El vuelo de un cóndor te alarga la vida


Tercera mañana en Cabanaconde

Esta vez no nos quedaba otra que madrugar para sorprender a los cóndores en el mirador. Después del desayuno en el hostel Villa Pastor, y de compartir los huevos revueltos con el hambriento gatito, nos despedimos de la dueña y subimos a las 7am al bus que nos dejaría en el mirador de la cruz del cóndor. Aún con la almohada pegada a la cara, sentía la fresca de la mañana adentro del bus. Los minutos para arrancar no pasaban, la gente seguía subiendo bolsos y bolsas. En el pueblo ya todos estaban despiertos, comedores que servían desayunos o puestos de mate (una infusión), té o café ofrecían a voces algo calentito para combatir la helada matinal.

Se veían por todo el bus los típicos sombreros de Cabanaconde. Resulta que por los tiempos de la invasión, existían en esta zona dos grupos étnicos, los Collaguas y los Cabana Kunti, que para diferenciarse practicaban la deformación craneana. Cuando el virrey Francisco de Toledo la prohibió (¿una práctica demasiado cruel para los ojos de nuestros cristianos invasores?), recurrieron a los sombreros para distinguirse. La tradición continúa hasta hoy, y la mayoría de las mujeres del pueblo llevan estos lindos y coloridos sombreros.

El bus se iba llenando cada vez más, los asientos ya no alcanzaban y mi panza hacía extraños ruidos. Los sombreritos no lograban distraerme, estaba nerviosa por ver a los cóndores, me preguntaba si aparecerían, si serían tan magníficos como pensaba. La ansiedad y las expectativas me quemaban la cabeza y solo quería llegar al mirador.

Finalmente el bus arrancó. Por la ventana solo se veía un manto blanco de neblina que lo cubría todo. El viaje fue corto, pero se hizo largo por las ganas que tenía de llegar. Por fin apareció el cartel: “Mirador de la cruz del cóndor”, salté de mi asiento pero comencé a avanzar lento tras la larga fila de turistas que encaraba hacia la puerta. Bajé, el suave viento frío de la mañana otra vez me envolvió la cara. Una dosis de lucidez me invadió y caí en la cuenta de que por fin estaba ahí, mi segunda vez en Arequipa y por fin la primera en el Valle del Colca, para espiar a los cóndores, reyes de las alturas, en su hábitat natural. En mi panza, los nervios seguían peleando con el desayuno. Respiré hondo, solo quedaba esperar y ver. Lo que sea que viniera iba a estar bien.

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El espíritu viviente de los Andes

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Hace algunos pocos años terminé el colegio y me postulé para hacer un voluntariado en el PCCA (Programa de Conservación del Cóndor Andino) en la fundación Bioandina. Gente admirable que dedica su vida y estudios a recuperar esta increíble especie en extinción me recibió. Resumidamente, decidí no participar del voluntariado porque me faltaba valor para matar las ratitas que les dan de comer a los cóndores. Son aves carroñeras, no cazan, y alguien tiene que hacer el trabajo sucio. No pude. Pero me llevé un regalo enorme de ese lugar, (además de haber visto varios cóndores), y fue conocer y enamorarme de las características y la historia de este increíble animal.

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El cóndor es un ave mítica. Para las culturas andinas precolombinas, es capaz de hacer salir el sol al comienzo del día por su gran energía. Para los incas, el Apu Kuntur era el mensajero encargado de llevar las plegarias a los dioses, al cielo, por su alto vuelo. Un cóndor macho puede llegar a pesar quince kilos y la hembra no se queda muy atrás. Miden de 1,20m a 1,40m de alto.

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Es la segunda especie de ave voladora más grande, y la que posee las alas con mayor superficie. En su vuelo, el cóndor puede superar los 5000 msnm. Y lo más lindo, con las alas extendidas llega a medir entre 2,20m y 3,30m de largo. Yo le creo a quien me diga que son seres mágicos, míticos, únicos.

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Lamentablemente están en peligro de extinción desde hace varias décadas. La gente cree erróneamente que son cazadores del ganado pequeño, y por eso los matan, o envenenan los animales muertos que ellos luego comen.

