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Nunca imaginé que un día me iba a encontrar viajando por el Amazonas. Si lo pensaba, tenía una idea muy trillada de cómo iba a ser: básicamente me visualizaba caminando por un sendero en la selva, abrumada por vegetación colgante, calor, y ruidos de animales. pero el Amazonas es mucho más que eso, es tierra y es agua, es naturaleza, animales y mucho verde, pero también es personas. Es un atractivo turístico mundialmente conocido, y uno de los principales símbolos de Brasil, pero también puede volverse una zona aislada y solitaria. Aun así, vale la pena ir solo a admirar su abundancia dinámica, que esconde mucho más de lo que muestra.

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Los dos somos igual de idealistas y soñadores, y si bien eso nos ha llevado lejos, muchas veces hace que no planeemos del todo las cosas, y tiremos ideas al aire, que después terminamos concretando, y más después nos vemos metidos en situaciones de las que no sabemos bien cómo salir. A saber: dijimos que íbamos a ir a las Guyanas y que íbamos a volver a Venezuela por el norte de Brasil para no repetir el camino de ida. Lo hicimos. Para cuando llegamos a Guayana francesa, nos encontramos con que no era agarrar un caminito, hacer dedo y llegar a Venezuela. Eran alrededor de 2700 km, de los cuales aproximadamente 1000 se hacían por agua, y los de carretera iban a ser de los tramos más desafiantes que recorrimos a dedo en todo el viaje.

Este es el recorrido que hicimos:

 

Adiós Guyanas

Llegamos al límite de Guayana francesa con Adrien, que nos había levantado haciendo dedo, y nos dejó en el puerto de donde salían los barcos para cruzar el río Oiapock, que se llama Oiapoqué del lado brasilero.

Podés leer la historia completa de Guayana francesa acá y todos nuestros pasos por las tres Guyanas acá

En menos de quince minutos estábamos en la otra orilla. Era mediodía y el calor era insoportable. Fuimos a hacer el trámite de sellado del pasaporte, y a, por primera vez en tres semanas, comprar frutas. En las Guyanas las frutas eran bastante más caras que en otros países, así que nos aguantamos un poco pensando que en Brasil venía el reencuentro.

Hola Brasil

Caminamos hasta salir del pueblo y llegamos a una estación de servicio. No vimos a ningún otro viajero en el camino. Se nos cruzó por la cabeza probar otra estrategia y aprovechar la estación para preguntarle a los vehículos que pasaban si nos podían llevar, en lugar de hacer dedo abajo del sol. Las horas pasaron pero nadie nos levantó. A la tarde, antes del atardecer, buscamos un lugar donde dormir y encontramos una pousada. Habíamos salido de Europa y vuelto a América del sur, y en cuanto a precios la balanza volvía a torcerse para nuestro lado, así que nos quedamos en una habitación con aire acondicionado -que, exceptuando algunos cortes de luz al día, andaba-.

Oiapoqué sin salida

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Así nos despedíamos de Guayana francesa, por el río Oiapoque.

Ni me di cuenta de que ese día me aguanté las ganas de ir al baño, o tomé poca agua, o lo que sea que haya hecho mal, pero a la noche la sentí, un ardor cuando hice pis y ya supe que la infección urinaria estaba ahí.

Al día siguiente, volvimos al ataque, la ruta no nos iba a ganar. Esta vez alternamos entre hacer dedo y preguntar a los que pasaban por la estación de servicio, pero después del mediodía volvimos arrastrando los pies a la posada. Camiones casi no pasaban, iban y venían autos haciendo diligencias cercanas, muchos taxis, y algunas camionetas tipo pickup que cobraban como 60usd hasta Santana.

