Hacer dedo por primera vez 7


Llevábamos diecinueve días de viaje y estábamos a punto de salir de Argentina por quién sabe cuánto tiempo. Nos habían dicho, o habíamos leído, que en Bolivia no era fácil hacer dedo y tampoco estábamos convencidos de si en Perú nos íbamos a animar. La realidad es que lo habíamos ido pateando para adelante, sin encontrar el lugar, el destino, la distancia adecuados… pero, principalmente, el valor, y se nos iban agotando los momentos para hacerlo.

Estábamos en una finca en Uquía, cerca de Humahuaca, donde hicimos Couchsurfing por primera vez, y cuando llegó el momento de irnos era casi el mediodía. Caminamos media hora bajo el sol hasta la ruta. Sabíamos que eventualmente pasaría un bus hacia Humahuaca o La Quiaca, para dormir la última noche en nuestro país y cruzar a la mañana siguiente a Bolivia.

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Acompañaba nuestros pasos el debate de si animarnos a hacer dedo o no, cuando divisamos la ruta. Llegamos y encontramos la parada de colectivos que nos había indicado nuestro anfitrión de Couchsurfing. Acomodamos las mochilas a la sombra de la parada. Era una de esas de cemento, de las que son cerradas. Era una mugre, no podíamos estar adentro, pero si pegábamos la espalda a la pared del lado de afuera, podíamos a la vez respirar aire puro y quedar bajo la sombra del techo para no insolarnos. El sol del mediodía norteño rajaba la tierra, el pavimento, la montaña, todo. No habíamos llevado agua y por lo que nos había dicho nuestro anfitrión, tal vez había que esperar durante horas el bus porque no solía pasar seguido, y menos al mediodía.

Empezar a hacer dedo

…Así que decidimos hacer dedo. Íbamos a ver pasar muchos autos antes del colectivo, ¿qué perdíamos haciéndoles dedo para matar la espera?Hacer-dedo-por-primera-vez-norte-argentino-7

Lean empezó. Él tenía más frescas todas las instrucciones que había leído en uno de nuestros queridos blogs de viajes. Yo estaba escondida a la sombra y cuando a lo lejos veíamos venir un auto (esa parte de la ruta era una larga recta) daba dos zancadas hasta pararme al costado de Lean sonriendo, y en cuanto el auto se alejaba corría a la sombra de nuevo.

Así pasó un rato. Empezó a llegar desde la vereda de enfrente un canto de feliz cumpleaños, al que nos unimos, como para hacer algo. La casa no se veía, había mucha vegetación en la puerta, pero en nuestra imaginación la torta se llegaba a ver, oler y saborear perfectamente.

Vino otra oleada de autos que nos sacó la torta de la cabeza. Estábamos parados antes de una curva y se perdían rápidamente de vista los que pasaban. Esta vuelta me tocaba a mí. Llena de nervios, empecé a estirar el brazo con el pulgar señalando al infinito. Mientras, Lean me decía desde la sombra de la parada cómo hacerlo (yo no me había puesto al día con la guía de autostop online). “Sonreí, estirá más el brazo, subí el pulgar, mirá a los ojos, no te pares delante de las mochilas” (todos vicios que adquirí y hoy los sigo repitiendo cada vez que nos paramos en la ruta a solicitar una llevada a un nuevo destino). Tampoco tuve suerte. Había pasado casi media hora, las doce nos pisaban los talones y el hambre se empezaba a sentir.

El sol era muy fuerte, estábamos transpirados de pies a cabeza y no corría una gota de viento. De nuevo fue el turno de Lean. De lejos vimos que se acercaba un par de vehículos, Lean se puso en posición, yo también, y cuando estuvo encima el primero, un auto rojo, y el segundo, una camioneta blanca, Lean dejó de levantar el pulgar y señaló con el índice hacia adelante, a una especie de dirección invisible y desviada de adonde queríamos ir (habíamos leído que era como el “arma secreta” del arte de hacer dedo). El conductor de la camioneta nos saludó, y ya con eso estábamos felices. Recibir una respuesta del otro lado indica que vas por buen camino, que el otro te está viendo. Yo volví a la sombra de la parada a esperar los siguientes.

Y, de repente, la vi. La camioneta blanca, una Amarok, había dado la vuelta y tomaba la curva acercándose a nosotros.

—¡VOLVIÓ! Le grité a Lean. Él no lo podía creer y empezó a repetir:

—¡Fue por la seña del dedo, fue por la seña del dedo!

Juan Cruz se detuvo ante nosotros y le preguntó a Lean adonde íbamos. No llegaba a La Quiaca, pero nos podía dejar en Abra Pampa nos subimos.

Lo que pasó inmediatamente después, ninguno de los dos lo recuerda bien, era tal la emoción de hacer dedo, de que hubiera parado, de que alguien detuviera su camino y su vida en la ruta para hacernos un lugar en ella y darnos una mano era la mejor sensación del mundo. Cargar las mochilas, subir y presentarnos fue todo hecho en piloto automático, nuestras cabezas iban a mil, llenas de felicidad.

