Margarita: reiniciando el contador de días de viaje 3


Entramos en la isla de Margarita por la puerta de atrás. Bajamos del ferry en el puerto de Punta de Piedras, antes de que hubiera dejado de latir en nuestra mente la imagen de los delfines saltando en el mar, al costado de la embarcación, y el primero en atajarnos fue un taxista que se ofreció a llevarnos al centro de la isla, Porlamar. Ya nos habían advertido que iban a querer cobrarnos unos 1500 bolívares por ese viaje, unas 50 veces más caro que el bus. Así que lo saludamos y seguimos de largo hasta la parada mientras nos gritaba que nos iban a atracar, como último intento por convencernos.Margarita-reiniciando-el-contador-de-días-de-viaje-1

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Tomamos el bus bajo el calor del sol de las 11am, pero que parecía pleno mediodía… Y quizás lo era, porque, como dijo esa mañana Cédric, el venezolano-francés de la posada de Cumaná, antes de que nos subiéramos al ferry: “Chávez quitó una hora de luz”. Eran las 5:45am y nos estaba llevando al puerto, pero el sol ya estaba arriba hacia un rato. Cuando creíamos haberlo oído todo, al menos en lo que a política venezolana se refiere, nos venimos a enterar de que el comandante, antes de pasar a mejor vida (o de irse a vivir a una isla, como también dicen por ahí) le robó una hora de luz al sol.

Estirando el cuello hacia el hilo de viento que entraba por la ventana abierta del bus, dejamos atrás el puerto y nos adentramos en una larga avenida caliente entre árbustos resecos y montones de basura y ramas quemados.

No había cinco estrellas de más de diez pisos, piscinas con vista a una playa blanca y turquesa, ni mozos con bandejas con vasos con ron.Margarita-reiniciando-el-contador-de-días-de-viaje-3

Al menos no hasta Porlamar. Porlamar es la ciudad más grande, más turística, que más creció. Y, si bien no puede ostentar el título de capital, que ya lo tiene La Asunción, cuenta con un quinto de la población total de la isla, y con la mayor infraestructura hotelera de Margarita.

Una avenida doble nos recibió con canteros de palmeras en el medio. Por primera vez en nuestro recorrido por Venezuela la longitud de los centros comerciales superaba la de las colas para los productos del mercal, circulaban tantos vehículos particulares como taxis, y, de hecho, llevaban gente local en la mayoría de los casos (para muchos venezolanos en el resto del país es difícil pagar un taxi), los bodegones y licorerías vendían botellas y paquetes con la insignia roja cruzándoles el pecho acompañados por el grito de guerra neoliberal “libres de impuestos”.

Margarita no se salvaba del común denominador que rige esta época en el resto de Venezuela: locales cerrados y otros vacíos, colas en las puertas de ciertos negocios y, más que nada, gente quejándose del Gobierno actual, anhelando cambiar un sinsentido por otro, colocando en el poder a una mano dura y neoliberal que borre con el codo lo que tantos años de revolución garabatearon con la mano. A falta de vivir un ambiente de elecciones en nuestro propio país, privados del voto por la distancia, pero, en especial, por el domicilio errante, vinimos a sentirlo en Venezuela.

Por suerte caímos en una posada donde la ininterumpida y pocas veces bien justificada cháchara antimaduro fue trocada por un pausado, dulce y -demasiado convincente para ser verdad- discurso chavista. Por suerte porque necesitábamos escuchar un poco la otra campana, como siempre si se quiere entender mejor la realidad del país que decidimos llamar “casa” por unos meses.

Como casi todos los días de las últimas semanas, costaba salir de la cueva. Venezuela nos hace estar demasiado cómodos adonde vayamos. Y eso, que al principio fue lo que nos reconfortó la saudade del suelo propio, ahora nos ralentiza el viaje, y hace que movernos nos cueste siempre un poquito más. La posada, que tenía muchas cosas buenas, como baño privado, una cama muy cómoda y unos dueños más que amables, tenía un extra inestimable: el silencio, especialmente en las mañanas. Fórmula impagable para un buen sueño, y a la vez lujo que pocas veces pudimos darnos en un año y casi medio de viaje.

