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Siempre decimos que el viaje es la vida. Y es así, porque el día a día en movimiento, el compartir todo con desconocidos, el recibir o dar, y el conocer lugares y sentir que estás viendo el mundo es una realidad diaria.

Pero a la vez, acaba por convertirse en una rutina, una poco convencional, sí, pero al fin es una vida a la que uno se acomoda, y se acostumbra. Entonces, cuando la magia sucede –y las cosas increíbles en verdad suceden-, todo se da de una forma tan natural que a veces nos cuesta reconocerla. Cuando las cosas menos pensadas nos pasan, solo somos capaces de darnos cuenta de cuán inesperadas e increíbles fueron una vez que pasaron, o, incluso, tiempo después de que hayan sucedido.

Hacía casi un mes que vivíamos en Panamá. Habíamos llegado a la casa de nuestro amigo Oli, un francés que nos recibió a través de Couchsurfing, y no nos pudimos ir más. Nos sentíamos en casa, y en familia. Las semanas pasaban, y los días se nos iban en buscar un trabajo freelance que nunca aparecía. No hacíamos realmente nada en la ciudad, de hecho salíamos poco de la casa, pero tampoco nos decidíamos a irnos. Nos damos cuenta de que cuanto más tiempo pasamos de viaje, más cuesta irse de cada lugar, más rápido pasa el tiempo, y más lento reaccionamos nosotros. Además, muchas veces lo que más necesitamos es pasar un tiempo en la cueva, sin que pase nada, sin hacer nada, como recuperando el ocio después de haber vivido mucho muy rápido.

Un día, Oli volvió de almorzar con un amigo, y nos trajo una propuesta. A un italiano, que estaba a punto de cruzar el canal de Panamá con destino a las islas caribeñas de San Blas, justo le faltaban dos tripulantes para manejar las amarras, así que él pensó en nosotros para el puesto. Y nosotros, sin saber hacer más nudos que el de la zapatilla, pero tampoco con otros planes, aceptamos sin tener la más mínima idea de qué se trataba.

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Un poquito de historia

El canal de Panamá es una obra de ingeniería -de las más grandes de su época- que une en el istmo de Panamá el océano Atlántico con el Pacífico con unos 80 km de largo y alrededor de 12 metros de profundidad.

Si bien la idea de hacer un canal que ahorrara el desvío hasta el fin del continente por cuestiones de tiempo y de dificultad de navegación se barajaba hacía muchos años, y hasta los pobladores originarios del territorio solían usar el istmo para llegar de un océano al otro, el primer intento de construirlo lo hicieron los franceses como a fines del siglo XIX. Al principio lo planificaron al nivel del mar, pero en el proceso se dieron cuenta de que necesitaban crear esclusas que aumentaran o disminuyeran el nivel del agua, en lugar de excavar tanto para nivelar el fondo. Los franceses fracasaron y luego de algunas bancarrotas y más de 20000 personas muertas a causa de la fiebre amarilla y la malaria (en su mayoría obreros esclavizados de las Antillas), le dejaron el lugar a los EE. UU. en 1904.

Los Estados Unidos le pagaron a Panamá 10 millones de dólares y una renta anual de 250000 por la colonización del canal durante 100 años, y en 1914 terminaron de construirlo. La presencia colonial de EE. UU. durante más de medio siglo significó, por lo que pudimos ver, un estancamiento del desarrollo de una auténtica identidad panameña. 60 años después del pase de manos, bajo el gobierno de Omar Torrijos, se firmó el Tratado Carter-Torrijos que aseguraba la descolonización progresiva del canal. En 1999, EE. UU. le pasó por completo la soberanía a Panamá, y quedó asentado en su Constitución que el canal es un patrimonio inalienable.

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Uno de los barquitos cruzando el canal

Desde la inauguración del canal han cruzado más de un millón de embarcaciones, que representan unos 300 millones de toneladas de mercancías, y un 5% del comercio mundial. Por día, entre 35 y 40 naves unen los dos océanos, y las tarifas por el cruce van desde los 500 o 1000 dólares para veleros y yates, 80000 por un buque promedio Panamax, las naves con la anchura máxima que puede pasar por el canal, y cerca de un millón para otras embarcaciones.

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Llegó el día de cruzar el canal de Panamá

Para cruzar el canal de Panamá en velero hacen falta cuatro tripulantes para que amarren la embarcación en sus cuatro extremos dentro de las esclusas. Al subir o bajar el nivel del agua es necesario sujetar la embarcación a las fuertes estructuras del canal, que son casi como los típicos ganchos de un puerto, con ayuda manual de los empleados oficiales, para que el viento no lo tire contra un lado o el otro y se golpee con los bordes de la esclusa. Si en la esclusa el nivel del agua está subiendo, las amarras de las cuatro puntas van a quedar muy holgadas, así que hay que ir recogiéndolas para que el barco se mantenga estable. Si el nivel está bajando hay que ir aflojándolas para que no se tensionen demasiado. Todo esto es la tarea de los tripulantes -o sea, nosotros (!)-.

