El frío no usa reloj 1


Nunca antes en mi vida sentí un frío como este. Tengo los huesos fríos. Estoy sentada hace más de cuarenta minutos en el banco de cemento de la salita de espera y el espacio sobre el que está mi cola sigue helado.
Estamos en la terminal de Humahuaca. A las doce de la noche anterior salimos en un bus desde Salta, y se suponía que llegábamos a Humahuaca a las 6 o 7 de la mañana y esperábamos hasta las 8 y algo que empezaban a salir los transportes a Iruya. Son las 3:30am.

Como un golpe, el frío nos congeló desde que pusimos el pie en el primer escalón del bus. La terminal está cerrada. Hay una galería abierta donde unas cuantas personas más esperan un bus igual que nosotros. Arrastramos las mochilas hasta ahí, las abrimos y empezamos a sacar cualquier cosa que sirva de abrigo. Me pongo un jean encima de la calza, un polar y la única campera que tengo: una rompeviento. Guantes, gorrito, le doy cinco vueltas al pañuelo alrededor de mi cuello y meto las manos en los bolsillos. Parece mentira, pero tengo cada vez más frío.

Cada tanto me sacude un escalofrío y siento irse el último calor que guarda mi cuerpo desde el micro.

En la galería, parecemos todos estatuas: parados, callados, quietos. Todos le damos la espalda a la pared de la terminal y contemplamos el edificio de enfrente, una gran montaña atrás y una plazoleta con un arbolito solitario un poco más a la izquierda. La única piel que todos dejamos ver es de la pera hacia arriba, todo lo demás está cubierto. Cada tanto alguna señora de piel curtida, mirada amable y cuerpo emponchado me dirige una esforzada sonrisa cuando cruzamos miradas. No necesito mirar el reloj para saber que los minutos no están pasando. Hasta el tiempo se congeló. Ya quedó muy atrás el momento en que bajamos del micro, y la noche sigue siendo de un negro inmóvil. La boletería del micro hacia Iruya abre a las ocho, no hay nada más que hacer que esperar.

Nos sentamos en un zócalo frío debajo de la boletería, la espalda contra una reja. Me miro los pies, los tengo tan fríos que creo estar descalza, pero no.
Pasa un rato que bien pueden ser cinco minutos o media hora. Lo pasamos en silencio, abrazándonos las piernas. Yo estoy tiritando, pero aprieto fuerte los dientes para disimularlo. Me pregunto cuántas de estas personas no estarán viviendo esto por primera vez. Hay una templanza en sus rostros, que no dejan escapar una mueca, un gesto que me haga adivinar si la están pasando tan mal como yo. Se acerca un señor. Es raro, porque es tal el silencio, que antes de verlo lo percibo por el típico ruido de las mangas de la campera rozando el cuerpo y esa sensación de que viene cortando el aire helado, como si este fuera más denso de lo común. Viene a avisarnos que al final de la galería hay un cuartito cerrado donde hace menos frío. La galería abierta no es lugar para los débiles. Nos acercamos, es una habitación cuadrada con paredes grafiteadas y puertas de vidrio. Está repleta de gente sentada y algunos parados. Decidimos resistir afuera un poco más hasta que esté menos llena. Con las dos mochilas de cada uno se hace difícil entrar. Todos están tan estáticos tanto adentro como afuera que moverse parece desubicado.

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La vista en el camino a Iruya también vale la pena, así que no se queden dormidos

No sé cuánto tiempo pasa, el cielo sigue oscuro. No sé si de verdad tengo miedo de que esa noche dure para siempre o si estoy delirando por el frío. Lean me abraza con su campera abrigadita pero termina diciéndome que entremos. Me dejo arrastrar hasta el interior del cuartito, que ya está menos lleno, y algunos se aprietan un poquito para hacernos dos lugares. El cuarto es un poco más acogedor, el calor humano se hace sentir. Me tiembla todo el cuerpo. Lean me da su campera y me rodea con el brazo. Por momentos se me cierran los ojos. Cuando los abro, leo las malas palabras en la pared, al parecer hay una chica muy resentida con otra y se empecinó en dejarlo asentado por todo el cuarto con un fibrón negro sobre las paredes blancas. Al cabo de un rato mis ojos se terminan de cerrar, lo último que veo es el cielo negro afuera que sigue amenazando con quedarse así para siempre.

Abro los ojos horas después. Tengo el cuerpo entumecido, pero me siento mejor. Lean sigue firme abrazándome con una mano y resolviendo sudokus de su librito con la otra. Dice no tener frío a pesar de que yo tengo las dos camperas. Miro alrededor, solo quedan tres o cuatro personas en el cuartito además de nosotros. Entre ellas, un chico de ropa sucia y rotosa con un diario y un vasito vacío en las manos que está sentado cerca de mí. Debe tener más o menos nuestra edad. Su cuerpo oscila de un lado al otro como si estuviera borracho. Se nota que es un sin techo. Me pregunto dónde habrá pasado la noche.
Se me ocurre mirar hacia afuera, por fin la noche se apiadó de nosotros y dejó paso al amanecer. Se siente más movimiento en la terminal, hay algunas personas tomando bebidas humeantes en vacitos descartables. Junto las energías que recuperé con el sueño y salgo.
En la plazoleta del solitario arbolito una señora con un carrito ha montado una cafetería ambulante. Le compro dos tés y cuando los voy a agarrar veo que me tiemblan mucho las manos. Vuelvo hasta el cuartito agitando peligrosamente los dos vasos.

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El atardecer es uno de los momentos más lindos de los días en Iruya

Mientras tomamos el tecito, el chico que parecía borracho deja de parecerlo cuando empieza a sacar del bolsillo unas semillitas y a jugar con ellas. Después, simula leer el diario y lo comenta con el señor que tiene al lado quien, paciente, le sigue la corriente asintiendo. Tal vez ya lo conoce. El chico me dice a mí algo que no entiendo, pero le sonrío. Se va de la habitación. Es el único que parece no sentir el frío. Una señora cubierta con una frazada le pregunta a otra que está sentada enfrente si no es ese el chico epiléptico y la otra le dice que sí, seguido por un “pobrecito” de vocales alargadas.
Después del té, nosotros estamos más conversadores y la señora de la frazada nos saca charla. Es maestra y espera un micro a Salta. Desde el calor de su frazadita sobre las piernas dice divertida que sí, siempre suele hacer ese frío en las noches. Cuando le contamos que nos dirigimos a Iruya dice que no lo conoce todavía. Charlamos un ratito más, con las interrupciones del chico que cada tanto entra trayendo algo que le dieron o se encontró tirado y lo deja en su lugar del banco o se lo entrega a alguien, hasta que solo quedamos los tres. Finalmente ella anuncia que su bus está por partir y nos deja solos. Nos animamos a salir y esperar los últimos diez minutos hasta que abra la boletería en la galería. Hay mucha más gente y ya se siente el tránsito típico de una terminal.
Me siento agotada. Cuando subimos al bus no me importa ni siquiera que los asientos estén inclinados hacia adelante. Me duermo antes de que arranquemos tratando de soñar con la linda Iruya y de no dejar que el frío de esa noche se me pegue al corazón.


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