Permitirte ser feliz: guía para superar el miedo a vivir


Siempre fui una chica miedosa. Los cambios me dan mucho miedo, lo desconocido me da muchísimo miedo. Me pongo negativa y reacia cuando tengo que hacer un cambio grande. Las veces que me mudé, pasé de las peores depresiones de mi vida. También cuando terminé el colegio y tuve que empezar la universidad, y de nuevo cuando me cambié de carrera. Otra vez cuando me enamoré, y cuando me fui en mi primer viaje largo (de un mes). Antes de hacer cualquiera de estas cosas solo podía pensar en todo lo malo que me podía pasar. Quería quedar suspendida en el tiempo, no tener que decidir nada, que otro decidiera por mí. La mente se me ponía en blanco y no quería saber nada con que las cosas dejaran de ser como las conocía.

Desde el mismo lugar oscuro de mi mente venía mi miedo al agua. El Delta, en Tigre, uno de los lugares más bonitos que conozco, se volvía un sufrimiento cuando tenía que saltar y sumergirme en un agua oscura cuyo fondo no podía ver. Pensar en la sensación de estar en el agua, flotar, dejar suelto cada extremo del cuerpo me daba vértigo, terror, me sentía fuera de control, no podía parar de maquinar. Perdí la cuenta de cuántos ataques de pánico tuve en el mar, piscinas y ríos, y eso no era más que una representación de mis miedos en la vida. No podía soltar, no podía dejarme llevar, no podía relajarme y fluir. Todo en mí era tensión, siempre sentía que tenía que tener el control de todo, conocer todo, prever todo, para que lo malo no me tomara por sorpresa.

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No suena como la chica que se va a viajar a dedo por el mundo, ¿no? Pero juro, JURO, que somos la misma persona. …en diferentes momentos de la vida.

Conocerlo a Lean -que es mitad humano, mitad pez- me ayudó a enfrentar la mayoría de mis miedos. Con él aprendí el placer de hacer la planchita y dejarme llevar en el agua. Me enseñó a nadar, y con eso empecé a tener más seguridad, aprendí a confiar en que todo iba a estar bien.

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Antes quedarme en el agua sola no lo hubiera hecho ni soñando

A veces, el miedo injustificado de sentir que algo va a salir mal está más cerca de lo que parece con confiar en que todo va a estar bien solo porque sí. Simplemente por el hecho de que es tan posible uno como el otro, ¿por qué sufrir pensando lo peor?

Tener miedo muchas veces no es más que ser negativo y pensar siempre en el futuro. Es como una incapacidad de estar en el presente. No sabemos lo que va a pasar en los próximos segundos, horas, años, ¿para qué preocuparnos por eso? Empecé a darme cuenta de que mi presente era tan valioso y tan feliz, que no valía la pena adelantarme ni dos segundos, no hay mejor regalo que -las personas negativas- nos podamos hacer que ser capaces de valorar y agradecer lo que tenemos AHORA.

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Ya sea juntar piedras…

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…o estar en un lugar espectacular…

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…al que soñábamos ir

Por supuesto que antes de un viaje así -y durante- van a surgir millones de miedos. Pero hay una diferencia entre temerle a todo y ser precavido. Tener miedo es estar pensando en lo que podría pasar, y de una forma negativa, casi tener la certeza de que algo malo va a pasar. Ser precavido es estar prestando atención en el presente. En casi dos años de viaje jamás nos pasó algo malo, jamás nos robaron, jamás alguien nos quiso hacer daño. Las personas malas existen, sin dudas, pero ¿por qué ir por la vida pensando, asegurándonos, que nos las vamos a encontrar?, y ¿por qué considerar los millones de posibilidades de lo que vamos a hacer si eso sucede, cuando seguramente eso significa un sufrimiento en nuestro presente, y capaz ni acertemos? Disfrutar del ahora es totalmente compatible con andar siempre con todas las luces prendidas, siendo conscientes de nuestro alrededor en todo sentido. De hecho, al estar presentes en el momento, aprendemos a observar más los detalles, y un sexto sentido se desarrolla -lo hemos comprobado en nosotros y hablando con otros viajeros- para que pocos segundos con una persona, prestándole el 100% de tu atención, te ayuden a juzgar qué impresión te causa, qué te dice de ella tu intuición, y cuánta seguridad te genera.