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Día 1

Nicolino, el italiano capitán del velero, nos había dicho que pasaría a buscarnos por el puerto ese miércoles a las 6:30am. Antes de las 6am estuvimos ahí.

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La ciudad de Panamá al amanecer.

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Nicolino, un sesentón flaquito y fibroso, llegó en un gomoncito de 1×1 a las 6:10am, apuradísimo. Se asomó a la escalera del puerto y nos hizo señas de que voláramos hacia el gomón para irnos. Lean y yo ya nos habíamos encontrado con un amigo suyo, y tercer tripulante, Manolo, un español que había llegado al muelle poco después que nosotros con un pack de cervezas en la mano.

Los tres nos apuramos hacia el gomoncito, y mientras bajábamos las escaleras hacia el agua, un chico que estaba apoyado en el muelle le empezó a gritar a Nicolino que tenía que pagar por subirnos ahí. Más en italiano que en español, Nicolino le negó todo y empezó a hacer todo tipo de ademanes con los brazos, y siguió haciéndolos mientras nos alejábamos en el gomoncito, casi sentados en el agua.

A bordo del velero también viajaba Eric, un miembro de la comarca semiindependiente Guna Yala, con su familia: su esposa y su hijita. Iban a estar viviendo durante un mes en el velero con Nico, y mientras Eric lo ayudaba en su trabajo, Nico los devolvía a su casa en las islas.

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Alejandra, la esposa de Eric, y su hija.

Como para cuando llegamos al velero todavía no teníamos claro cuál era nuestro trabajo a bordo, seguimos la corriente y nos sentamos a tomar el café que nos ofrecían mientras veíamos el amanecer, en la quietud que era el mar, cuando todos los demás veleros parecían dormir todavía.

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Nico, como muchos otros propietarios de veleros, estaba ahí para buscar turistas por la costa y llevarlos a pasear por las islas paradisíacas de Guna Yala. Lejos estaba del restaurante que solía tener en Italia, pero la mano en la cocina no la había perdido -tal vez la traía en las venas tanas-, y resultó ser aun mejor cheff que capitán de barco.

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El barco es su casa ahora

Nico tenía turno para cruzar el canal ese día a las 9am, pero las horas empezaron a pasar, y el llamado del radio no llegaba. Como a las 11am la conversación se interrumpió porque empezamos a recibir una señal: teníamos que ir acercándonos. De un salto Nico ya estaba frente al timón con dirección a las esclusas, pero, antes de llegar, frenamos en el medio del mar para que nos alcanzara un barco del canal y -en movimiento- subiera un oficial que nos iba a guiar a lo largo de las esclusas. Ahora solo faltaba que nos den el OK para empezar a cruzar el canal del Pacífico al Atlántico.

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La autorización para el cruce podía llegar en cualquier momento, y, con eso en mente, nos pusimos a mirar las instrucciones de Nico sobre cómo hacer el nudo para amarrar la soga que nos tiraran desde el canal. La expectativa era grande, por un lado quería aprender, pero por el otro tenía mucho miedo de meter la pata.

Podía suceder que nos tocara cruzar dentro de la misma esclusa con otra embarcación. Si era así, solo había que pasarle dos amarras a la otra embarcación, y luego solo dos extremos se sujetarían a la esclusa, por lo que únicamente iban a hacer falta dos voluntarios, y tanto Eric como Manolo tenían más experiencia que nosotros.

El oficial, que solo miraba el celular y no parecía tener mucha idea de nada, creía que íbamos a cruzar con otra embarcación, pero de todos modos, nos pusieron a practicar el nudo atando un pedacito de soga al timón. Yo no terminaba de agarrarle la mano al método de Nico, y me empezaba a entrar la desesperación cuando el oficial probó su valor explicándome otra forma más fácil de hacer el mismo nudo.

Tal como tenía que ser, el llamado para avanzar fue horas después de cuando nos habían dicho, y coincidió exactamente con el momento en que Nico metía una lasagna en el horno para darle un golpe de calor final antes de comer.

Las primeras dos esclusas las pasamos amarrados al barco de al lado, un catamarán con turistas que nos veían trabajar, y nos sacaban fotos.

Voy a ser sincera, en ningún momento había preguntado, ni siquiera me había sentado a googlear qué era una esclusa, y llevaba semanas viviendo con un ingeniero que trabaja haciendo un puente en el canal. No tenía idea de qué esperar, y cuando estuve a solo unos pocos días de cruzar el canal, ya no quise saber nada, a esa altura me pareció más interesante llegar y sorprenderme con todo. Y así fue, pasar de no saber qué era una esclusa a estar adentro de una llenándose de agua como una bañera fue surrealista.