El tercer día yo ya me sentía muy mal, por más galones de agua que tomara, y tuvimos que decidir quedarnos por un par de días más hasta que mejorara. Podríamos haber vuelto a Guayana francesa y a la casa de Adrien, para ir a un hospital, pero yo por rata no quería, pensando que al no tener seguro médico me iban a cobrar en euros (después muchos franceses me dijeron que allá, como en Francia, la salud es gratis y no me hubieran cobrado. Nos quedó la duda). Cuestión que estando a menos de media hora no quise volver. Y esto es lo que hice:

Fui a la farmacia, sola -Lean habla algo de portugués, yo no- y le expliqué a los empleados lo que tenía (enseguida repitieron “aaah, sí, ‘ifecciou’ urinaria” y me ofrecieron varios medicamentos y unos óvulos naturales. Como trato de no tomar nada de medicamentos -y soy medio pelotuda- fui por los óvulos que decían en portugués para qué servían, y ahora intuyo que la traducción del prospecto sería algo así como “para cualquier cosa menos infección urinaria”.

Resumiendo, cinco noches después, como a medianoche, la habitación era un cementerio de bidones de agua, bolsas de papel de la panadería -la única del pueblo- que vendía “pao do queijo” -lo que, junto a yogurt y freijao fue nuestra dieta en Brasil- yo tirada en la cama llorando y agarrándome los riñones, y Lean haciéndo mimos en la espalda para ser útil. Volaba de fiebre. La infección había subido a los riñones y se ponía cada vez peor. Mientras me retorcía en la cama y le decía a Lean que la tenía en los riñones él me inventó una historia de que googleó todo y tenía una contractura, que me durmiera y al otro día veíamos. Y le creí. –Lo único que le gana a mi hipocondría es mi confianza en él-.

Al otro día, a la mañana, decidí que nos íbamos de Oiapoqué. Yo tenía metida en la cabeza la idea de que en Santana, que era una ciudad, íbamos a encontrar un hospital grande, y al haber empezado a levantar fiebre tenía miedo de tomar algún medicamento y que fuera dengue (estábamos en el Amazonas y veníamos de un mes por las Guyanas). Además, sabía que se iba a poner cada vez peor, así que agarré las fuerzas que me quedaban y fuimos a la ruta.

Después de varias horas, un hombre nos levantó en la estación de servicio y nos llevó unos pocos kilómetros más adelante. Fueron menos de veinte, pero al menos se sentía que ya no íbamos a volver caminando a la posada. Ahí, siguieron pasando las horas. De repente exploté y dije que ya fue, que pagáramos las camionetas -ni siquiera teníamos suficiente efectivo-. Lo más frustrante de que pagáramos era haber estado ahí seis días por no querer pagar de una e insistir en hacer dedo. Lean iba a tener que volver al centro, conseguir la camioneta y volver a buscarme, porque yo apenas podía estar parada. Empezamos a discutir, yo casi lloraba por la confusión mental por la fiebre, y se detuvo una camioneta que iba en dirección a Oiapoque. Era un señor. Nos preguntó si íbamos para Santana, y le dijimos que sí. Dijo que si lo esperábamos que fuera a cargar mercancía a Oiapoque, volvía a buscarnos y nos llevaba con él. Lean, dudando de que se pudiera tener tanta suerte junta, le preguntó si nos iba a cobrar y dijo que no. Yo me di vuelta, a mirar para el otro lado de la ruta. Estaba llorando. Estas cosas pasan cuando uno viaja. Son reales, no salen en ningún diario, pocos te las cuentan, pero p-a-s-a-n. (Y te pueden pasar a vos).

Le dijimos que por supuesto que lo íbamos a esperar. El señor siguió su camino. Me acerqué a una casa cercana a pedir agua, y nos sentamos a la sombra.

Tardó menos de una hora en volver, y nos acomodamos entre unos cuantos tachos de combustible. En el camino hicimos una parada en la casa de su mamá. El hombre iba a verla porque estaba enferma. Vivía en un pueblo de menos de 6 casas. Llegamos, y en el momento en que detuvo la camioneta, nos dijo que su madre tenía dengue, que había una epidemia. Era el atardecer, bajamos de la camioneta pensando que si no lo teníamos para ese momento, no nos lo agarrábamos más.

Mientras el señor hablaba con su mamá, fuimos a sacar unas fotos del río.

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Para el anochecer, llegamos a Santana. Nos dejó en la puerta de un hotel que conocía, y que estaba perfecto para nuestro presupuesto.

