Nicaragua: el precio de recuperar la patria 2


“(…) y fue un salitral interminable a mediodía con dos o tres cobertizos de chapas herrumbradas, gente amontonada a la izquierda mirando los cuerpos tendidos boca arriba, sus brazos abiertos contra un cielo desnudo y gris; había que fijarse mucho para distinguir en el fondo al grupo uniformado de espaldas y yéndose, el yip que esperaba en lo alto de una loma.”

Julio Cortázar, Apocalipsis en Solentiname.

Vamos a cruzar la calle en Granada, Nicaragua, pero nos detiene el paso una carreta tirada por caballos. A pesar de que el conductor nos vio no baja la velocidad. Y tampoco lo hace para que se suban las señoras que se acercaron con canastos en las cabezas, presionándoles las cervicales, envejeciéndoles prematuramente la columna ya gastada de tanto trabajar. Igual ellas se trepan de un salto, agarrándose de las manos que les alcanzan desde arriba los otros pasajeros. La carreta tiene unos seis asientos, pero van más de ocho personas, todos vendedores, con sus bolsas, canastos y palanganas. Abajo, a los caballos, se les ven las costillas y las venas hinchadas parece que se les van a salir del cuero pero, de todos modos, ¿por qué les tocaría mejor suerte que a sus dueños?

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Nicaragua es el país donde las carretas tiradas por caballos todavía son un medio de transporte público, no solo para los gringos que quieren dar una vuelta estrambótica por una ciudad colonial, sino para los locales, que se montan, con sus bolsones y canastos, de un salto al carrito mientras todavía está en movimiento, y guarda con que esa rueda gigante les agarre una pata, o den un salto en falso y se les venga encima el auto que viene atrás, pegadito, sobre la calle empedrada.

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Nicaragua es el país donde al costado de las carreteras, desde los buses locales, se pueden ver monos durmiendo en los árboles, unos con la cola colgando del árbol como peso muerto, otros agarrados a una rama, recién levantados.

Nicaragua es el país donde pudimos viajar muchas veces a dedo en las cajas de las camionetas, sentir el viento arremolinándonos el pelo y llenándolo de tierra. Pero esos viajes como hacia atrás también nos permitieron ver el camino al revés, desde la perspectiva opuesta. Como ir hacia adelante, avanzando, pero sin poder dejar de mirar hacia atrás, comprendiendo el pasado, y recibiendo una pequeña impresión de lo que esas caras arrugadas cargan en la espalda, de lo que las mujeres traen en sus canastos.

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En un pueblito como de 10000 habitantes cercano a Masaya, la señora Angélica espera pacientemente a que el hilo de agua que escupe una manguera flacucha llene un barril de 200 litros. Ya llenó tres barriles y le quedan dos, un balde, dos palanganas y una olla grande. Por último, tiene que dejar la manguera un par de horas en la pila (pileta) de afuera que cargue unos cuantos cientos más. Es el día de la semana en que, casi siempre, viene el agua.

—Viene una vez a la semana. Aunque algunas semanas ni viene. —Durante los próximos siete días toda la familia va a usar esa misma agua para bañarse, lavarse la cara, las manos, los dientes, la ropa, los platos, hervir el arroz y los frijoles, y beber, y decí que tuvimos la suerte de llegar el día uno así todavía no hay tantos bichitos flotando en nuestros vasos con fresco de mandarina.

Las mandarinas las cosechan en el fondo de su patio, donde el hijo mayor se está construyendo su casa. Durante el minitour que nos hace el nieto de Angélica, nos nombra todos los árboles y plantas que tienen, que se los sabe de memoria: palta, mandarina, jocotes, clavo de olor, banana, naranja agria y mango.

Mientras tomamos el fresco, y para nuestra sorpresa, dice que no, que lo de Somoza no fue una dictadura, y ya es la segunda persona. Pero se nota que es una mujer inteligente, y con la misma astucia con la que crió diez hijos prácticamente sola dice:

— Al menos con él no teníamos miedo de que nos saquen la tierra. Porque hoy, cualquiera puede venir a decirnos que este terreno es muy grande, que aquí caben dos familias, y nos lo expropian. Y señala al fondo donde crecen todos sus frutales, que diariamente le dan de comer junto al sacro Gallopinto: arroz y frijoles.

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Hace poco más de 20 años que Nicaragua terminó con la guerra civil que la dejó destartalada, pero acabó con más de 40 años de gobierno de la dinastía Somoza. La revolución sandinista duró más de 12 años y en ella murieron alrededor de 25000 soldados y 40000 civiles (hombres y mujeres) que lucharon a la par del FSLN (Frente Sandinista de Liberación Nacional). Reclamaban democracia, paz, salud, educación y patria libre.

