La ciudad sin tiempo: Manaos


Ir a Manaos fue como viajar en el tiempo. Justo estuvimos ahí el domingo en que la ciudad cumplía 346 años desde su fundación, y el imponente Teatro Amazonas tenía visitas guiadas gratuitas. Anduvimos por los pasillos del teatro de Ópera, que es de esos que aun cuando no hay función están vestidos de gala.
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Viajamos en el tiempo, a la época en que quienes caminaban por esos pasillos no eran viajeros olorosos y mal vestidos, eran mujeres y hombres pitucos que venían a internarse en la selva para llevarse hasta las semillas de los árboles, y no querían privarse de la buena vida de sus lugares natales, así que cruzaban el Atlántico hasta con la ópera a cuestas. Mientras un guía peruano nos daba a nosotros y una familia venezolana la charla en español, me imaginaba qué pasaría si Lean y yo viajáramos con un barcito a cuestas donde se toca Jazz en vivo, y sirven empanadas con vino. La nuestra sería una suntuosidad flacucha, pero suficiente…
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Hasta fines del 1800, Manaos, capital del estado del Amazonas, era un pueblo más del norte de Brasil. A principios del siglo XX la llamada “fiebre del caucho” llegó para sacudir troncos en el Amazonas. Unas décadas antes se había descubierto el proceso para hacer neumáticos y para limpiar el caucho de impurezas (vulcanización), así que para fines del 1800 los nueve países que comparten el Amazonas se internaron en sus profundidades para obtener el jugo de los árboles. Varias ciudades empezaron a juntar el dinero con pala, pero ninguna pudo hacerle sombra a Manaos, que pegó el estirón aún más rápido de lo que podía manejar.
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Las manos que orquestaban el uso y abuso de los recursos eran mayormente extranjeras, y con el avance tecnológico llegó también la explotación de la fuerza obrera, y el sacudón cultural y posterior esclavización de las poblaciones aborígenes que vivían internadas en el jardín trasero el planeta.
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Con los años, la calentura empezó a pasar, porque mientras los brasileros se cruzaban al jardín del vecino Perú generando conflictos territoriales para robar su caucho, no veían que, a sus espaldas, los británicos muleaban con las semillas de sus árboles para plantar en Asia y África, lo que acabó por arruinarles el negocio. Para 1920, el precio del caucho se vino abajo porque ya tenían materia prima del otro lado del océano.
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¡Surpresinha! caucho creciendo en territorio británico

Hoy, la ciudad sigue siendo un pilar de la economía brasileña. Con más de dos millones de habitantes y el segundo puente más grande de América del sur, su zona franca que abastece de tecnología prácticamente a todo el país.
Pero del derroche de primer mundo con el que se acostaba la ciudad el siglo pasado poco queda intacto en las calles, y si no fuera por tanta pila de ladrillo colonial desubicado, como el teatro o la iglesia de Sao Sebastian, el resto de Manaos guarda una esencia que tiene mucho más que ver con los pueblitos del norte de Brasil que con la parafernalia europea.

Todo lo que alguna vez fue parte del progresismo circense quedó ahí: grandes veredas, mercados gigantes, calles anchas, soberbias plazas y edificios gubernamentales, y un dejo de cultura de la que todavía se siente un vaho. Todo sigue en el mismo sitio, y el indicador de que ya no se vive en el siglo pasado es que el paso del tiempo se deja ver en cada esquina, y que, como una inundación, la cultura sudamericana ha reconquistado la jungla cosmopolita.

Presidente Figueiredo

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Nos escapamos de Manaos luego de pocos días. El calor nos ahogaba y podíamos sentir que unas cascadas cercanas nos estaban llamando.
Presidente Figueiredo, un chiquitísimo pueblo a menos de dos horas de Manaos, quedaba de todos modos camino hacia el norte, y nosotros ya apuntábamos para Venezuela de nuevo. Llegamos a dedo, y nos encontramos con que el transporte para ir a las cascadas era privado, turístico, y caro, o había un bus público que no pasaba nunca. Así que nos fuimos a la ruta a que el sol nos hirviera la cabeza hasta que alguien nos quisiera llevar.
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El primer auto que nos subió fue un pelado amable que nos dio charla y no pudimos prestar atención de si pasábamos o no el cartel de las cascadas que queríamos conocer. Resulta que había muchas sobre la misma ruta, y toda la gente nos recomendaba una distinta. Supuestamente a la que íbamos estaba a unos 10km de Presidente, así que después de media hora en el auto, y darnos cuenta de que nos habíamos pasado, nos cruzamos con un vehículo que venía en la dirección opuesta, el pelado le habló el conductor y nos cambiamos de auto.
Esta pareja nos dejó en un cruce y desde ahí nos quedaban unos 12km más para hacer dedo. Después de un rato y con la boca pastosa por el calor y la falta de agua, llegó una chata dispuesta a acercarnos hasta la entrada a una reserva natural.
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Era lo más cerca del Amazonas brasileño que íbamos a estar, y la naturaleza que encontramos adentrándonos en la reserva no nos decepcionó.
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A menos de dos horas de una de las principales ciudades de Brasil, el país más grande del sur y centro del continente, está la plena selva amazónica. Esta esencia contradictoria que se encuentra en América latina es la que desde el comienzo me enamoró, me hizo sentir que todo es posible, y que lo real maravilloso surgió donde con el río Amazonas e irrigó toda la tierra latina.
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