Me cuesta ser de esas personas que con solo repetirse “todo está bien” logran sentir que, justamente, todo está bien. Porque siempre hay una voz en mí que dice que no. A veces, lo que necesito es poner la mente en blanco, como al meditar. Necesito no pensar y solo sentir el momento, darle todo el poder a los sentidos y estar totalmente presente con el cuerpo en lo que estoy viviendo. Como cuando el viento me da en la cara viajando en la caja de una camioneta, como cuando un auto acaba de detenerse en la ruta y corro a mirar a los ojos y preguntarle adónde se dirige a la persona que paró para ayudarnos, para llevarnos adonde queremos ir, para volverse nuestro amigo y compañero de ruta.

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La ruta te enseña a soltarte y confiar

En Buenos Aires, antes de salir de viaje tuve varios -pares de- ataques de pánico, y la mejor forma que encontré para hacerles frente me la dio Lean. Una noche estaba fuera de mí, sintiendo dolores por todo el cuerpo, llorando y sin poder respirar, y Lean me dijo “estás teniendo un ataque de pánico, está todo en tu cabeza, vos podés controlar esto, todo va a estar bien”. Fui repitiéndome eso, fui calmando mi respiración y diciéndole a mi mente que todo iba a estar bien. Y… todo estuvo bien.

Todo lo que nos pase podemos ir enfrentándolo paso a paso. Si llega un momento malo, confiá en vos, en que vas a saber responder, vas a poder enfrentar todo lo que venga y superarlo. Pasé años de mi vida pensando en todas las posibilidades de “lo malo” porque sentía que de esa forma cuando sucediera iba a estar preparada y saber enfrentarlo. Y, además de sufrir al pedo, cuando me pasaron cosas malas, no solo no estaba más preparada que los demás, sino que me faltaba la positividad para salir adelante. Lo que en verdad ayuda es estar positiva y feliz, y si un momento de mierda llega, todo eso bueno que tenés adentro, ese amor, esa confianza te ayudan a ir balanceándolo de a poco. A sacar algo bueno de todo, por más malo que sea.

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A veces mi mente es mi peor enemiga, y no me deja ver la realidad

Me doy cuenta de que, como escuché tantas veces, pero no acabé de entender hasta hace poco, la mejor manera de perder un miedo es enfrentarlo. Es pararse adelante de él y decirle “a ver, ¿qué te pasa a vos conmigo?”.

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A los miedos, con machete

Una de las cosas que más felicidad me da es ser capaz de mirar hacia atrás y ver cómo me paré ante todos mis miedos, cómo los enfrenté. Por más pánico que me dieran, por más que toda mi cabeza se volvía un quilombo en esos momentos, yo pude silenciar esas voces que me decían que no podía, que me vaticinaban todo lo malo que me iba a pasar, e ir y hacer lo que quería hacer. Y eso es lo que tengo hoy, que yo pude.

Nadie nace sin miedos. Y definitivamente hay gente que los lleva mejor, y a quien le enseñan desde chicos a enfrentarlos y superarlos. Pero para los que no tuvimos esa suerte, lo más lindo es ver cuánto crecemos, cuánto mejoramos, cuánto superamos, lo que hicimos con eso que nos destruía por dentro y no nos estaba dejando ser ni cumplir nuestros sueños.

Lo mejor es poner la mente lo más clara posible antes de que el miedo te paralice, y cuando ves que viene la avalancha de pensamientos de “¿y si sale todo mal? VA a salir todo mal” la callás, le das un golpecitos en la cabecita y le decís “shhh, chiquita, cuando llegue el momento vamos a ver cómo lo resolvemos, y lo vamos a poder resolver”. Porque podemos resolverlo, y porque siempre vale la pena intentarlo.

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El miedo te puede paralizar

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O podés enseñarle quién manda

Y así, sea un viaje, una mudanza, un amor o un trabajo, o lo que sea que quieras hacer, pero te da mucho, MUCHO miedo, siempre va a valer la pena dar el paso y animarse a hacerlo. Es lo mejor que vas a hacer por vos, es lo que nos debemos a nosotros mismos.

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