Iruya es nombre de mujer


Pasó más de un año desde la primera vez que fui a Iruya, pero todavía recuerdo la vista a través de la empolvada ventana del micro. Esta es la segunda vez que voy, e intuyo que no va a ser la última. Hace rato que estamos en el bus, es media mañana y el sol está alto, aunque se esconde entre las nubes. Tengo sueño, pero los colores de las incontables montañas me mantienen despierta y contemplándolos. Bien abajo se ve un río que serpentea hacia adelante y hacia atrás perdiéndose en las intercaladas montañas.
Cada tanto el bus se acerca más de lo que quisiera al borde del camino y se puede ver la ladera de la montaña descender hasta tocar el agua.

Todos los arbustos son secos y pinchudos por nuestro camino, y somos el único vehículo que se ve hasta donde llega la vista. En algún punto del viaje el sueño me gana, y aun con los ojos cerrados sigo viendo ese camino solitario y silencioso por el que parecemos avanzar en cámara lenta.

Cuando llegamos, Iruya está contenta de recibirnos por segunda vez así que saca un solazo que pone justo entre la iglesia y el mirador tiñiendo la ciudad con el celeste y amarillo medio dorado con que la conocemos. Lean está nostálgico por quedarse en el hostal donde estuvo la primera vez con sus amigos, así que nos dirigimos calle arriba a “Lo de Asunta”. Cuando llegamos, y después de diez minutos en los que Lean le dio a Asunta todo tipo de referencias hasta que lo recuerda (o dice recordarlo), dejamos las cosas y salimos a caminar.

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Nos sigue costando lo mismo que la primera vez trepar las calles en subida, no hay aire que parezca alcanzar. Esas calles siguen grises, empedradas y silenciosas, excepto cuando los chicos salen de la escuela para regresar a sus casas. Encontramos un comedor donde un nene de unos ocho años atiende las seis mesas entre los pedidos de la gente y los gritos de su mamá desde la cocina. Nos trae unas empanadas salteñas con papa mientras observo alrededor. Unos extranjeros se acomodaron en una mesa cercana, y un grupo de cuatro hombres almuerza en otra embocando la comida y la cerveza en la boca por casualidad, porque tienen los ojos fijos en la tele. El comedor es un poco oscuro, y toda la luz proviene del rectángulo al exterior que dejó la puerta abierta.

La siesta

Un rato después de almorzar, estamos dando vueltas por el pueblo porque recuerdo haber visto una casa con un papelito colgado: “se vende pastafrola”, pero no logramos volver a dar con él.

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El sol ya empezó a bajar y pinta extrañas sombras por los callejones desolados del pueblo. En el paseo, esquivamos alguna gallina de nadie que picotea nada en el cemento. En vez de vecinos, son perros los que merodean las calles apurados, como si fueran a hacer algún mandado. El pueblo duerme la siesta.

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Somos pasos solitarios en el silencio de la tardecita y el sol que calienta las casas. Además de nosotros, las nubes se mueven lentas sobre un fondo celeste. Los negocios están oscuros adentro, y aunque las puertas siguen abiertas, e incluso en algunos casos hay cajones de tomates o sillas afuera, no parece haber nadie esperando a nadie, todos respetan el sagrada reposo de las 5 de la tarde. El viento se cuela en el laberinto de calles y callejones vacíos y crea su propia música, creyendo que nadie lo escucha. Una brisa fresca asciende por la pendiente de las calles desde el comienzo del pueblo en la plaza hasta perderse en lo alto del hotel Iruya, mientras el sol calienta también las piedras del suelo.
Caminando y caminando hemos llegado a un mirador y observamos al pueblo desde arriba, chiquito entre tanta montaña.

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Un perrito manchado nos siguió hasta ahí y juega con una piedrita como si fuera una pelota. Me muero de ganas de tener una pelota para regalarle mientras lo veo apretar con fuerza ese cascote entre los dientes. Vemos el atardecer cayendo sobre Iruya desde el mirador. A lo largo del día la hemos visto envejecer y se pone cada vez más bonita. Ahora adopta un azul oscuro que se endulza con las luces cobrizas de los pocos faroles que alumbran el pueblo. Bajamos antes de que se haga de noche. La oscuridad lo va llenando todo y para cuando volvemos a lo de Asunta es difícil distinguir en los callejones qué gatos son de verdad y cuáles viven pintados en los grafittis de las paredes.

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Asunta e Iruya, dos mujeres que se conocen muy bien

Como en todo el norte argentino, los días son soleados y calurosos, pero las noches son frías, heladas a veces, e Iruya no es la excepción.

