Parque Nacional Mochima: reimaginar el Caribe 1


Playa Colorada

Olvidate de todo lo que creas saber del Caribe. No es un paraíso reservado para pocos, ni un campo minado de freeshops, centros comerciales y hoteles cinco estrellas. Bueno, no en su totalidad. Como sucede con casi todos los rincones del mundo (o eso quiero creer), siempre hay una forma barata o al menos accesible de conocerlos. Lo bello e interesante no puede, no debe ser reservado solo para quienes puedan pagarlo.

Empezar a conocer el caribe venezolano por la población de playa Colorada me hizo tener más fe en esta sospecha. Llegamos en bus desde Puerto La Cruz, y encontramos un pueblo de pocas, poquísimas cuadras. Subimos cargados con las mochilas y bolsas con frutas (bananas, aunque después la guayaba se volvió mi fetiche caribeño) unas calles de pendiente pronunciada junto con los chicos que volvían del colegio y que nos habrían mirado menos si hubiéramos tenido trajes de astronautas. Preguntamos en la bodega de la esquina, una de las dos de todo playa Colorada, y nos hicimos camino hasta un hostal. Faltaba poco para el atardecer, y aunque el señor de la posada nos dijo que nos quedáramos “tranquilitos” y fuéramos al otro día temprano a la playa no pudimos resistir la tentación de probar unos minutos de mar. La arena tenía un matiz rojo que, justamente, es lo que le da el nombre a la población. En la costa, además de una familia que se preparaba para terminar la jornada de playa, había algunos grupos de hombres compartiendo tragos y música alrededor de un auto, pescadores lanzando sus redes al agua y dueños de peñeros terminando el día de trabajo. Era temprano pero el atardecer ya caía sobre la playa de arena colorada.

Desde todo el Parque Nacional Mochima y sus alrededores (Cumaná, Puerto La Cruz) salen lanchas hacia las playas e islas de la reserva: Arapo, Arapito, Las Maritas, playa Blanca, La Piscina, y el gato y el ratón, son algunas. Nosotros decidimos ir a cada isla desde el punto más próximo en tierra firme para que nos saliera más barato el viaje a cada una. Desde la playa nos subimos a un peñero que nos llevó a dar una vuelta por algunas de ellas para que tuviéramos un panorama general y eligiéramos en cuál quedarnos. El tapadito iba a los saltos y solo bajaba la velocidad para acercarse un poco a la costa y que observáramos los corales bajo el mar esmeralda. Aisladas en ese paisaje, flotaban sobre la pálida arena las casas de los pescadores, con sus techos de chapa y sogas con ropa tendida. Se podía encontrar algún que otro pescador limpiando un pez acompañado nada más que por unos cuantos pelícanos, que él sabía estaban ahí más por las tripas que la compañía.Parque-Nacional-Mochima-reimaginar-el-Caribe-1

La isla La Piscina fue la única que no contaba su profundidad en metros, la vista llegaba hasta el fondo a través de un mar diáfano que no se guardaba nada para sí. El tapadito solo se detuvo unos minutos y siguió su camino, pero yo me quedé ahí hasta tiempo después de bajar en Arapo. Mi mente siguió tratando de procesar una belleza tan abrumadora como cristalina.

A no ser por la casa de un pescador a unos cien metros, nos sentíamos los únicos habitantes de Arapo. Era tan temprano que la niebla no se había terminado de disipar y todavía cubría las cimas de los cerros de la tierra firme tiñiendo su verde con palidez caliginosa. En contraste, el verde azulado del agua ya empezaba a brillar, aun cuando el sol no había salido, como si su resplandor proviniera desde abajo, lo mismo que su calidez. Toda la playa lucía una belleza agreste.Parque-Nacional-Mochima-reimaginar-el-Caribe-2

Parque-Nacional-Mochima-reimaginar-el-Caribe-3Por la tarde avanzamos por la costa, clavándonos las piedritas en los pies y reescribiendo el camino de los cangrejos hasta la península que se separaba por unos doscientos metros de La Piscina. Eventualmente había que pestañear, pero todo se trataba de hacer lo imposible porque esa imagen se grabara para siempre, que se fuera conmigo.Parque-Nacional-Mochima-reimaginar-el-Caribe-4

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Unos pescadores que llegaron mientras almorzábamos. Pescaban con arpón.

Pueblo de Mochima

Tengo una debilidad por los pueblos pequeños. Lugares como Angastaco, en el norte argentino, Cabanaconde en Perú, o Salento, en Colombia, pueden robarme el corazón. Cuando llego a un pueblo colorido, de pocos habitantes, ruidos calmos y calles estrechas, bajo la guardia. Mi ritmo se apacigua para acompasarse al del lugar, el tiempo se hace lento.