En general son monógamos, están listos para reproducirse recién a partir de los ocho años, y tienen cría cada dos o tres. Ponen un solo huevo, que será empollado y criado por ambos padres, por turnos. Ese polluelito antes del año se animará a sus primeros vuelos, pero recién al año y medio podrá salir a dar una vuelta a la par de sus padres y conseguir su lugar en la carroña.

Un cóndor puede superar los 75 años viviendo en libertad.

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El mirador de la cruz del cóndor

Eran las 7:30am, los tours no habían llegado. La neblina en el mirador era aun más densa que en Cabanaconde, no se veía nada más que blanco hacia donde miráramos.

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Elegimos un lugar en primera fila. Nos sentamos a esperar en silencio. Aunque no sabía qué esperar. No sabía si tener la cámara lista porque un cóndor podía salir de la nada, no sabía si faltaban dos horas para que apareciera uno, no sabía si no estaban ya ahí abajo posados en una piedra escuchando lo que yo pensaba.

Como a las 8:30am empezaron a llegar los buses de los tours. Al lado nuestro, sobre unas piedras, se acomodó un chico con una cámara de fotos que parecía un telescopio. Plantó el trípode y la cámara y una mochila al lado. Empezaron a pasar los minutos. El fotógrafo sacó un sombrero de la mochila, se lo puso. Al ratito se lo sacó y lo apoyó ahí por las piedras. Después lo guardó. Más tarde se cambió los zapatos. Después se abrigó con un pantalón encima del que ya tenía. Varias veces buscó algo en la mochila, sin sacar nada.

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Esta era la vista. Niebla y más niebla.

A mí, en cambio, la ansiedad de la espera me pegaba para un lado más introspectivo. Es decir: me moría por dentro. Ya eran más de las 9am, seguía llegando gente y me preocupaba no estar en el lugar correcto.

En un momento la niebla se había disipado un poco y se empezó a ver más abajo otro mirador. Vi a unas personas caminar hacia allá, y me di cuenta:

—Ahí es donde tenemos que ir, Lean, ¡es el mirador con forma de ocho que vi en internet!

Perderíamos nuestros lugares donde estábamos, pero nos fuimos. De nuevo nos sentamos, esta vez en el borde del mirador, este tenía una cómoda baranda a modo de asiento.

La niebla seguía siendo el espectáculo, y si bien se disipaba por momentos y dejaba ver pedacitos de montaña o ramitas de arbustos, se resistía a irse y dejarnos ver con claridad.

A las 10am los buses empezaron a cargar gente e irse. El fotógrafo se fue con la memoria de su cámara vacía, sin un cóndor. Quedamos unos pocos, más que nada familias que habían ido con sus autos o en bus. Había como cinco chicos que ya no tenían ganas de estar ahí y peleaban, lloraban, gritaban, hacían caprichos. Si teníamos la chance de que a esa hora un cóndor despistado apareciera, los gritos y llantos de los chicos lo iban a ahuyentar.

Yo ya me había comido todos los dedos. Además tenía hambre, pero cuando intenté pasar una galletita se me trabó en la mitad del tubito. Los nervios no me dejaban comer. Hervía de expectativas, entusiasmo, miedo, desconfianza. Una voz interna me decía que no fuera negativa, que iban a aparecer. Pero yo no estaba segura.

A un nene particularmente aburrido lo habían parado en el borde del mirador. Por lo que escuché que le decía la mamá, tenía que mirar la niebla a ver si veía un cóndor. El chico, como de cinco años, empezó a gritar al vacío “lobo”, “lobo”. Enseguida todos quisi(mos)eron chistarlo para que no espantara a ningún cóndor, pero no llegamos. Porque como llamado por el nene salió de la niebla un enorme cóndor macho. Y lo siguiente que rompió el silencio fue el guardia del mirador avisando “cóndor, cóndor, shh” a los distraídos. Hubo un “shhhhh” y un “guaaaaaaau” general. Todo eso pasó en milésimas de segundos. Saqué un par de fotos y bajé la cámara. Escuché atrás mío un “no, ¡¿por qué?!” de Lean, y dije “es que quiero mirar”. No sabía cuántos más iban a pasar.