Días después de haber llegado, y de dormir por primera vez en bastante tiempo hasta las 11am, fuimos a conocer la playa El Agua, supuestamente de las más bonitas de la isla. Pero, no fue exactamente lo que pensábamos. A menos que hubiéramos imaginado una tarde nublada, un viejo gringo en zunga y tantas algas como olas en el mar. Mochima nos subió la vara y saber que habíamos dejado de pasar cinco días más en ese pueblito mágico por la misma cantidad en Margarita, hacía que le pidiéramos como mínimo iguales paraísos en las playas.

Así que no tardamos mucho en volver a la cueva, a The Walking Dead, a las charlas TED, a cenar Doritos, a contar los días hasta que pase la depresión de fin de año, rogando que fuera eso y no irremediables, insoslayables, e impostergables, ganas de volver.

Nos quedaba por conocer un castillo y un atardecer, “el más hermoso del mundo” según Anahí, la señora de la posada, pero llegamos a considerar llamarlo una derrota, volver por nuestros pasos y seguir adelante hacia Choroní, Morrocoy, y toda esa fantasía cuasi El Dorado por cumplirse.

Lo único que nos detuvo (por suerte) de cargarnos de nuevo al ferry y colocar nosotros la banda roja encima de la isla, pero esta vez más como veda que como libre de, fue que ni siquiera teníamos la energía para movernos. De armar de nuevo la mochila (pesada como pibe de diez años), poner el cepillo de dientes en movimiento, salir a buscar dónde dormir, dónde comer, dónde caminar, qué ver, investigarlo… (de lo que se trata viajar, básicamente, sí). No, no podíamos. Así que decidimos hacer lo único que se puede hacer en estos casos: nada. Dejar que fluya. No pensar.

Un par de días después, días sin salir de la cueva, ni ver la luz del sol, enterrada en un mar de series, scrolleadas de Facebook mirando sin ver y de alternar la ensalada de frutas, el yogurt y los Doritos como base de subsistencia, subimos a un bus para ir a ver Pampatar, el fortín de La Caranta, el castillo de san Carlos de Borromeo, y el faro de Punta Ballenas.

Sonaba todo muy a lo LonelyPlanet, pero descubrí que googlear el “qué ver/hacer en” viene a ser tanto la venda en los ojos del turista, como la muleta del viajero que intenta retomar el rumbo hacia el andar errante. Pero, para volver a perdernos en el camino, para reencontrar el amor al viaje, teníamos que ir a lo básico, aprender a caminar de nuevo.

El castillo no pareció más de lo que esperábamos hasta que subimos al primer piso y sorprendimos a los cañones apuntando a un mar aturquesado. Imaginé al tipo cuyo trabajo era mirar todo el santo día ese mar en busca de algún barco pirata que se delatara, aproximándose, recortado en el horizonte.
Margarita-reiniciando-el-contador-de-días-de-viaje-4En el camino al faro de Punta Ballenas le preguntamos a un viejito que pasaba por la calle cómo podíamos ir. Creíamos que se podía llegar caminando, pero no estábamos seguros de en qué dirección quedaba. Los buses no llegaban, para ir caminando era demasiado lejos y un taxi nos iba a cobrar muy caro… Así que seguimos caminando, confiando en que podríamos usar el pulgar si se nos hacía demasiado cuesta arriba la caminata.

Fuimos sorteando el sol de un lado al otro de la calle. Después de la plaza principal de Pampatar no pasaban autos ni gente, y, en cambio, aparecían cada vez más edificios lujosos.

Las coloridas casas de puertas abiertas y sillones descocidos en la sala, los peñeros oscilando tranquilos en la bahía, gallinas, pollitos, perros y chicos investigando juntos los escombros de algún baldío con los ojos brillantes, en busca de ese anhelo secreto, desde maíz, un hueso o hasta un juguete maltrecho, fueron todos reemplazados, al mismo tiempo que el terreno se elevaba y trepábamos calle arriba transpirando bajo el sol, por los complejos residenciales con vista al mar Caribe. Jardines en las terrazas, redundantes piscinas al lado de la playa, garitas de seguridad y estacionamientos para autos caros. Se mezclaban los edificios de techos verdes y florecidos terminados hace años con los esqueletos de los nuevos, con sus idas y venidas de materiales, que no habían escuchado, aparentemente, de la acuciante escasez que sabotea al país.Margarita-reiniciando-el-contador-de-días-de-viaje-5 Desde lejos vimos el faro. Hace solo ocho años alguien tuvo la genial ideal de montarlo ahí, y no hay un mejor lugar desde donde apreciar el fenómeno de estos dos entornos que se desean desde lejos sin tocarse: mar y salinas.

