Crónica bonaerense: Oyitas


Tengo dos caras. Una cuando estoy viajando y nada me da miedo, miro siempre con los mismos ojos, todo es nuevo y no prejuzgo. La otra es la de Buenos Aires. Por más de que me resisto y de que cuando llegué se me había desprogramado el chip, ahora me encuentro bastante seguido prejuzgando de nuevo.

Hace poco leí una frase que decía que lo contrario del amor no es el odio, sino el miedo. Prejuzgar es temer. Miedo a que te hagan daño, a que ellos te juzguen a vos, a parecerte.

Siendo aún más sincera, en Buenos Aires no tengo calle, es decir, pocas veces salí de mi área conocida. Todo lo que caminé por América latina no lo hice acá. Porque era más chica, porque tenía quienes me decían que a tal lado no vaya y yo les creía, porque mi vida se limitaba a un lugar y nunca necesité salir de ahí. Es mucho más difícil evitar la zona de confort en donde crecimos. Y todavía más difícil es volver y ser el viajero que eras afuera.

Todo esto para contar que un amigo me propuso ir al comedor Oyitas a ayudar sacando fotos del festejo de fin de año. Oyitas está -a cincuenta kilómetros de mi ciudad- en la zona oeste de Buenos Aires (donde debo haber ido solo un par de veces en toda mi vida). Me lo comentó, me pasó una dirección y dijo sin compromiso. Me levanté al otro día, cargué la batería de la cámara, miré de nuevo el mapa y la comoviajo para saber qué colectivo tomar y salí para allá.

No tenía idea de adonde iba como tantas veces durante el viaje. ¿Por qué esta vez me daba miedo? Además de por estar sola, me daba miedo vagar por zonas de Buenos Aires que no conocía. Cuando me dijeron que no fuera a tal barrio de Lima, fui y con mi cámara y caminé diez cuadras por un basural. ¿Por qué? de manija, porque así soy yo, porque me daba miedo y quería ver qué, o para comprobar que no pasaba nada. Después nos dijeron que no fuéramos a El Salvador por las maras, que no hiciéramos dedo porque nos iban a robar en la ruta, que a Venezuela no porque se matan todos. E hicimos todo eso. Y no me dio miedo. Y no creí lo que me decían. ¿Por qué en Buenos Aires me trago tanto el cuento?

Me sentía vulnerable. Y no porque Lean no estuviera, sino porque en Buenos Aires el que me ve sabe que soy local y me mete adentro de una cierta bolsa, y esa “capa de invisibilidad” que tenemos de viaje desaparece. Porque el que te ve en tu lugar no piensa que debes ser de otro país, piensa que sos de tal barrio y de tal otro no, y que ahí no pertenecés.

Pero ¿tenía sentido preocuparme por eso? ¿Era un riesgo extra? Ya me iba a enterar.

El viaje improvisado salió como tenía que salir: mal, y, fiel a mi estilo, me perdí.

Esperé el colectivo 21 durante cuarenta y cinco minutos y después viajé una hora y cuarto hasta La Matanza. Me pasé de mi bajada y volví caminando como diez cuadras para atrás. No venía prestando atención porque no me importaba pasarme. En el camino de vuelta miré el barrio, me compré agua y fruta, paré a leer carteles y saqué fotos con el celular.

cronica-bonaerense-Oyitas-11Me pareció igual a Pacheco, la ciudad donde viví hasta los 18 años.

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Por fin salí de la principal y me metí para adentro cuatro cuadras buscando la calle Cochabamba. Yo iba al 800 pero se terminaba al 1300. No sonaba nada bien. En la calle no había nadie y no sabía para dónde arrancar así que me puse a mirar el mapa en el celular. Entendí, a la fuerza y sin ganas, lo que estaba evitando saber: que estaba en otro barrio.

Llamé a la chica que había contactado a Oyitas y a mi amigo, una griega pero de buen español, y le expliqué. No entendió nada. Me pasó con una tal Ana María. Ana me dijo que sonaba como que yo todavía estaba en capital y el comedor era en provincia. Que no reconocía en qué barrio estaba pero que no era Villa Celina, y que si llegaba ella me iba a buscar a la terminal de buses. Con esa pista, busqué “Villa Celina” y estaba a unas cuarenta cuadras. Habiendo salido hacía tres horas de mi casa valía la pena el intento. Pero el mapa no me reconocía una calle Cochabamba en ese barrio.

cronica-bonaerense-oyitas-13Estaba en Cochabamba y tenía que ir al círculo rojo.

