Correr y mis 727 atardeceres 2


Desde que volví a Buenos Aires empecé a correr. Nunca se me había dado por ese deporte… ni por ninguno, en realidad. Pero puse un pie en Buenos Aires, y mi primera reacción fue… correr. Ya pasaron dos meses y al mirarlo para atrás le empiezo a encontrar todo un fondo simbólico a eso que se me dio de forma inconsciente.

Llegué, sin Lean, a vivir a la casa de mis padres, a mi antiguo cuarto y a una vida que se parecía demasiado a la que tenía antes de viajar. Sentí que me asfixiaba, en especial por las tardes, al llegar el atardecer. Recordaba todos los atardeceres viajando, en que era solo el atardecer y nosotros, no había nada, ni un vidrio de por medio, sentía que contemplaba el mundo.

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Los órganos, Perú

Llegué a Buenos Aires y cada día veía desde la ventana de la cocina que atardecía afuera. Pero no salía a verlo, no buscaba sortear las ventanas y cortinas que me separaban de esa luz cálida que bajaba entre las plantas del jardín. No sé por qué no podía salir a mirarlo, sentía que no era lo mismo. Recordaba la voz pausada de Sahida en Surinam diciendo que ese era su momento preferido del día en ese arroyo de agua negra, el cumpleaños de Lean en Perú, nadando y mirando el cielo, recordaba los últimos atardeceres en México, mientras el sol se hundía en el mar Caribe y unos delfines pasaban nadando en el horizonte, los atardeceres sin sol en el lago Atitlán.
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Ometepe, Nicaragua

Recordaba los colores de la ciudad apagándose hacia el negro del cielo y el rojo de las luces de la calle desde un piso muy alto en Guayaquil, los atardeceres en la ruta haciendo dedo, que nos agarraban siempre arriba de un vehículo, ya que nunca nadie dejó que nos agarre la noche en la carretera. Los atardeceres fríos de Bolivia, o los que agradecíamos muertos de calor en Panamá. Los atardeceres de Salento, el pueblito cafetalero colombiano donde quería comprar una casita y quedarme ahí a vivir con Lean, los de Lima, pedaleando hacia mi trabajo en el restaurant por el malecón mirando el mar, o los de Salinas, en Ecuador, cuando trabajaba vendiendo comida en la playa. Hasta pensaba en el último atardecer del viaje, sobrevolando Rosario y después, en los últimos minutos de luz, viendo Buenos Aires por primera vez luego de dos años.
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Isla Holbox, México

No, no podía ni mirar los atardeceres en Tigre, en la casa de mis papás, porque no era la misma chica que se había ido, y no quería sentir que lo era. Tenía miedo de serlo.
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Guayaquil, Ecuador

En cuanto terminaba de oscurecer, me ponía ropa de ejercicio y las zapatillas y me iba a correr, huía. Corría durante 50 minutos, rápido, hasta cansarme, hasta que me costaba tanto respirar que tenía que obligarme a bajar el ritmo. En la oscuridad de la noche no podía reconocerse mucho del barrio, podía haber estado en cualquier lado. Corría durante casi una hora y podía haber seguido, solo quería escapar. Pero era imposible llegar al lugar adonde quería ir, porque ni siquiera era un dónde, sino más bien un cuándo. Quería volver atrás, en ese momento del viaje en que todo era perfecto, en que nada dolía, en que no había una etapa que superar ni crecer, ni tener que estar sola.
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Panamá city. Panamá

Corría escuchando música, la misma banda que escuchaba para trabajar con la compu en Venezuela en nuestra mesita de Mérida, en las casas de Couchsurfers en Guayanas o en Costa Rica, desde la cama, y recordaba. Todo. Recordando a mi manera, claro, con mi pésima memoria, sin poder decir cuándo, cómo, ni dónde exactamente, pero recordaba una expresión de Lean, una frase, cómo me rogaba que escuche otra música, “siempre agarrás una banda y la escuchás millones de veces hasta gastarla”, que por favor me pusiera los auriculares para escuchar sola todos los días, todo el día, los mismos dos álbumes. Yo me reía de sus quejas en ese momento, y me reía de nuevo mientras corría. Lo vivía todo otra vez. A veces me venían ganas de llorar y corría más rápido. Hacía frío, después de un año sin invierno había vuelto a Buenos Aires en agosto. Pero no sentía nada, mi cuerpo estaba ahí pero mi mente no.
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Saint Laurent du Maroni, Guayana francesa

Corrí así durante semanas. Salí muchas noches durante semanas a correr a oscuras en ese barrio tranquilo de casas silenciosas a reencontrarme con ese pasado que no quería dejar ir, no podía todavía.
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Copacabana, Bolivia