Por suerte, Juan Cruz se largó a hablar de una y eso nos dio unos segundos para volver al presente. Él también solía hacer dedo en sus tiempos de mochilero. Había viajado por Argentina de adolescente “porque primero hay que conocer el país de uno, para después salir”. Luego había andado por Bolivia y después un poco por Perú, pero cuando estaba intentando llegar al Machupicchu, la policía descubrió que todavía era menor de edad y lo mandaron de vuelta para Argentina. “Después trabajé muchos años como chofer en Chevallier y ahí conocí mucho más, todo el país: el norte, la Patagonia…”. Ahora trabaja como chofer para los empleados de las minas. “Por eso, en realidad no los puedo subir, pero cuando los vi ahí dije: —¡bah!, qué me importa—” y nos subió. Nos contó que cuando él era mochilero mucha gente lo ayudó y lo llevó, y una de esas personas, cuando él le agradeció el favor, le dijo que algún día él también se iba a cruzar con alguien, y que si quería devolverle el favor, que los llevara.

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El camino se hacía corto. Cuando nos aproximábamos a Abra Pampa lo llamó un compañero de trabajo. Juan Cruz le explicó algo sobre su esposa, y cuando cortó sintió que nos debía la explicación a nosotros. Estaba yendo a buscar a su esposa al entierro de su abuelo (de ella).

—Uh, qué pena, pobre.

—Sí… no hay problema igual, pero ella está muy triste porque encima la semana pasada murió su papá.

Nosotros no sabíamos dónde meternos, pero él lo contaba con mucha naturalidad, y se notaba que no lo tocaba tanto el tema. La iba a pasar a buscar a ella y sus hijas y llevarlas a Abra Pampa para que tomaran un bus desde ahí hacia su casa.

—Si quieren pueden venir conmigo y después los dejo a todos en la terminal.

Nosotros dudamos un poco… ya había sido bastante animarnos a hacer dedo, nos daba un poco de miedo, no sabíamos qué decir. Encima era un funeral, su esposa no iba a estar de humor para conocer a los nuevos amigos de Juan Cruz que había levantado en la ruta.

—Y… ¿es muy lejos? preguntó Lean.

—No, acá nomás, media hora, vamos a la casa del abuelo, por Pozuelos, es bonito por ahí, ¿no conocen?

(No, no conocíamos, pero yo había escuchado que era uno de los destinos más bonitos del norte argentino).

—Y sí, ¡vamos!

Un poco además nos ganaba la intriga por introducirnos en la vida de Juan Cruz, de ver en qué terminaba todo, de conocer los Pozuelos. Eran demasiados pros y el único contra era el miedo de que fuera un loquito y nos matara y nos tirara un zanjón. Pero, como siempre, la curiosidad pudo más. A fin de cuentas, no estábamos ahí, a dos mil y pico kilómetros de casa, aproximándonos a la frontera, en la camioneta de un desconocido y con el mundo por delante gracias al miedo, ¿no?

El funeral

Dejamos la ruta y nos adentramos en la llanura por una carretera de tierra. Todo alrededor era desierto y planicie, excepto al frente, desde donde nos saludaba la cordillera. El sol quemaba el suelo, un velo gris resquebrajado que solo se interrumpía por la pinchuda vegetación amarillenta o verdosa. Todo el horizonte, de colores apagados y ocres, contrastaba con el azul intenso del cielo, y sus grandes y espumosas nubes blancas.

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El trayecto parecía interminable, como si las montañas al fondo fueran alejándose de puntitas para que nunca pudiéramos terminar de acercarnos a ellas. De cuando en cuando, nos cruzábamos con manadas de llamas o vicuñas. Los tonos marrones de sus cuerpos lanudos hacían que casi no se las pudiera distinguir del paisaje, a menos que, como cada vez que Juan Cruz paraba la camioneta para que yo saque una foto, levantaran las cabecitas del suelo y dejaran de comer para observarnos con aun más atención de la que nosotros le dedicábamos a ellas.

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Así transcurrieron muchos kilómetros, y solo notábamos el paso del tiempo por el hambre en nuestros estómagos, que vanamente intentábamos calmar con caramelos. La casa del abuelo no aparecía, y Juan Cruz empezaba a dudar. En un momento, nos contaba que esa zona ya era muy cercana a Bolivia y por ahí la gente se internaba en peligrosos caminos en las montañas para aprovechar la vista gorda que gendarmería hacía en los alrededores, cuando el camino quedó bloqueado por una tranquera. Lean se bajó a abrirla para seguir por esa carretera que ninguno de los tres sabía dónde llevaba. Íbamos, volvíamos, cambiábamos de dirección, abríamos y cerrábamos tranqueras, y la casa del abuelo no aparecía.