Un señor salió de una casa hacia su auto y me acerqué a preguntarle.

—Sí, Villa Celina conozco, pero ¿la terminal del 80? ¿Cochabamba? Cochabamba es esta pero en Villa Celina nunca la he oído. —Tenía un gastado acento sanjuanino o casi.

—Lo que podés hacer es caminar acá dos cuadras hasta Mariquita Thompson y tomar el 92 y de ahí salís a Boulogne sur mer y Vélez Sarsfield y preguntás cómo agarrar para Villa Celina, pero aunque sea ya estás en la principal.

Fue tan amable que llegué a pensar que me iba a llevar a la parada pero no dijo nada y yo tampoco pregunté. Supongo que esa es la diferencia de cuando te ven extranjera y a lo ekeko con quince kilos en la espalda y diez al pecho. Terminé caminando cuatro cuadras hasta una parada del 92 sobre Thompson que me señaló otro chico que ataqué con preguntas mientras entraba en su hogar. Me sorprendió que, a diferencia de en otros barrios, la gente no se ponía dura de miedo al hablarles mientras estaban entrando en sus casas.

Sobre Boulogne sur mer encontré los negocios cerrados y casi no había gente en la calle. Una señora que estaba abriendo el candado de su local era la única visible y ataqué de nuevo:

—Ay, no sé. A la terminal del 80 no sé. Pero ahí enfrente pasa el 298 que va a Villa Celina. Andá y le preguntás al chofer que ellos siempre saben. Ah y de paso ahí lo esperás a la sombra, ¡que no te dé más el sol! —Me recomendó con ese tono cacique de los argentinos que tanto asusta afuera.

Ni me había percatado hasta ese momento del ardor en los labios, e increíblemente tampoco de los 35 grados que derretían Buenos Aires. Como las veinticuatro horas que estuve sin comer, dormir, cagar ni tomar agua la vez que nos quedamos sin plata de viaje, cuando tengo miedo mis necesidades básicas, ya de por sí disminuidas, se reducen a cero. Tranqui que no voy a volver a aburrir con mi analogía entre vivir viajando y The Walking Dead.

Pasaron tres 298 y hubo recambio completo de gente en la parada pero yo esperaba el de cartel negro hacia el Riachuelo.

A la sombra llegó una chica y repetí el interrogatorio. Era la primera persona que conocía la terminal del 80.

—Sí, yo estoy esperando el 298 a Villa Celina. Pero para ir a la terminal del 80 ese no te conviene. Mejor si tomás el 298 y te bajás en el puente (de la autopista Ricchieri) y ahí tomás el 91. Pero el del otro lado eh. Tenés que pasar por abajo del puente. Allá. -Y señaló hacia su espalda.

—¿Cómo a cuántas cuadras está el puente?

—Siete.

—Ah, ¿y si voy caminando?

—Sí, podés ir caminando. —Y ahí me fui, total los 35° estaban lindos.

Curiosamente casi llegando al puente vi que la chica había venido caminando atrás de mí y después dobló y se fue para otro lado, nunca tomó el 298, ni ningún bus de hecho, pero estuvo ahí para indicarme perfectamente qué hacer.

En la entrada al oscuro túnel debajo del puente había cuatro hombres, dos apoyados en las barandas de cada lado, y una bicicleta y su conversación entorpecían el paso. Adelante de mí venían otros tres, uno como de mi edad, sin hablar pero caminando medio juntos. Sin darme cuenta me encontré pisándole los talones al chico como para pasar por debajo del puente pareciendo de su grupo, por parecer de cualquier grupo, por apropiarme un poco del lugar.

Por suerte ningún túnel oscuro dura para siempre y llegué a un cruce y cuatro caños calientes que podían parar un 91. Al lado había un descampado rodeado por un cerco y un policía tomado por su celular.

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La parada tenía un solo cartel “36” y a poco de esperar llegó uno y me subí. Porque -pensándolo ahora, claro- como ya sabía lo que tenía que hacer y tenía todo prolijo había que armar un poco de quilombo. No me dejaba, pero me bajó en la siguiente parada, como a tres cuadras y después de una rotonda, donde podía tomar el 91 o el 36 B hacia mi destino. Donde me bajó ya no había asfalto, cana y tránsito de autopista.

