nuestras caras de sorpresa agregó con una sonrisa “¿comes frijoles?, ¿huevo?, ¿queso?”. Feliz, pero aún con miedo a los $2,50, $3 y $4 del menú (después hicimos las cuentas y ese taco no lo hubiera conseguido por menos en Perú, pero los dólares intimidaban) esperé a ver qué podía comer Lean sin pasarnos del presupuesto. Y casi como leyéndonos la mente, agregó “si quieres te lo dejo a $2,25”. Compramos. Se oía muy rico y vegetariano para dejar pasar la oportunidad.

El desconocido

El desconocido entró en la cocina y pocos minutos después salió con dos helados. “Banana o aguacate, ¿cuál quieren?, ¡prueben!, los hago yo, son caseros“. El helado de aguacate (palta) fue de los más ricos y cremosos que comí en mi vida. No podíamos estar más sorprendidos y se lo dijimos. La charla empezó a fluir y le contamos de nuestra travesía por América Latina y nuestra fortuita llegada a la tímidamente turística ciudad de Piñas. Juan Carlos no tardó en compartir su propia historia, hablarnos de su modo de ver su país, contarnos sobre su hermosa familia, y cómo imaginaba el futuro.

Nos trajo un gran taco vegetariano, que cuento en el top 5 de platos más ricos de este viaje, y una hamburguesa para Lean, a quien se le abrieron grandes los ojitos cuando vio el tamaño de mi taco. Después llegó, sin que lo hubiéramos pedido, un riquísimo jugo de maracuyá, y al ratito unas papas fritas ¡con forma enrulada! Nuestra felicidad era extrema. Veníamos de varios días de almuerzo rutero: sándwich de queso y fruta, y sopas Maruchan todas las noches, y de repente, sin muchas expectativas, se nos presentaba este banquete. Entre charla y charla limpiábamos de los platos hasta la última miguita mientras Juan Carlos entraba a preparar las órdenes de los recién llegados. Estiramos el jugo de maracuyá hasta que se fueran algunos de los comensales que habían llegado después de nosotros y la conversación continuó. Quedamos en que al otro día nos pasaría a buscar a las nueve para ir a conocer a unos amigos vegetarianos que tenían un huerto en la casa.

Puntualísimo, al otro día nos buscó en el hostal a las nueve y nos dirigimos a la casa de Pancho. Como si camináramos con un famoso, no hubo una persona de Piñas que no saludara, chiflara, tocara bocina o sonriera a Juan en el trayecto de cinco cuadras desde el hostal a lo de Pancho. Cuando Lean se lo hizo notar, él se limitó a decir que no le gustaba mirar desde arriba a nadie, y que a quien lo saludaba, él le devolvía el saludo sin hacerse drama. Pero por la persona excelente y generosa que conocimos los días siguientes, sabemos que la razón por la que todos lo quisieran y saludaran es un poco más profunda que la que él dijo.

Encontramos a Pancho enfrascado en su huerto, eligiendo unas grandes hojas de orégano que “son tan fuertes que las usa para hacer té” nos contó su novia Amandine. Hicimos planes para encontrarnos a la tarde e ir a conocer la huerta de otro amigo y seguimos el tour de la mano de Juan Carlos que nos llevó a desayunar al mercado.

Nos había mencionado la noche anterior una receta ecuatoriana que comen en el desayuno llamada “tigrillo”. Así que nos dirigimos a su puesto preferido del mercado para probarlo. Es banana pisada que luego cocinan con huevo y queso y hacen una especie de “revuelto” (¡sí, es vegetariano!). Mi felicidad de, por fin, poder probar una comida típica de un país sin tener que pedir que le saquen o le pongan nada solo fue más grande cuando probé lo rico que era el tigrillo. Nos ofrecieron avena para tomar, y lejos de lo que yo esperaba, llegó como un rico jugo dulce con sabor a avena procesada.

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Cuando terminamos el desayuno (que, por cierto, nos garantizó no tener hambre como hasta la una de la tarde). Juan nos acompañó hasta el pie de un cerro en la ciudad, para que subiéramos hasta el mirador de la Cruz. Se estima media hora de caminata hasta arriba. Tardamos una, para variar, y observamos desde lo alto la ciudad de Piñas mientras los gallinazos planeaban a nuestro alrededor.

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A las doce, tal como nos había contado Juan, sonó la sirena. Era parecida a la de los bomberos, o la ambulancia. Resulta que es una alarma que le avisa a la población de Piñas que son las doce y es la hora de almorzar. No se lo habíamos creído hasta que el sonido llegó a nuestros oídos. También era una alarma para nosotros, teníamos que bajar para tener el tiempo justo para comer antes de ir a la casa de Pancho. Fuimos de nuevo al mercado y para nuestra sorpresa el menú tenía dos sopas: una de pollo ¡y una vegetariana! (Piñas cada vez me gustaba más).