Por fin, a lo lejos empezamos a distinguir unas casas. Vagamos entre ellas un rato más y Juan Cruz localizó la casa del abuelo. En el camino habíamos hablado un poco de los sullus, y, una vez que Juan Cruz dio una vuelta a la casa y descubrió que no había nadie, nos llamó a los dos para ver los sullus colgados secándose en el techo de la casa. Son fetos de llama, alpaca, vicuñas u ovejas que se utilizan para ofrendar a la Pachamama. En el norte de Argentina vimos algunos, pero en Bolivia no había un solo mercado que no tuviera. Dicen que son animalitos que nacen muertos, se los pone a secar y se venden para ser entregados a la madre tierra en días festivos. La realidad es que se ven muchísimos, cientos de ellos en los mercados, de todos los tamaños, y hemos escuchado un par de historias acerca de cómo inducir el parto antes de tiempo a las llamas o vicuñas para que sus crías nazcan sin vida. Al principio, es terrorífico encontrarse estos pequeños cadáveres disecados por todas partes, pero forman parte de una enorme y antiquísima tradición de las tierras norteñas.

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Como la esposa de Juan Cruz no estaba en la casa, significaba que el velatorio (que había sido ahí mismo) ya había terminado y lo estarían enterrando. El celular no tenía señal, así que de nuevo fuimos hasta la iglesia del pueblo a tientas, sin conocer el camino.

En un momento en que Juan Cruz se bajó a abrir una tranquera (debemos haber pasado más de cinco, la carretera se internaba constantemente en los campos de la gente) le dije a Lean que me preocupaba ir al funeral del abuelito casi como a observar un atractivo turístico. Por su parte, a él le preocupaba más si habría comida, cuando Juan Cruz nos llamó a que bajemos. Era para que sintamos el aroma que había en esos campos: era anís lo que crecía ahí. Con el calor que nos envolvía al bajar de la camioneta con aire acondicionado, el perfume anisado se sentía aún más, parecía más denso. Que ese paisaje estuviera perfumado naturalmente lo hacía más hermoso de lo que era. No creía nuestra suerte.

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Cuando llegamos a la iglesia ya habían enterrado al abuelito. Si me había imaginado llegar a un funeral, definitivamente no era así en mi cabeza. La gente no estaba vestida de negro. Prácticamente ninguno de ellos llevaba un color oscuro. Todos estaban parados conversando animadamente, rodeados por las coloridas y alegres flores de tela del cementerio. Juan Cruz nos dejó en la camioneta a una distancia considerable y fue a encontrarse con su esposa y sus dos hijas. De todos modos, nuestro arribo no podía ser discreto, éramos el único vehículo que acababa de llegar, una camioneta 4×4 muy grande y que levantaba mucho polvo.
La familia de Juan Cruz se acercó a nosotros y él nos presentó:

—Ellos son gente de la mina, de Recursos Naturales.

No la vimos venir. Lean dijo un escueto “hola” y yo elegí un “buenas tardes” más serio. Por suerte no habíamos bajado, entonces nadie vio cómo íbamos vestidos ni las mochilas gigantes, si no, no le hubieran creído. Todavía hoy, ocho meses después, estallamos de la risa cuando nos acordamos de ese momento.

Lo más gracioso fue que la esposa de Juan Cruz no quiso venir. Ya había terminado todo, pero ella quería estar un rato más con su familia. Más tarde un pariente la llevaría con sus hijas a la terminal. Habíamos hecho todo ese camino (una hora y media, cuarenta kilómetros, diez tranqueras) para nada. ¿Ustedes creen que Juan Cruz se hizo algún drama? Cero. Nos presentó a sus hijitas, las despidió con un abrazo, preguntó cómo regresar y pegamos la vuelta echando polvo.

En la ruta de nuevo, dejamos la planicie atrás para empezar a ver cerros de todos colores. Juan Cruz nos contó de la bronca que le daba que la mayoría de las excursiones que llegaban a la quebrada de Humahuaca salieran de Salta, y empezó a enumerar la cantidad de cosas que Salta le sacaba a su provincia. Con una movida publicitaria mucho mayor, gran parte del turismo llega a “la linda” y desde ahí contrata paseos para recorrer todos los atractivos del NOA, incluidos lo que están en Jujuy.

Hicimos una parada a medio camino en la ruta para subir a un minero. Yo no sabía si podía seguir hablando, o si para él también seríamos de “Recursos Naturales”, pero de cualquier manera ya la conversación no me atrapaba tanto, estaba observando cómo este señor no paraba de meterse hojas de coca en la boca. Las cortaba en pedacitos con los dedos, y después más chiquitos con los dientes. Los meses siguientes vería tantas veces eso en Bolivia que se volvería normal, pero ese día no lograba entender cómo le podía entrar tanta, parecía que la mejilla le iba a reventar.

Juan Cruz nos dejó en la terminal de Abra Pampa a eso de las 15h. No sabíamos cómo agradecerle, y cuando Lean se lo hizo saber dijo “algún día, ustedes van a ver a alguien hacer dedo en la ruta, levantenlo, como yo hice con ustedes, y así me lo van a agradecer”. Le prometimos que lo haríamos, pero todavía nos toca estar de este lado por mucho tiempo más.


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