Mochima tuvo ese mismo efecto en mí, solo que además era un pueblo venezolano. Venezuela se nos ha mostrado como un país de gente muy cálida, parecida en algún sentido a los argentinos. Abierta, conversadora, jocosa, con una chispa de viveza explosiva y divertida que nos hace identificarnos con ellos, y tenerles un cariño especial. Si además, esa gente vive en un pueblo de un mar traslúcido, con peces de todos colores y formas, de calles angostas, comidas exquisitas, vecinas que barren la vereda de enfrente de su casa como si fuera la propia, y chicos jugando en la calle mucho después de que haya oscurecido, ese lugar probablemente te haga dudar de si querés irte algún día.Parque-Nacional-Mochima-reimaginar-el-Caribe-6

Para llegar a Mochima tomamos un bus y bajamos en la ruta donde hay letrero, y, por las dudas más de cinco puestos de “empanadas de Mochima, las mejores de Venezuela” también lo advierten. No quisimos esperar el transporte que baja a la gente al pueblo y caminamos cuesta abajo por una ruta muy silenciosa, donde el único escándalo era el de las hojas secas quebrándose bajo las patitas de una lagartija, y alguna que otra ave observándonos desde los árboles. Donde no había una arboleda oscilante, había la vista del mar rodeado por cerros. Aún desde esa distancia se veía el azul mezclándose con el turquesa, marca registrada del Caribe que no nos aburrimos de admirar.

El calor se hacía sentir, y cuando escuchamos el sonido de un vehículo aproximándose no dudamos en dejar las mochilas en el suelo y desempolvar el pulgar para hacerle dedo. Era una camioneta de transporte de personas, vehículo típico de la zona que une las cortas distancias entre las ciudades de Cumaná, Puerto La Cruz y Mochima llevando a sus pasajeros en unos asientos adaptados en la caja. Quedaban solo dos libres, así que sorteamos los últimos kilómetros resguardados del sol.

En la entrada del pueblo un cartel daba la bienvenida al Parque Nacional Mochima. En 1973 se declaró reserva natural a toda el área. Una superficie protegida de casi 1000 km2, cuya mitad es marina. En el pueblo de Mochima viven algunos cientos de personas, pero la cantidad de posadas que hay es difícil de estimar. Desde que nos bajamos de la camioneta y empezamos a caminar a paso lento, por el calor y por el peso, encontramos anuncios en todas las casas: la que no era una posada, se alquilaba por temporadas. Todos los vecinos a los que nos acercábamos nos ofrecían una habitación. Nos decidimos por una posada a dos cuadras del puerto. De todos modos, en Mochima todo está a dos cuadras… Aunque, en realidad, el pueblo ha crecido mucho.Parque-Nacional-Mochima-reimaginar-el-Caribe-7

A la hora de comer, encontramos un restaurant cuyo fondo daba al mar. No podía resistir tirarles a los peces que nadaban al lado de la ventana pedacitos de casabe, mientras Lean conversaba con su dueño, Pedro, un viejito del país Vasco, llegado a Venezuela en 1978. Supo tener un restaurant en Cumaná, pero ahora todo lo que le quedan son estos 118 metros2 en Mochima. Lo que ningún gobierno pudo expropiarle fue el acento español, que después de 37 años conserva intacto. Una vez que llegamos, dejó de ver el partido Ecuador-Uruguay en cuero para ponerse la Filipina, y nos hizo un plato mediterráneo digno de una ovación.Parque-Nacional-Mochima-reimaginar-el-Caribe-8

Su restaurant era solitario, y, como muchos otros lugares en Venezuela, se mantiene abierto solo porque la propiedad es de él y vive ahí mismo, así que básicamente es lo mismo almorzar mirando la TV en cuero o discutir con la socia/exesposa, a puertas cerradas, o con la mesa puesta y el menú sobre el mantel. La segunda vez que fuimos a comer allí conocimos a un grupo de margariteños que estaba de paseo en el pueblo. Los había invitado su amiga Itma, una caraqueña pituca de más de 70 años, a quedarse en la misma casa de verano donde pasó sus vacaciones de adolescente, en Mochima, antes de ir a estudiar y hacerse hippie a los EE.UU. Nos dijo que cuando venía a pasar la temporada podía contar con los dedos de una mano los hogares que había en el pueblo. A punto tal que las mesas en las que estábamos sentados eran olas cuando ella pasaba sus veranos allí. Su casa solía dar a la orilla, pero, con los años, la marea bajó, y apareció lo que se convertiría en la segunda calle principal, sobre la que ahora funciona el puerto.Parque-Nacional-Mochima-reimaginar-el-Caribe-9

Por la noche, al mismo tiempo que bajaba el sol, las puertas abiertas de las casas dejaban salir sillas y vecinos que se acomodaban en semicírculos en las calles. Como si estas estuvieran construidas más para la reunión vecinal, que para los vehículos.