Como seguíamos satisfechos por el desayuno, yo tomé la sopa y Lean fue por el segundo: seco de chancho. Compramos unas frutas y nos sentamos a comerlas en la vereda de la esquina del mercado, que a la vez era la esquina de la casa de Pancho, a esperar que el reloj diera las dos.

Por la tarde, visitamos la huerta del amigo de Pancho, con él, Amandine y un amigo de ellos. Subimos en auto hasta la casa y Pancho sacó a relucir su pasión sin filtros. Tocaba, olía y probaba cuanta hoja o fruto se le cruzaba por delante en la huerta. Como el cerebro de la operación, le iba dando consejos a su amigo acerca de cuándo cosechar, qué plantar, qué sacar y a qué agregarle tierra. Mientras, los demás los seguíamos como en un tour. Nosotros, experimentos de ciudad, teníamos los ojos abiertos como platos, mirando las calabazas, orégano, menta, pimientos, rabanitos y varias frutas desconocidas saliendo del suelo. Cosechamos algunos tomates cherry (y también los comimos), a los que mucho tenían que envidiarle los que se compran en el super. Observamos a los peces del estanque comer, mientras los demás hablaban de comérselos a ellos.

Un par de horas después volvimos caminando cerro abajo, con la llovizna de nuevo marcando nuestros pasos.

En un momento de lucidez extrema, a Lean se le ocurrió preguntar dónde estaban las famosas piñas de… Piñas. Resulta que no las hay. Pancho contó que, según dice la historia, empezaba el siglo XIX cuando un Bachiller, Juan de Loayza, fue enviado por el rey de España a Zaruma a investigar las minas de oro (que continúan siendo explotadas hasta hoy). Una vez cumplida su tarea, el Bachiller decidió asentarse en un territorio cercano al que nombró en honor a su tierra natal, para no extrañarla. La parte de la historia que no está clara es si el Bachiller pertenecía a Las Piñas en Andalucía, o a Piñas de Galicia. Pero el punto es que no se cultivan piñas en Piñas, pero sí unos ricos mangos, como luego probaríamos.

San Roque

A la noche, pasamos a ver a Juan Carlos de nuevo, nos dijo que la oferta que nos había hecho la noche anterior, de visitar la casa de su papá en un pueblo cercano no solo seguía en pie, sino que había hablado con él y ya estaba todo listo. Para qué mencionar que no teníamos carpa, Juan nos prestaba la suya y las dos bolsas de dormir. Saldríamos al otro día a las 8am hacia la casa. Nos pasó a buscar al otro día a esa hora y subimos a un taxi (que, obviamente, era una pick-up, como casi todos los vehículos en Ecuador) rumbo a San Roque, la parroquia más pequeña del cantón Piñas. A unos 800 msnm, doscientos menos que Piñas, en San Roque se siente más el calor… y los mosquitos. Si Piñas nos encantó por su tranquilidad, lo chico que era y cómo todos se conocían, en San Roque nos hicimos una fiesta.

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En el último censo se determinó que su población no llega a las mil personas.

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La forma de estas palmeras me vuela la cabeza.

Contamos tres almacenes, y una plaza más pequeña que una manzana.

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Chicos jugando en la plaza a mojarse con la manguera pública, gente sentada en las veredas charlando, negocios que cerraban antes de las cinco y media y una sola red de WiFi.

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Cuando llegamos a la casa, una hermosa quinta llamada Valle Bonito, nos recibió Chucho, el perro de Juan.

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En la casa cultivan mangos (nosotros, de Buenos Aires, rodeados de árboles de fruta tropical, nos sentíamos en el paraíso), y hay un plato típico de Ecuador, que es mango verde con limón y sal.

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Cuando lo escuché, sentí que era un sacrilegio ponerle limón y sal a semejante fruta, pero Juan nos ofreció prepararlo.

Queda como una ensalada de mango, confieso que yo no le tenía fe, pero terminé comiendo con los dedos del plato a la par de ellos y me gustó mucho.

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Más tarde fuimos a dar un paseo por San Roque. Juan sabía que un amigo de Pancho estaba ahí, un holandés que hace bonsáis y vive hace décadas en San Roque (hemos escuchado muchas historias de estadounidenses o europeos que se retiran a pasar sus últimos años en Ecuador), así que fuimos a buscarlo y ver si conocíamos esos arbolitos petisos.