Después de un año y casi medio viajando sentía, últimamente, los ojos cansados. Pero cuando llegué caminando al estacionamiento del faro y, en vez de subir, me quedé ahí, rebautizando mis ojos con agua salada, el contador de días de viaje volvió a cero.Margarita-reiniciando-el-contador-de-días-de-viaje-6Tardamos una hora en subir los veintiocho metros para asomarnos por la parte más alta del faro. Fuimos saliendo a todos de los balcones de la torre para tener una perspectiva distinta cada vez. Hacia un lado se veían los enormes residenciales de la pituquería margariteña. Hacia el otro, la salina de Pampatar, que se acercaba hasta casi tocar el mar, pero sin alcanzarlo por una delgada línea de arena y pasto que marcaba el fin de un ecosistema, y el principio del otro. Y en el este, había mar, y las fregatas y gallinazos planeando alrededor de la cúspide del faro.Margarita-reiniciando-el-contador-de-días-de-viaje-7

Más allá de Pampatar, unos cuarenta minutos después, estaba la ciudad de Juan Griego. Recibió su nombre por un español, conocido por ser el primer habitante de la isla y fundador de la población, que se dedicaba a la trata de personas versión siglo XVI o, como define Wikipedia en puntitas de pie: “próspero negocio de transportar indígenas cautivos”. En el centro de la ciudad descansa el rendido fortín de la Galera que, por el 1800, fuera una de las mayores resistencias de la isla contra el intento del poder español de recuperar su dominio. Al lado del fortín, la Laguna de los Mártires, que recibió a los sobrevivientes del ataque español que escaparon pero corrieron la misma suerte que los demás, apenas esboza un chorrito de agua, entre una arena rojiza y unos arbustos también sedientos.

Llegamos desde la terminal de Juan Griego a playa Caribe, de las más bonitas de la isla, a bordo de un taxi, un Ford Galaxie 500. El taxista nos venía aleccionando con una historia de unos turistas que llevó a la playa y ostentaban tantos dólares, comprando tragos, comidas, derrochando, que los billetes terminaron en el mar, todos mojados. No entendí si porque se les cayeron, se les volaron, o se los intentaron robar, porque el auto hacía demasiado ruido y él tenía la anciana voz muy gastada. No soy especialista en autos, pero este me llamó particularmente la atención, porque es increíblemente espacioso por dentro. Para no dar más vueltas dejo que Google lo grafique:Margarita-reiniciando-el-contador-de-días-de-viaje-8

Esta vez éramos solo nosotros dos, pero ya viajamos una vez en un Ford Galaxie, desde playa Colorada a Puerto La Cruz, y éramos como 7, cómodos. Me gusta cómo lo definió Lean: “parece el auto de un circo, se abre la puerta y empieza a bajar más gente de la que se pueda contar”.

El viejito nos dejó en la playa, y nos dijo que no nos perdamos el atardecer desde el fortín de La Galera. Ya teníamos planes de ir a ver “el mejor atardecer del mundo”, así que a las 16:20 salimos de nuevo a la ruta. No tuvimos suerte de que pasara, no solo un taxi, sino casi ningún auto, así que caminamos el kilómetro y medio hasta el fortín.Margarita-reiniciando-el-contador-de-días-de-viaje-9

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Aprovechamos la caminata para dejar un chivo

Llegamos con lo justo para sentarnos y recuperar el aliento mientras el sol comenzaba a caer. Dos combis llenas de argentinos habían venido desde un hotel en Porlamar a hacer lo mismo.

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–Vos agarrate bien, que si este viento me mueve a mí, vos, con lo flaco que estás, vas a salir volando. –Le dijo una señora a Lean.