Cada día de la semana que pasamos en lo de Asunta nos asombra el efecto natural de “climatizador” que hay en la habitación. Durante el día, el sol pega fuerte y el cuarto permanece fresco aunque no tenga ni una sombra cubriéndolo. A la noche, pareciera haber retenido todo el calor del sol y largarlo cuando afuera empieza a refrescar. Las camas tienen una capa de frazadas, que son tantas y tan pesadas, que para meterte tenés que levantarlas con las dos manos, e ir entrando desde los pies (arrastrándote tipo lombriz) hasta estar totalmente cubierta.

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Lo de Asunta tiene en la entrada un patio amplio común a todas las habitaciones, al baño, y a la casa de la propia Asunta y su familia. Es más como un balcón, porque dista como dos metros del nivel de la calle. Desde ahí hay una vista completa de toda la calle hacia arriba (el mirador) y hacia abajo (la plaza), también de casi todo el pueblo, que se ve como una extensión de techos grises superpuestos que armonizan con la pendiente de la montaña y los árboles. También se ve la cordillera que rodea al pueblo y parece no terminar nunca. Asunta suele acodarse en el paredón de ese patio/balcón durante ratos largos a mirar el estático y natural espectáculo que le ofrece, donde solo se mueven las ramas de los árboles, y, cuando prestás mucha atención, las nubes.

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Se la puede encontrar ahí un ratito todas las mañana y todas las tardes. A veces está vuelta hacia adentro, controlando el trabajo que hace la chica que la ayuda con la limpieza, mientras su hijo corretea alrededor con sus juguetes y ensucia lo que ella acaba de limpiar. Otras veces está charlando desde ahí arriba con algún vecino que se detiene en la calle, camino a hacer algún mandado. En especial con un viejito largo y canoso, de bastón, que pasa al menos una vez al día por ahí y conversan durante horas, aunque nunca sube, y Asunta siempre adopta una postura corporal inquieta, como diciendo “bueno, solo cinco minutitos más, porque tengo cosas que hacer”. Pero la mayor parte del tiempo, está acodada mirando el paisaje. Con la espalda torcida, una pierna firme y la otra levemente flexionada, que va rotando de posición cuando se le cansan. Varias veces me pregunté que pensará. Si recordará una infancia sacrificada pero feliz (que también fue ahí en Iruya), si observará desde allí con ojos de soberana, reina de ese patio y esa casa y esa vista, fruto del trabajo de toda la vida; si tendrá mayores planes, para ella y para su hostal, y en esas contemplaciones diarias los teje en su mente, o si, al contrario, son momentos de arrepentimientos, reproches y soledades que se llevará a la tumba.

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Una mañana, mientras yo lavo ropa en la pileta de la terraza, escucho a Lean interrumpir la meditación matinal de Asunta para charlar.
Ella le termina explicando que el secreto de la “calefacción” natural es simplemente el adobe de las paredes, que no es tan permeable a los cambios exteriores. Entonces durante el día resiste al sol y durante la noche, después de horas y horas termina dejando pasar un poquito de calor a través de sus gruesas paredes. Un sistema perfecto que se ríe a carcajadas de las losas radiantes, la calefacción central y hasta de una estufa a gas o una salamandra.

Los cuatro días que íbamos a estar en Iruya se convirtieron en siete, y los pasamos caminando el pueblo de principio a fin. Desde el mirador más alto, hasta el río, no nos quedó un rincón inexplorado. Probamos las empanadas de varios comedores, nos encontró la oscuridad del atardecer bajando a toda velocidad de un mirador, fuimos jueces de un Quemado desde las gradas del patio escolar, y nos hamacamos mirando las mismas montañas eternas que enamoran mañana y tarde a los ojos de la anciana Asunta, que parece ver en ellas mucho más que montañas.

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También hicimos la caminata a San Isidro por segunda vez, arrepintiéndonos desde el primer momento en que se hizo insoportable el picor del sol del mediodía en nuestros cueros cabelludos hasta cuando se nos terminó el agua antes de llegar. Encontramos a San Isidro igual de bonito pero más caro, y, si Iruya es una chica silenciosa, San Isidro es un monje en retiro espiritual.

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La noche de fiesta

Es la anteúltima noche, y se celebra no sé qué santo en el pueblo vecino. Toda Iruya está invitada a revolear la chancleta lejos de casa.
Asunta no se va perder el jolgorio y se despide de nosotros al atardecer con su marido a rastras y un “cuiden la casa (y apaguen el farol antes de irse a dormir)” tirado al viento con un revoleo de mano que ya empieza a soñar con el son de la música norteña.
No sé el porteño, pero esta viajera temeraria que dejó la gran ciudad para adentrarse en los territorios más recónditos de la América Latina se cagó en las patas esa noche sin luna en un pueblo deshabitado, donde la única luz provenía del cálido farol colgando en el patio de Asunta y el único ruido eran los cantos de los grillos y los estruendos lejanos de la parranda donde imaginábamos a Asunta perdiendo la bombacha entre tanto zarandeo folklórico y tinto mientras le “cuidamos la casa”.

