Baños de Ambato: crónica de una evacuación forzada 1


Caminábamos por Baños alejándonos del centro de la ciudad, de la zona más turística. De los pasos de los zapatos de trekking, las conversaciones en inglés o francés o alemán, los cuatris recién alquilados que se iban ruidosos montaña arriba y las cámaras de fotos apuntando a esto y lo otro en la plaza principal. Rastreábamos una dirección garabateada en un papelito, la del museo del volcán Tungurahua. Durante un almuerzo en el mercado local, Clever, después de recomendarnos probar Llapingachos y Yaguarlocro, había abierto la herida de un recuerdo de fines del ’99: la primera erupción del volcán Tungurahua. Su relato de los hechos, más corto que largo entre preparar plato y plato, tanto para comensales locales como extranjeros, había acabado con una dirección, la del museo.

Doblamos en una esquina de veredas angostas. A mitad de cuadra, donde debía estar en el museo, nos encontramos de frente, desde la vereda opuesta, con un taller mecánico. Decidimos entrar para preguntar si sabían algo del museo.

Al lado del taller, tapado por el paredón que daba a la calle, vimos un cuartito con recortes de diarios pegados en las ventanas. Piedras que se asomaban a través de vitrinas. Carteles impresos que gritaban mensajes desde la voz del volcán. Estábamos en el lugar correcto.

Le hablamos a alguien que estaba debajo de un auto.

–Disculpe, señor, ¿aquí es el museo del volcán?

Con dificultad, salió de abajo del auto un abuelo, bajito, de orejas grandes, rostro arrugado y expresión entre seria y tímida. Nos dio la mano, pidió que lo esperemos unos minutos para hacer la visita al museo y entró en la casa que estaba en otra parte del terreno.

Volvió con una campera de jean encima del buzo gris para tapar las oscuras manchas de aceite de auto y combustible, y unas llaves en la mano, y con una de ellas empezó a abrir un pesado candado que aseguraba una destartalada puerta hecha con tablas de madera.

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La puerta dejó pasar bastante luz en un cuarto que llevaba tiempo cerrado, al menos para visitantes.

El polvo había tomado gran parte de la habitación: el techo y el suelo eran suyos. En las cuatro paredes del ambiente cuadrado las vitrinas habían impedido que el polvo se colara y durmiera bajo su peso a las rocas petrificadas. Todo lo que en ese cuartito importaba, estaba bien protegido.

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Lo demás, las cañas que formaban las paredes, o las maderas verticales y horizontales que se esforzaban por conformar una puerta, podía arrastrarlas el polvo y la suciedad del taller mecánico a las profundidades.

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Sin demasiado preámbulo, Vicente Varela comenzó a hablar. Empezó por el principio: qué es un volcán.

–A unos 5 kilómetros de donde estábamos los tres parados, y a más de 5000msnm, se encontraba el volcán Tungurahua, sobre los Andes ecuatorianos…

Tardé un rato en que la historia me enganchara. Nunca fui muy fanática de los fenómenos geológicos, y una rebuscada explicación de qué era un volcán se volvía demasiado pretenciosa para mí.

Me paseaba con la mirada por las cuatro paredes del pequeño museo, construido con las ajadas manos de don Vicente, observando las rocas a través del vidrio, o leyendo los carteles y los titulares de los diarios amarilleados.

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Pudiera ser necedad, ellos le llaman esperanza” fue un título que me quedé mirando, mientras mi atención volvía al relato de Vicente.

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–En los últimos 1300 años, el volcán entró en actividad siempre cada 80 o 100 años; y, en septiembre de 1999 revivió puntual, 81 años después de la última vez.

Un 15 de septiembre, con dolor y pies pesados las familias se alejaban de sus casas, sus pertenencias, y sus fuentes de trabajo llevándose lo puesto hacia los buses que llegaban desde Ambato y que los arrancarían de su tierra por tiempo indefinido. Más de 25000 evacuados aseguraban con candado lo que pudieran meter puertas adentro. Pero, de camino a la que sería su morada por los próximos tres meses, volteaban la cabeza para despedir cultivos y animales, que no podían, pero con gusto se hubieran llevado a cuestas.

Vicente se había ido a Ríobamba -“Fríobamba” para los amigos-, a la casa de su hija, porque desde allí podía ver el volcán, el “gigante negro”.

Pocas semanas después del éxodo, el volcán emanaba vapor, y una ceniza comenzaba a ceñirse sobre sus alrededores, enterrando hogares y campos de fríjol, papa y cebada. Por la noche, los escasos habitantes de las ciudades evacuadas: algunos periodistas y varias decenas de militares, observaban, en el silencio de una ciudad vacía de todo lo que le solía dar vida, chorros de fuego brotar desde las profundidades del volcán, de varios kilómetros de altura. Lava chorreando por las laderas de las montañas, convirtiendo en piedra infernal todo lo que tuviera a su paso.