Puedo lidiar con uno o dos argentinos, pero ya escuchar a más de diez a la vez es más de lo que mi saudade pueda soportar. Y no es que lo supiera, es la primera vez en el viaje que nos encontramos con tantos juntos. Una camiseta de fútbol, una barba desprolija, conversaciones fuertes (las más altas de todo el fortín), y ni una sola frase dicha en serio: joda, tras joda, tras joda. Joda a la novia, joda a la señora, joda al tipo que está al lado que ni saben si es del grupo pero lo joden igual.

Y un poco más bajito la pareja que estaba sentada al lado mío: –Che, en Monte Hermoso el atardecer es casi igual a este de acá.

–Pero mi amor, no seas así, disfrutá de estos momentos, son especiales.

–Espero que cuando vuelva, mi suegro me esté esperando con un asado y unos mates. (Esta última frase sí ya fue a los gritos de nuevo).

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El atardecer número 463 lejos de Argentina.

Y ahí pasó. Lloré. En todo este tiempo de viaje no sentí una sola vez que extrañara a Argentina en sí. Sí la comida (que igual en Venezuela se me pasó), sí los amigos, sí la cultura de la ciudad, pero nunca como para llorar, nunca. Pero en medio de la foto del atardecer del fortín, escuché la palabra “mates” cerré los ojos y se cayeron dos lagrimones que habían estado muy, muy calladitos y guardados muy adentro. Va a hacer cuatro meses que se nos terminó la yerba y decidimos dejar el mate, junto con mi mochila y unas cuantas cosas, en la casa de nuestra amiga en Bucaramanga, Colombia. Y no fue hasta que pasaron dos meses que me empezó a poner mal no tenerlo. Ahora lo pienso, y veo que el mate era mi cable a tierra, era mi Argentina para cargar, era mi pedacito de país adentro de la mochila que me hacía no extrañar. Es la pieza que me falta ahora y por la que lloré esa tarde del día 463 lejos de Argentina.

Y finalmente esa “depresión” o no sé qué se fue. Creo que le estaba teniendo miedo a admitir que extrañaba, porque pensaba que desde ahí no había vuelta atrás. Esa tarde reconocí que no soy de piedra, tuve una mini dosis de mi país y me quebré, lloré, sufrí, extrañé. Me reconocí a mí misma que sí, que algo extraño, y eso me dio el empujón para seguir. Me di cuenta de cuánto extraño, y no es tanto como para volver, sí para largar dos lagrimones. Mi norte sigue estando al norte.

En Margarita nos terminamos quedando diez días. Aparte de lo que conocimos en los alrededores, caminamos todo Porlamar y nos sacamos el gusto de comer bien, con todos los caprichos gastronómicos que ofrece Venezuela. Desde un pan con queso de cabra y vino argentino, hasta La casa de Rubén, el mejor restaurant margariteño, con música en vivo y cola a toda hora, pero cola por la que ningún venezolano se queja.

Datos prácticos
NOVIEMBRE DE 2015
Cuando estuvimos acá el cambio estaba a 780bs – 1usd.

  • Llegamos a la isla Margarita desde Cumaná en ferry: 650bs c/u. (Hay lanchas más baratas pero que van muy rápido. El ferry tarda 4 horas, pero está la posibilidad de, como nos pasó a nosotros, ver delfines.)
  • Taxi desde el puerto a Porlamar: como 1500bs. ¡Es muchísimo para un taxi! Conviene llegar a pleno día y tomar un bus por 70bs c/u.
  • Hay muchos hoteles alrededor de los 4000bs que suelen incluir desayuno, baño privado, tv, WiFi.
  • Posadas, pocas. Nos hospedamos en Bahía del Rey, sobre la calle Fermín, y fueron muy, muuy amables. Costó 2800bs. (Habitación con aire, baño privado y WiFi.)
  • Almuerzo/cena: desde 2500bs (p/ los 2) se puede conseguir comidas muy ricas en restaurant. Una pizza está alrededor de 1000 o 1500 (p/ los 2).
  • Bus a playa El Agua: 60bs c/u.
  • Bus a Juan Griego: 60bs c/u.
  • Tarifa mínima de un taxi: 200 o 300bs.
  • Un vino argentino en una licorería (precios libres de impuestos): 3200bs
  • Cualquier queso de cabra: menos de 800bs. Se compran una flautita por 60bs y tienen una cena gourmet (o “cena de la semana”, como le decimos nosotros) para dos por 5usd :)

 


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