Al pueblo entero se le dilataban las pupilas sentado en la oscuridad, con el único farol de la cuadra arrojando un naranja apagado, tímido, entre tanto azul del atardecer. Pero aun así insistían en conversar en las penumbras, disfrutando de la brisa que traía la luna. Los niños, que durante el día se entretenían persiguiendo una gallina o un gato con un palo en algún callejón a la sombra, salían disparados de sus casas como en un antimandato cuando caía el sol, para jugar en medio de la calle a la luz de las estrellas. En otro de los tantos pasajes que unían las dos calles principales del pueblo, sonaba fuerte la salsa desde el baúl de un auto y se armaban grupos de amigos para moverse al ritmo del pasamanos de ron.Parque-Nacional-Mochima-reimaginar-el-Caribe-10

El clima en Mochima era perfecto. Todo el calor podía resolverse sacando una silla a la vereda o, como bien lo saben sus pobladores, sentándose en el umbral de la puerta a respirar el movimiento de los mandados y las charlas que llegaban desde las casas circundantes. El viento que no corría en el interior de las casas, lo hacía en la puerta de calle, llevando las últimas novedades y las caras nuevas con acentos conocidos.Parque-Nacional-Mochima-reimaginar-el-Caribe-11

Desde Mochima hay unas cuantas playas que visitar, e, igual que desde playa Colorada, conviene tomar un tapadito (igual que un peñero pero con techo) que te lleve a dar una vuelta, mirar las opciones y elegir en cuál quedarse. El primer día, con Luis, el dueño del tapadito, pasamos por varias playas. Algunas de ellas estaban totalmente vacías y deshabitadas, apenas un par de boyitas suspedidas en el agua mostraban que suele ir gente a bañarse. Otras se veían igual de desoladas, pero tenían dos o tres casas. Quienes viven allí se sostienen con lo que pescan o con algún que otro turista que vaya a saborear sus platos durante el día de playa.Parque-Nacional-Mochima-reimaginar-el-Caribe-12

Cuando nos dirigíamos a la playa Las Maritas, donde nos íbamos a quedar, Luis vio algo a lo lejos. Delfines. Nos tuvo que repetir dos veces la señal de la cruz que hizo en el aire al mismo tiempo que decía “los felicito” porque no le habíamos entendido. Yo, después de “delfines”, no escuché nada más. A los saltos, golpeando el casco contra las olas, llegamos a una parte del mar abierto donde alrededor no parecía haber nada. El agua era de un azul muy profundo, y unas aletas de un tono parecido pero tirando más al gris empezaron a asomarse a los lejos, acercándose cada vez más. Eran más de diez, y cuando nosotros empezamos a gritar del entusiasmo y la emoción vinieron todavía más cerca del tapadito.Parque-Nacional-Mochima-reimaginar-el-Caribe-13

Era imposible verlos a todos. Nadaban cerca, lejos, adelante, atrás y a los costados de la lancha. Unos hasta pasaban por abajo del tapadito girando, mostrándonos la pancita. La visita no solo duró como diez minutos, sino que terminó cuando Luis decidió pegar la vuelta, porque ellos (y nosotros) queríamos quedarnos ahí.Parque-Nacional-Mochima-reimaginar-el-Caribe-14

El segundo día fuimos directo a playa Blanca, y nos terminó agarrando el atardecer en el mar.

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Si la escasez no te deja comprar tampones, recordá que ¡la inflación te deja comprar habanos! Sí, me perdí un día de playa en el Caribe por eso.

Antes de irnos, dimos una última caminata por Mochima.Parque-Nacional-Mochima-reimaginar-el-Caribe-16

Compramos dos facturas en la panadería del pueblo, que tenía fila a toda hora, y nos sentamos en la plaza a comerlas viendo los tapaditos oscilar de lado a lado en la bahía. Detrás, medio pueblo se había reunido en un restaurant cerrado al público. Se escuchaban voces, risas, sillas moviéndose, pasos de los que acababan de llegar. El reloj marcaba las 17:30, pero el cielo decía otra cosa: el sol ya no se veía, y su azul se oscurecía cada vez más para parecerse al del agua. Las primeras estrellas empezaban a descubrirse y la oscuridad iba cayendo sobre Mochima. Manos sacaban las sillas a la vereda. Las pupilas se dilataban.

Datos prácticos
NOVIEMBRE DE 2015
Cuando estuvimos acá el cambio estaba a 755bs – 1usd.

Playa Colorada

  • Bus Puerto La Cruz a Santa Fe, y hay que bajar en playa Colorada: 50bs c/u.
  • Posada en playa Colorada: 2000bs la noche. (Hab. c/ baño privado, aire acondicionado, heladerita.)
  • Almuerzo/cena para dos en playa Colorada: desde 1000 a 2500bs.
  • El peñero a las islas ida y vuelta: 1000bs.

    Mochima

  • Para ir de playa Colorada a Mochima hay que ir primero a Santa Fe y de ahí tomar el bus con destino a Cumaná y bajar a mitad de camino.
  • Taxi compartido de pl. Colorada a Santa Fe: 50bs c/u.
  • Bus a Cumaná (para bajar antes): 50bs c/u.
  • Posada en Mochima: 2000bs la noche. (Hab. c/ baño privado, aire acondicionado, heladerita y WiFi.)
  • Almuerzo/cena para dos en Mochima (muy bueno): de 2500 a 3500bs.
  • Tapadito por islas y playas ida y vuelta (paseo como de una hora): 5000bs.
  • Ida y vuelta a una sola playa: 1000bs.

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Un comentario en “Parque Nacional Mochima: reimaginar el Caribe