Efectivamente, cientos o más de bonsáis de todas las especies, tamaños y formas ocupaban el jardín, donde quedaba poco lugar para caminar. Encontramos al holandés con las manos en un bonsái, y a su hijo que no paraba de entrar y salir de la casa trayendo arbolitos en macetas. Hacia donde se mirara había una larguísima fila de bonsáis devolviendo la mirada.

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Ecuador-Piñas-la-magia-de-un-destino-inesperado-7-bonsaisEsto lo vimos en el camino de vuelta, y de nuevo una de esas palmeras

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La noche nos agarró solos en el caserón…

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…cocinando unas empanadas de queso y cebolla en una cocina enorme, sin poder creer nuestra suerte.

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A las 8am del día siguiente nos despertó Juan. La lluvia y los ronquidos de Chucho habían hecho la noche larga pero el sueño corto. Como si tanto fuera poco, Juan nos recibió con el desayuno. Un bollo de chancho para Lean y unas umas para mí: un rollito de choclo con queso asado.

Teníamos que volver a Piñas después de desayunar, a quedarnos nada menos que en la casa de Juan y su familia.

La familia

Cuando llegamos, conocimos a Leti, la esposa de Juan, y sus tres hermosos hijitos. Ya estaba planeado que iríamos a La Piedra con los más grandes, Renata y Axel, los dos chicos adolescentes más educados que conocimos (mis catorce me dieron vergüenza al lado de los de ellos). Fuimos a conocer otro de los miradores de Piñas.

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Volvimos para almorzar en familia en un restaurant de Piñas y por supuesto, probar después los helados de Gorila de sabor maracuyá y naranjilla, este último el preferido de Juan.

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Por la noche, era sábado así que los adultos fuimos a pasear al centro de Piñas, donde Leti, que nació ahí, nos mostró los puntos de reunión de los jóvenes, que siguen siendo prácticamente los mismos que cuando ella misma era adolescente. Tal esquina de la plaza, tal bar, y el bar de al lado de ese. En los quince minutos que estuvimos por la plaza vimos pasar dos veces la misma camioneta con la música al máximo. Amandine, que se sumó al tour, contó que esa era la diversión de los fines de semana: salir a dar vueltas por la plaza en auto, con la música a lo que dé y en cada pasada por el centro subir a uno más. (Lo que me hizo recordar mis propios paseos tigrenses). Mientras nos estallábamos de risa, empezamos el viaje a Zaruma, porque Juan Carlos no quería que nos fuéramos sin conocer lo que en realidad habíamos ido a ver (¡aunque nosotros ya habíamos conseguido mucho más que eso!), y además Leti había escuchado de un bar “que se ponía” por ahí.

Zaruma en verdad era, como nos habían dicho, un pueblo muy tranquilo.

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A diferencia de Piñas, ha conservado su arquitectura original (eso la hace muy pintoresca, pero a la vez es necesario que estén reconstruyendo casi todas las edificaciones para que no se desmoronen).

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De noche, era el dorado lo que primaba, y con sus bellas construcciones coloniales, balconcitos y escalinatas nos entretuvimos caminando un largo rato.

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Encontramos el bar, el único de todo Zaruma que estaba vivo el sábado a la noche, pero había solo hombres (creemos que las mujeres estaban de joda en Piñas).

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Al otro día partimos a dedo hacia Cuenca, sin gracias que alcanzaran para Juan y su familia.

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Habíamos escuchado, habíamos leído acerca de este tipo de hospitalidad, o parecida, en los viajes, y la soñábamos para nosotros, pero nunca imaginamos encontrar a alguien de un corazón tan grande y poder llevarnos el gigante regalo de su amistad en la mochila.


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3 Comentarios en “Piñas: la magia de un destino inesperado

  • geromo pirotto meirelles

    sigo fiel sus comentarios y relatos de vida diaria

    un saludo dsde uruguay
    a mitad de año toca ecua y colombia sobre ruedas

    un abrazo
    gero

  • Ivan Roman

    Hola Agus y Lean, que bueno que disfrutaron en mi ciudad (pueblo) natal. No creci en Piñas ni fui de visita sino hasta adulto, despues de haber vivido en USA for cuatro años y haber escuchado a mi cuñado (de Quito) decir que su sueño era jubilarse y mudarse a Piñas porque la vida era muy calmada. He visitado Piñas varias veces pero no he tenido la suerte de hacer amistades y no conozco familiares. En fin, me gusto leer de sus experiencias y espero continuen viajando y haciendo amistades, Siento mucho por lo que sucedio a las dos jovenes argentinas en Montañita. Ojala regresen, somos buena gente. De paso te cuento que despues de haber escuchado muchas cosas sobre los argentinos durante mi vida, tuve la suerte de viajar a Buenos Aires en el 2012 y me quede encantado con la amabilidad de la gente. Take care. Ivan.