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La fortaleza del istmo americano siempre fue también su cruz, y EE. UU., después de haber orquestado el canal de Panamá, lo que más quería era armar otro en Nicaragua. El llamado mar dulce por los españoles, o Lago de Nicaragua, una de las aguas dulces más bonitas donde nos bañamos, y a la vez el lago más grande de América central, era codiciado por el monstruo del norte para unir los océanos una vez más, y contar como propios los billetes que de ellos brotaran.

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Así que cuando las moscas zurditas vinieron a arruinar sus planes una y otra vez, no le dejaron otra opción que estamparlas a todas contra la pared hasta hacer saltar el revoque.

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La primera, que murió rápido pero dejó el germen de todas las posteriores, fue Augusto César Sandino, quien a principios del siglo XX dirigió la lucha que desalojaría a los estadounidenses, que por segunda vez se habían confundido de frontera y andaban metidos en Nicaragua. Murió traicionado por Somoza, que en ese momento estaba a cargo de la Guardia Nacional, y que mandó a matar al revolucionario luego de recibir la orden de parte del embajador de EE. UU. Pocos años después, Somoza derrocaría al presidente y asumiría él mismo en el cargo.

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Permaneció en el poder durante casi veinte años, con el apoyo de EE. UU. y llegó a ser uno de los hombres más adinerados del continente, y dentro de los cinco del mundo para esa época. En esos delirios del universo que suelen pasar, se intercambió la vida de un poeta por la de un dictador, y Rigoberto López Pérez entró una noche del ’56 en una cena muy paqueta y le metió cuatro tiros a Anastasio Somoza padre, que lo mataron una semana después.

Afortunado el escritor que, quizás, murió pensando que liberaba al pueblo nicaragüense de su captor, pero sus dos hijos heredaron el trono, y sus gobiernos fueron aún más crueles que el del padre, colmados por presos políticos y desaparecidos.

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Rigoberto López Pérez a la izquierda, y a la derecha Carlos Fonseca, el creador del FSLN.

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Durante los años de la revolución sandinista el gobierno argentino, de facto, apoyó a los “contras” que, junto a EE. UU. luchaban por callar esas voces revolucionarias y continuar la dinastía de los Somoza, que para ese momento, ya iba por el tercer Somoza en el poder. Sin embargo, en el museo de la Revolución está exhibida nuestra bandera al lado de la nicaragüense y la roja y negra del Frente Sandinista para la Liberación Nacional, en reconocimiento al Che Guevara, recordado en Nicaragua, a más de 8000 km de su tierra natal, como uno de los más grandes libertadores de América latina.

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Nosotros tuvimos suerte, conocimos la nueva Nicaragua, la que renació de esa guerra civil que la dejó lisiada, y se está rearmando muy de a poco. Tuvimos la suerte de ver chicos jugando en las mismas esquinas donde hace menos de 30 años unos apenas más grandes que ellos agonizaban acribillados por la Guardia Nacional. Vimos señoras cargando sus pesadas canastas desde antes de que salga el sol hasta el atardecer, vendiendo tamales hechos con el mismo maíz que en los ’60 hacían de Nicaragua la promesa de ser el granero de Centroamérica. Pero fue en todos los aspectos que pagaron un precio muy alto por su libertad, y hoy encabeza la lista de los países más pobres de la región.

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Después del triunfo de la revolución sandinista, Nicaragua tuvo que juntar de a poco sus pedazos y ver cómo se rearmaba. El apoyo de Estados Unidos a la Contra fue la frutilla del postre para que la revolución se volviera mucho más sangrienta y tuviera un costo mucho más alto desde el aspecto social, económico y político. Ronald Reagan apoyó a las fuerzas opositoras a la revolución, y con dinero fraudulento del Irán gate. Para 1990, la patria estaba libre, sí, pero patas para arriba.

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Paradójicamente, cicatrices de guerra no es lo único que EE. UU. dejó en el país, y la mayoría de los buses para el transporte público son buses escolares que vienen a jubilarse a los países centroamericanos. Aquí los emparchan para hacerle de goma la vida útil, y les ponen un espíritu más latino.

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Este bus se dirige a Monimbo, “el corazón de la insurrección” de Ernesto Cardenal, y me deja pensando a qué “poder americano” se refiere.

Actualmente, el FSLN se mantiene en el poder. Pero bastante debate hay respecto de cuánto queda de aquel anhelo de libertad y democracia por el que lucharon muchos, y murieron más, en la “Nicaragua cristiana, socialista y solidaria” de Ortega.

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—¿Si Sandino se levantara hoy de su tumba? Lo fusila. —Resumía muy convencido un bombero en el cuartel donde nos habían permitido acampar por una noche. Y nos dejaba con la pregunta de si de nuevo tendrán que venir otros jóvenes nicas a tomar las armas por la patria o morir para tener la Nicaragua que se merecen.

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