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El cóndor planeó frente a nosotros unos segundos y siguió de largo, alejándose. Se alejó hasta hacerse chiquito… y dio un gran giro y volvió a pasar por delante de nosotros. Otro “guaaaaaaau”.

De repente, todo el mirador que había sido pura charla, grito, llanto y barullo estaba en silencio absoluto. No sé qué hora era, cuánto tiempo pasó ni cuándo se fue la niebla. Sé que a partir de ese primer cóndor empezaron a pasar muchos más. Uno tras otro. De pronto, el cañón estaba despejado y el sol bien arriba. Se veían las inmensas montañas intercaladas unas con otras, formando el interminable valle.

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Desde lejos veíamos un puntito hacerse cada vez más grande y sabíamos que venía un cóndor, mirábamos hacia el otro lado y uno que acababa de pasar empezaba a volver, apuntábamos hacia abajo y los veíamos recortados en la montaña.

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De algunos encontrábamos la gran sombra primero en las laderas, y después ubicábamos al cóndor un poco más arriba, camuflado su gris con el de las piedras. Un cóndor joven apareció desde abajo con un hermoso plumaje marrón.

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Vimos un par de machos muy grandes que pasaban bien cerca de nosotros. Distinguía sus plumas negras y blancas, el collarín, la cresta, las cabezas calvas. Las plumas de las puntas de las alas se levantaban un poquito hacia arriba con el viento, como hermosos deditos extendiéndose para mostrar cuán largo podía ser.

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Lean notó que cuando se acercaban bastante a nosotros giraban la cabecita para mirarnos. Fue lo que más amamos de ellos. Sentí que había una enorme barrera entre ellos y yo, como si fuéramos de mundos distintos. Y cuando ellos giraban la cabecita y nos miraban, me sentía especial. Como si esa barrera se franqueara por unos segundos y pudiéramos compartir esa conexión única. O como si ellos se dieran cuenta de que estábamos ahí solo para admirarlos, y se sabían hermosos.

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Desde que apareció el primer cóndor, hubo una energía que colmó el lugar. Todo se calmó, todos nos callamos. Algo en mi interior se movió y me quedé hipnotizada viéndolos pasar uno tras otro. Yo, insignificante, con mis dudas y planteos y vanas preocupaciones. Me sentí chiquita frente a su poder. Eran imponentes.

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Para ponerlo de una manera menos metafísica:

(Esto precisa una introducción para los que no me conocen. Yo amo a todos los animales, a todos, para mí no hay animales feos. Y Lean no siempre coincide conmigo, cuando yo me derrito lo mismo ante un perrito, una lagartija y una hormiga) Dicho esto, cuando había pasado la conmoción y muchos cóndores por delante del mirador, como a las 11:30am, empecé a decirle a Lean:

—Yo sé que tienen la cabecita pelada y los ojos rojos, pero son…

—Sí, ya sé, son hermosos.

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Como si no hubiéramos tenido suficiente, cuando ya se los veía muy lejos nos acercamos a hablar con el guardia del mirador. Nos contó que ellos (todos los guardias del Colca) tienen contados a más de veinticinco cóndores en la zona. Que por la mañana sobrevuelan el mirador y al mediodía se alejan a los alrededores en busca de carroña. Y que por esta época muchos migran a las playas cercanas a comer la placenta de los lobos marinos que paren a sus crías allí.

Tomamos el último bus a Arequipa junto a las diez o quince personas que quedaban y los artesanos que trabajan en el mirador. Desde el bus, y mientras nos alejábamos, pudimos ver a dos cóndores que seguían planeando lento y alto por encima del mirador. Recordé que había leído en internet sobre una creencia que tenían algunas comunidades originarias. Según el (ahora considerado) mito, cuando un cóndor se sentía viejo y cansado, subía al peñasco más alto, replegaba las alas y se dejaba caer en picada. Pero no moría, renacía en una cueva para vivir una nueva vida.

Yo pienso que, para nosotros, esta es la única oportunidad que tenemos de ser felices, hacer el bien, cumplir nuestros sueños y ver cosas increíbles.

Pero, después de haberlos visto a ellos… ya no sé qué creer, pienso que se mueven en otro nivel espiritual.

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