Al lado de unas pilas de basura había una parrilla de jardín donde ardían los chori y unos cortecitos de carne, más por el sol que por las brasas. A la sombra de tres o cuatro árboles se amontonaban unos diez hombres. A la derecha vi a uno a cargo del asado y tres sentados a su alrededor. Otros tres, los más alejados, comían entre risas sobre un tronco caído. Los últimos tres, y más cerca de donde yo esperaba el bondi, cuchicheaban sobre otro tronco de sobremesa con las cabezas juntitas tirándole el aliento a una botella cortada con fernet caliente. Sus vistas irritadas se dirigieron a mí cuando bajé del colectivo.

Me quedé en la parada, de costado al tránsito y de frente a los muchachos, mirando a los diez con solo dos ojos, cuando apareció un 91. Como dobló amplio en la rotonda por un segundo pensé que agarraba por la otra ruta y me apuré para ese lado. Al mismo tiempo uno de los hombres del fernet se había levantado y caminaba hacia la parada.

—¿Vos también tomás ese 91? —Paré y me di vuelta.

—Sí. —Y entendí que el 91 estaba girando por la rotonda pero venía hacia acá. También entendí que debió parecer que salía disparada para alejarme del hombre. Volví caminando a la par del colectivo mientras él lo paraba. Me esperó para que suba antes que él y sosteniéndose de la baranda de la puerta me ordenó:

—Te doy diez pesos y me pagás con tu SUBE, ¿dale? que no tengo la mía.

—Sí, no hay drama.

Me pagó diez pesos cuando su boleto salió seis, le devolví cinco y me insistió sin éxito para que le acepte dos. Afuera se veían de un lado monoblocks y del otro un pasto amarillo y seco hirviendo.

Después de cinco minutos saqué el celular y fui mirando el mapa para no pasarme. Bajé en una parada grande donde llegaban noventa y unos y ochentas pero tuve que caminar una cuadra y media para atrás. Por fin, la tenía enfrente: la antifamosa pero anhelada terminal del 80.

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Le mandé un mensaje a la griega porque había quedado en ir a buscarme y me respondió Ok, pero inmediatamente envió otro: Espera por favor hay “una” problema.

Después me explicó: un hombre interrumpió la fiesta del comedor con la cabeza rota. Lo habían asaltado.

La griega me vino a buscar con Moisés, el señor que la estaba hospedando, en vez de con Ana María, pero fue Moises el que se me acercó en la calle, ella se quedó en el auto.

—¿Eres la que va a hacer las fotos?

—¡Sí! ¡Hola! soy Agus.

—¡Vaya que eres guapa!

La cara de culo fue menos por el comentario que por pensar que de haber estado con Lean nunca me lo hubieran dicho. ¿Tendré que acostumbrarme a estas boludeces viajando sola? Cuando vi a la griega en el auto me quedé más tranquila y nos fuimos para Oyitas.

La fiesta estaba un poco terminada con el incidente, y los chicos gritaban, jugaban y peleaban en una galería.

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Encontré a las madres de los chicos en la cocina y les pedí permiso para sacar fotos.

Cuando agarré la cámara de la mochila y me acerqué a dos chicos decenas de manitos se acercaron a tocarla¿Es una cámara de fotos? ¿La puedo ver? Se la colgué en el cuello a nene y nos sacó a los demás, pero después todos se la querían poner.

Manitos llenas de agua, migas de galletitas, tierra y pegotes varios se acercaban a tocar el lente. Otros me pedían de lejos, a los gritos y posando que les saque fotos.

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La visita duró poco. La griega estaba muy perturbada por el accidente de este señor y se quería ir, y Moisés nos iba a llevar de vuelta en su auto. Yo no quería volver sola y más tarde, así que nos despedimos de Ana María. Ella nos agradecía y se disculpaba porque en esta época del año el barrio se pone más inseguro. Como todos lados.

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Me fui sin prometer que iba a volver, pero con las ganas de hacerlo. Y por supuesto, llevándome mucho más de lo que dejaba.

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El comedor se llama Oyitas y está en el barrio Villa Celina.

Fue creado en el 2001 para “favorecer la autogestión de personas y grupos carenciados económicamente”.

A pesar de la vuelta que di yo, desde capital se llega muy fácil en dos colectivos: el 103 y el 80, que te deja a cuatro cuadras, donde la gente de Oyitas te puede ir a buscar. El viaje demora aproximadamente una hora y media.

Se puede colaborar con donaciones, dinero, trabajo voluntario y transporte.

Este es su grupo en Facebook. Y un mail: oyitas@gmail.com

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