Pero la realidad es que no existió nunca ese momento del viaje “en que todo fue perfecto”. Siempre fue la vida, siempre tuvo cosas malas y buenas. Momentos espectaculares y otros difíciles. A veces hasta los dos a la vez… pero ¿perfecto? no hay tal cosa. Y es mejor así. Sufrimos, fuimos felices, crecimos, lloramos, nos reímos, nos abrazamos, festejamos, planeamos, fracasamos, nos amamos, nos apoyamos, nos herimos, terminó y sigue vivo en nosotros. Fue perfectamente imperfecto. Fue real, y se sintió con cada célula de nuestra existencia.
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Uquía, Argentina

“No te olvides de la montaña” fue el consejo que le robé a un amigo de Lean. Y tenía tanto miedo cuando volví de olvidarme que me aferraba a todo lo pasado, no lo quería soltar.
Con el tiempo empecé a entender que no estaba realmente aferrada a nada, porque eso que creía sostener ya no lo tenía, no era mi decisión. Ya no estaba viajando, ya no tenía a Lean al lado, ya no podía evadir con kilómetros mis dramas con mi familia. Estaba tratando de vivir en una ilusión que se desmoronaba cada día, y, a la vez, me negaba todo. Pero como me enseñó Yenny, en Cali, que dicen en Colombia, era “como pelea de toche con Guayaba madura”, solo que la riña era entre yo y mí misma. Lo que sí era mi decisión era afrontar mi realidad y hacer algo con ella.
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Salinas, Ecuador

Seguí saliendo a correr. Ya no me era tan fácil hacerlo por una hora y tan rápido. Se notaba que una parte de mí se había descargado en esas maratones nocturnas, y que el ímpetu deportista había salido más del corazón que de otro músculo. De a poco se volvió una tarea difícil que tenía que proponerme. Tenía que esforzarme por prepararme, elegir el momento del día, afrontar la vagancia, salir… y vi que mientras corría lo disfrutaba a pesar del esfuerzo, y que cuando terminaba me sentía feliz, llena de energía y orgullosa de mí.
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Uquía, Argentina

¿Cómo se construye una vida después de haber pasado algo tan intenso? ¿Hay que vivir para siempre bajo la sombra de semejante viaje? del que, además, el mérito es compartido. ¿Cómo podía estar feliz en Buenos Aires? ¿Cómo podía volver a estar feliz alguna vez?
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Los órganos, Perú

De la misma forma en que correr se volvió un trabajo cada vez, lo hizo vivir en Buenos Aires. Estoy en una etapa en la que construyo una vida acá día a día y con esfuerzo. No planeo quedarme mucho, sigo pensando que mi modo de vida ahora es viajar, pero mientras estoy acá, tengo que hacer que valga la pena. Quizás al principio me fuerce un poco, muchos días me voy a dormir temprano, me despierto tarde y me cuesta encontrar un motivo para no quedarme en la cama, para no enfrentar que estoy sola por primera vez en varios años, enfrentar que todavía no puedo vivir de lo que amo y que necesito encontrar tiempo entre trabajar de otra cosa para seguir poniéndole pilas a lo que no me da dinero pero sí felicidad, enfrentar el miedo a que se acerca el momento de viajar sola, de hacer muchas cosas sola. Pero hay que hacerlo, porque, igual que correr, cuando termina el día y lo pasé trabajando por todo esto, me siento bien, satisfecha conmigo, y me digo que sí se puede ser feliz en Buenos Aires, viajando, o en cualquier lado si estás siendo fiel a vos misma, si estás en el camino que sentís que es el correcto.

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2 Comentarios en “Correr y mis 727 atardeceres

  • Farners

    Hola Agus! Parece mentira que los sentimientos que una vive de se repitan en otras personas. Parece que hayas descrito casi todos mis sentimientos al volver de un viaje. Es tal y como lo describes y si, no lo voy a negar es duro. Es duro volver a encontrar ese sitio en el mundo, tu sitio. Cuando una viaja no todo son flores en el camino como la gente suele pensar. Pero aún así, me compensa. He elegido este modo de vida pq es el que me hace sentir viva aunque todavía no he aprendido cómo vivir de él. Te mando un saludo y un abrazo enorme Agus! Cuídate😘

    • Agus Autor

      Hola Farners!
      Sí, volver es muy duro, para mí ya pasaron varios meses y sigue siendo extraño por momentos. Pero es hermoso cuando te das cuenta de que esa es la forma en la que querés vivir y la seguís eligiendo, ahora ya conociendo lo bueno y lo malo 😀
      Yo estoy en la misma búsqueda, pero todo se acomoda, se puede trabajar en cualquier lugar del mundo así que habrá que seguir haciendo equilibrio para alcanzar el objetivo.
      Gracias por tu comentario, abrazos!!!