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Como a las ocho nos encerramos en la cocina y trancamos bien la puerta para que el calorcito del anafe no se vaya. Es una cocina de dos por dos, con un anafe, unas ollas mugrientas (porque su limpieza está a cargo de los viajeros), una mesa y dos tronquitos/silla. Sus paredes están íntegramente decoradas con frases de todos los viajeros que pasaron por ahí y tuvieron algo que decir o simplemente un fibrón.
Después de cenar unos fideos, entre el calor del anafe y la música de la compu, empezamos una interminable partida de ajedrez.
No queremos salir nunca de esta cocina chiquita y abrigada, pero inevitablemente llega un momento en que el juego no da para más y el oxígeno de la habitación es tan escaso que la cursiva enrulada que reza en la pared “el infierno está encantador” nunca tuvo más sentido.
Si bien ya es casi medianoche, los dos tenemos los ojos abiertos como búhos. No queda otra que ponerle el pecho a la desafiante noche solitaria.
¿Qué mejor manera de ver que no pasa nada que saliendo a mirar? Así que ahí vamos los dos insomnes a acodarnos al paredón de Asunta y mirar la oscuridad. Como señalando la zona segura, el farol del patio oscila tranquilo colgando del cable e ilumina en forma de circunferencia, parte del patio y parte de la calle. Unos vestigios de luz llegan a los árboles que cercan la calle recortándoles extrañas siluetas y dibujando confusos contornos cuando la brisa nocturna los agita para mantenerlos despiertos.
La soledad es absoluta. Estamos en la única casa iluminada del pueblo.
Mientras hablamos de todo un poco y nada a la vez aparece desde la oscuridad, sigilosa, una gallina picoteando a ciegas las juntas de las piedras y se pierde entre los árboles. Más tarde pasa un escuálido perro comunitario al que, a pesar de causarnos tremendo julepe apareciendo de la nada, le doy el plato de fideos que le había guardado después de haberlo visto devorar las sobras del mediodía.
El insomnio sigue encontrando temas de conversación en esa noche tan oscura en que ni siquiera podemos encontrar donde terminan las montañas y empieza el cielo, ni una estrella que nos indique que no estamos al revés.
Los últimos visitantes son, para nuestra sorpresa, otros dos viajeros, que deambulan en la noche con la excusa de estar buscando un lugar con internet. Son un chico y una chica argentinos. Conversamos un rato, a ellos también los abandonaron a su suerte en el hostal donde están. Hay dos lugares con wifi en todo el pueblo, pero les recomendamos solo el café del hotel Iruya porque el otro seguro está cerrado a esta hora, y ahí nomás ellos siguen su camino hacia arriba dejándonos con ganas de más compañía y llevándose las propias por la oscuridad.
Habiendo comprobado que no estamos tan solos como creíamos (y que si a alguien se van a comer las fieras, es a ellos que andan sueltos) nos vamos a la cama. Aunque el sueño no llega y seguimos contando las horas de apuntar los ojos al techo, pero mirando sin ver, porque todo nuestro cuerpo se concentra en agudizar el oído.

Las probabilidades de que nos pase algo en ese pueblito son mucho menos que en Buenos Aires, pero la razón no encuentra su lugar en mi cabeza, llena de miedo a la nada, al silencio y a la soledad y acostumbrada a los movimientos palpitantes de la ciudad.

La tercera mujer

A la mañana siguiente encuentro a Asunta acodada en su paredón, esta vez acompañada por las memorias de la noche en vela, cuando cruzo el patio para ir al baño. Después la observo desde la ventanita de la cocina mientras espero que hierva el agua y le leo el pensamiento mientras revuelvo el café. Más tarde la miro mientras desayuno con Lean en las mesitas del patio (y vamos corriendo las sillas hacia la sombra en la medida en que el sol asciende y nos roba la mesa con mordiscones de fuego convirtiéndonos en agua la manteca).

Cuando Asunta se vuelve a su cocina y Lean al cuarto, por primera vez voy a acodarme al paredón y observar las montañas: pensé en todo, y no pensé en nada. Sentí la brisa, las ramas moverse, los arbustos resecos de las laderas se agitaron en mis oídos, las nubes se apretaban para entrarme por una oreja y salir por la otra para seguir camino, me vi días atrás ascendiendo a los distintos miradores del pueblo, me vi al día siguiente almorzando un sándwich sentada al costado del bus y esperando partir. Vi todo y nada, sentí todo y nada.

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Pocas veces en mi viaje volví a tener un lugar y momento así. Aunque, no sé porqué, ya que no es más que el patio de una vieja con vista a un pueblito del norte argentino…
Al día siguiente, en el camino de vuelta, enroscados en las butacas de 45° y mareados por las curvas, le digo a Lean que si algún día tenemos una hija se va a llamar Iruya.

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