Las habitaciones hasta tenían lugar para colgar las hamacas.

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Sonrisa “Colgate”. (JA!)

Santana

Un día después de llegar a Santana, domingo, salimos al mediodía, pero sin almorzar -discusión mediante- a buscar un hospital. El sol estaba fortísimo. Caminamos treinta cuadras -yo con fiebre-, preguntándole por las direcciones de los hospitales que habíamos encontrado en internet a la poca gente que había en la calle, y sin que nadie tuviera idea. Almorzamos en el camino, en el único comedor abierto, un “sandwich do quiejo”. La ciudad estaba deshabitada. Por fin encontramos el hospital público. Me atendieron mostrando el pasaporte y en menos de 20 minutos llegué a hablar con un doctor -que sabía español-. Tengo cierta dificultad ante preguntas directas, pero además creo que deliraba por la fiebre porque después de que le conté me preguntó:

-¿Eres argentina o uruguaya?
-Urug…
-No, Agus, sos argentina.
-Sí, sí, argentina.

Me mandó a hacer un análisis de sangre y de orina en el momento. Después, tuvimos que esperar una hora los resultados.

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Lean jugaba con el celular. Yo, quizás nos parezca, pero descansaba: ¡por fin me iba a sentir mejor!

Para cuando volví a la sala del médico, habían cambiado el turno y ahora había una doctora. Le llevé los resultados de mi análisis. (¡No era dengue!) No hablaba español, pero se hizo entender: señaló el recuento de -creo- glóbulos blancos y subrayó con su lapicera “incontables”, después dijo “grave”, y lo repitió mirándome a los ojos a mí, y después a Lean. Clarísimo, doc. Después me dio diez días de Ciprofloxacina, ibuprofeno con no sé qué para que no me doliera tanto, y me mandó a casa. “Casa”.

Terminamos pasando unos tres días en Santana hasta que me sentí bien para ir a Santarem. Teníamos que tomar un barco de dos días por el río.

En barco por el Amazonas

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Desde el momento en que lo pensamos, la idea de tomar un barco por el Amazonas nos voló la cabeza. Después, la realidad agrega todos los detalles con los que uno no cuenta cuando sueña el momento, pero no hacen la experiencia peor, sino más real.

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En este viajamos nosotros.

El barco, lejos de ser algo lujoso, cargaba principalmente mercancía y gente que iba a trabajar, todos brasileños. Había unas pocas familias, y el resto de los pasajeros eran mujeres y hombres adultos, y algunos ancianos. Con el precio del pasaje nos correspondían tres comidas: café con pan y mermelada o arroz con leche de desayuno, arroz con algo más -pescado, sopa, pollo, frijoles- de almuerzo, y otra variedad para la cena. En todo el barco, pero en especial en el comedor, que estaba en el primer piso, había un ruido terrible proveniente del motor, que hacía que no se pudiera hablar, ni pensar, ni nada. El espacio para colgar las hamacas estaba en los dos pisos superiores, y en el de más arriba había un bar. En el piso intermedio, además, había dos camarotes.

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La cantidad de gente estaba bien, nada exagerado, por lo que pudimos elegir nuestros lugares para colgar las hamacas, y viajar con un espacio considerable entre los otros pasajeros.

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El viaje consistía en pasar el día tirados en la hamaca mirando el río Amazonas.

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Cada tanto aparecían casas en la orilla, ganado tomando agua, balsas o lanchas con pescadores. Había algunas zonas donde estaba todo talado y se veía solo tierra, y después por kilómetros y kilómetros era todo verde, vegetación que rebasaba las orillas y quería meterse en el agua.

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Lean iba haciendo sudokus, y yo escuchaba música y miraba el río. No hice nada más que eso en casi todo el trayecto. Era imposible leer o escribir porque, si bien parecía que el barco casi no se movía, en cuanto uno intentaba concentrar un poquito la vista se notaba la oscilación. En varias ocasiones vi loros volar de un árbol al otro, unas garzas en las orillas, otros pájaros grandes parecidos a las gaviotas, y una vez vi un tucán.