“Tungur” en quichua significa “garganta” y “rauray” es “ardor”. “Ardor en la garganta” o “garganta de brasas” es lo que significa su nombre.

Algo por el estilo, una quemazón en las vísceras, era lo que sentían los pobladores de Baños luego de tres meses, al ver que se acercaba el fin del año y que recibirían un nuevo milenio lejos de sus hogares. Corría la voz de que algunos uniformados, que debían estar cuidando la ciudad, se despachaban con los animales, cosechas y objetos de valor de los baneños exiliados.

El 31 de diciembre de 1999 al menos cien pobladores se cansaron de ver el espectáculo desde afuera, y salieron de sus refugios camino a su ciudad. Iban a recuperar lo que era suyo, con volcán activo y todo. De camino al hogar, un enfrentamiento con la policía les dejó más dolor que todo el magma junto. Una bala atravesó el pecho de un joven.

Vicente, que también se había sumado a la peregrinación para retornar al hogar, recuerda que estaba apenas unos pasos más atrás que él, y lo vio desplomarse en el instante, como si lo hubiera petrificado el mismísimo volcán.

Para los primeros días de enero, casi toda la ciudad había vuelto a sus casas, y los militares se alejaban por donde habían llegado. El volcán seguía rugiendo amenazas. Ya no era el mismo que durante los últimos 80 años había permanecido manso y silencioso. Pero el pueblo tampoco. Algunos habían ido en busca de otro lugar donde asentarse, se habían alejado para no volver, para no mirar atrás. Otros habían vuelto para quedarse, para no olvidar, para aprender a convivir con el “gigante negro”.

Vicente había regresado a su casa, a su taller, pero había vuelto lleno de preguntas:

–¿Por qué debemos irnos?, ¿qué clase de peligro hay?

–A los volcanes que están sobre el nivel de mar sí hay que temerles. Por la poca altura que tienen, las ciudades están más cerca de ellos. El cráter del volcán Tungurahua está a 8 kilómetros de la ciudad de Baños.

–Además, la forma de su cráter es cóncava, lo que hace que la mayor cantidad de magma se dirija hacia el occidente. –Decía, entre sus muchos argumentos para quedarse, quedarse sin miedo.

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Al regresar a Baños, y en los años siguientes, Vicente comenzó a caminar los alrededores del volcán, a explorarlo. En una época lo hacía a diario y durante horas.

–Cuanto más ascendía, encontraba cascajas -cascotes- más grandes.

–Cuanto más activo está, más me acerco: es cuando más se disfruta la belleza de la naturaleza.

Tanto leyó acerca del volcán, tanto caminó a su alrededor, lo escuchó y lo observó, que llegaron a conocerse muy bien.

–La naturaleza se prepara, y nos prepara. Y si le damos atención, no es impredecible. –Decía mientras explicaba cómo observar las nubes, o interpretar los cientos de temblores previos a la erupción.

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La visita iba llegando a su fin, una hora había sido mucho para ese cuartito de dos por dos, pero poco para tanta información, que no hubiera cabido en toda Baños. Finalmente, sus estriadas manos de mecánico automotriz tomaron un cuarzo.

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Estas manos lindas son de Lean

–Ellas brillan como espejos mientras yo envejezco. Ellas compensan mi insuficiencia, mi imperfección.

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Vicente mostrándole a Lean una pequeña réplica que hizo del volcán

 

Datos prácticos para conocer Baños
  1. Baños de Ambato es una de las ciudades más turísticas de Ecuador.
  2. Un hostal rondaba los 12usd para dos. Con cocina.
  3. La entrada a la famosa casa del árbol, o columpio del fin del mundo sale 1usd por persona. Se puede llegar caminando o en un bus local que sale en 4 horarios al día y cuesta menos de 2usd por persona.
  4. Un almuerzo en el mercado local cuesta de 2,50 a 3usd por persona.
  5. El museo del volcán Tungurahua se encuentra en Thomás Halflants y Espejo y el teléfono es 032 740 160. La entrada es a voluntad.

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Un comentario en “Baños de Ambato: crónica de una evacuación forzada

  • tere

    Hola chicos, me encanto la historia. Agus, cada vez escribis mejor, tus relatos son tan amenos como poéticos, que tengan mucha suerte en su próxima aventura. De verdad da ganas de conocer todos esos lugares tan encantadores, los quiero, Tere