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Desde la distancia del barco, los colores de las aves no se distinguían tan nítidamente, pero pasaba el día mirando por la borda como si fuera televisión. Todo el tiempo tenía la expectativa de ver algún animal de todos los que habitan el sitio más biodiverso del mundo. Tenía la sensación de que estaba en un teatro, y el telón estaba cerrado. Todo lo que se veía era vegetación muy verde y distinta, pero que junta parecía una, y con el movimiento del barco lucía estática, como si solo nosotros nos moviéramos. Pero yo sabía que detrás de todo eso había miles de monos, perezosos, felinos, víboras, insectos, aves, todos ahí conviviendo. Por momentos hasta soñaba que ellos nos observaban desde detrás de alguna rama. Y por eso pasaba el día entero concentrando la vista para ver si pescaba un par de ojitos devolviéndome la curiosidad.

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El mejor momento del día, para mí, era el atardecer. Era el momento en el que, por fin, veía a la selva moverse, cambiar de estado. Todo se volvía rosa y naranja, las sombras se estiraban hasta tocar el agua y en unos pocos minutos el lugar era nuevo. Cuando quería acordar, ya estaba todo negro, y las estrellas empezaban a llenar el río de pintitas plateadas. Esa menos de media hora al día tenía la impresión de que el Amazonas se mostraba como era en realidad: dinámico. Se movía y cambiaba de estado, y no había nada que pudiera hacer para impedir que lo veamos.

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Vi delfines rosados dos veces. Solo las aletas, no saltaron. El primero parecía chiquito, y la segunda vez era una aleta más grande. El rosa era un tono pálido y mate, muy extraño, pero hermoso. Distinto a cualquier rosa que haya visto antes. Después de eso no pude sacar los ojos del agua buscando ver más.

Pasamos dos noches en el primer barco, y tres en el segundo. Después de las primeras dos en el agua llegamos a Santarem.

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Bajamos del barco y fuimos balanceándonos hasta una posada. Todo nos daba vueltas, ninguno de los dos había dormido en un barco antes. Después de una noche, nos fuimos a Alter do Chão, el Caribe brasilero.

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El agua es transparente, y hay playas sin olas.

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La playa más espectacular en la que habíamos estado hasta ese momento.

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El agua está caliente como la mejor playa del Caribe.

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A la mañana se podía cruzar esta parte con el agua más baja. Así volvía la gente al atardecer. También hay unos barquitos que te cruzan por unos reales.

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Es agua dulce.

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Hay playas con gente y restaurantes, y otras solitarias donde se puede estar prácticamente solo.

El segundo barco por el Amazonas fue de tres días, y no incluyó la comida. Llevamos muchas bananas, cereal, y unas tostaditas -que nos salvaron la vida por todo Brasil-. En este había más extranjeros, pero también más pasajeros en general, por lo que las hamacas estaban pegadísimas entre sí, y en cada parada subían más. En la parte superior del barco había un bar y música todas las noches. Se sentía un ambiente más agitado que en el primero. Quizás es porque nos acercábamos a una gran ciudad: Manaus, la capital del Amazonas.

Manaus, y la vida en el norte de Brasil requieren un post aparte, así que ¡en eso estamos trabajando! 😀
Datos prácticos: Los barcos para cruzar el Amazonas costaron R120 (el primero, con comida incluida) y R140 (el segundo, sin comidas. Salían varias veces a la semana. Para ir desde Macapá a Manaus sí o sí hay que pasar por Santarem, no hay viajes directos.
La posada de Oiapoqué salía R50 la noche (por los dos), y un almuerzo (arroz, frijoles y ensalada, y la opción de alguna carne) R10.
(Cuando fuimos el real estaba a 4 con el dólar.)

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2 Comentarios en “Enfermarse, andar en barco y hacer dedo en el Amazonas

  • José

    Hola! Saludos desde Venezuela, gracias por compartir la experiencia de ustedes. Un abrazo espero a hacer el recorrido pero de Manaus a Belém ya que quiero ir a Montevideo en Diciembre. Sólo ahora estudio las rutas y busco informacion en páginas como la de ustedes, sería mi primera vez. Gracias nuevamente.