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Nos fueron guiando por lo que parecía un pasillo de agua. Una vez que habíamos avanzado hasta cierto punto, unos empleados del canal tiraron desde varios metros más arriba -al menos diez-  cuatro sogas con unas cosas pesadas en las puntas. El trabajo de los tripulantes era agarrar una cada uno y, cuanto antes, hacerles el nudo que nos acababan de enseñar, y soltarlas en el agua para que los empleados las recogieran, y las sujetaran a los ganchos del canal. Esto tenía que ser rápido para estabilizar el velero dentro de la esclusa, y que no se fuera hacia un costado. Después de ese primer paso, teníamos que seguir atentos para ir aflojándolas o tensándolas, de acuerdo a si el nivel del agua bajara o subiera.

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Los empleados del canal haciendo su parte del trabajo

La embarcación con la que cruzamos fue uno de los barcos para turistas que hacen el cruce de las primeras dos esclusas y regresan. Demoran menos de 45 minutos y cobran más de 100 dólares por persona por la experiencia de cruzar el canal de Panamá y ver cómo funciona. Los turistas, en realidad, parecían más interesados en vernos a nosotros trabajar que en el mecanismo de las esclusas, y en particular un tipo que nos retaba en inglés a ver quién terminaba de cruzarla primero.

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Adentro de una esclusa, esperando que pase el gigante de adelante.

Las esclusas son recintos que se llenan o vacían de agua, para igualar su nivel con el de la etapa siguiente a la que debe cruzar la embarcación. Cada uno de los sistemas de esclusas que tiene el canal (Miraflores, Pedro Miguel y Colón o Gatún) mide más de 20 metros de alto y carga unos 101 millones de litros de agua, pero se llena más rápido que la bañera de una casa.

En cuanto entramos, dos compuertas gigantes se cerraron detrás de nosotros y en pocos minutos unas ondas aparecieron en el agua, era la esclusa llenándose. Los pelícanos venían a posarse en el borde de la esclusa, ya que aparentemente esa agitación hacía que aparezcan los peces. Era muy difícil percibir el cambio de nivel. Recién se notaba al final cuando nos encontrábamos en la parte superior de esas altísimas compuertas que habíamos visto cerrarse, y detrás de ellas veíamos el agua por la que acabábamos de llegar, mucho más abajo.

Una vez al máximo nivel de agua de la esclusa había que esperar un ratito mientras se nivelaba la siguiente etapa.

Como quince minutos después, o más, empezaban a abrirse las puertas siguientes y pasábamos a un recinto con el mismo nivel de agua, y las puertas gigantes se volvían a cerrar.

Después de la primera esclusa salimos al lago Miraflores, y enseguida ingresamos en la segunda. Eran las primeras horas de la tarde cuando salimos al lago Gatún.

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Atardecer en el lago Gatún

Contrario a lo que podemos pensar, en el canal no se juega con los niveles de agua para salvar una diferencia entre los dos océanos, sino que se aprovecha que la tierra está más elevada para subir el nivel de agua en el canal, y llevar a las embarcaciones de una costa a la otra. En realidad, entre las aguas de los dos océanos hay menos de medio metro de diferencia.

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El terreno está más alto a la altura del canal, unos 26 metros, y allí además está el lago Gatún, que se llena de agua durante la temporada de lluvia. De aquí es de donde sale el líquido hacia las esclusas, que están a una menor altura que el lago.

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El lago Gatún fue creado durante los primeros años del 1900, y fue el lago artificial más grande del mundo en su época.

Desde el Pacífico, que es el camino que hicimos nosotros, las embarcaciones suben con los aumentos de niveles del agua en las esclusas hasta la elevación del lago Gatún, y una vez que terminan de cruzarlo -mide 33km de largo, de los 80 totales del canal-, lo empiezan a bajar para volver al nivel de mar y salir al océano Atlántico.

Poco antes de las 6 de la tarde nos avisaron que íbamos a tener que dormir ahí, así que nos amarramos a una plataforma que había en el lago.

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Es bastante común que una embarcación no llegue a cruzar el día de su turno y por el flujo constante de barcos que hay tenga que esperar hasta el otro día.

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Después de revisar unas cosas en el barco, Nico se puso a hacer la cena.

Nico y Lean se dieron un baño nocturno en el lago. Yo no me animé porque ya estaba oscuro. Más tarde, mirábamos el lago y la luna casi llena, y nos imaginábamos si podríamos vivir en un velero, al menos navegando por unos meses.

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Veíamos la inmensidad del agua, la calma, la soledad, y a Lean le brillaban los ojos, se imaginaba meses ahí. Yo veía la poesía del momento, pero no me figuraba viviendo más de una semana así. Hasta ahora no habíamos tenido un solo momento en que soñáramos formas de viajar distintas, pero el agua es una de las pocas pasiones que no compartimos con la misma intensidad.

Nos fuimos a dormir pensando en todas las estrellas que podíamos ver en el cielo esa noche. Yo dormía en un sofá cama al lado de la cocina, y todavía podía ver a través de una ranurita de la ventana las estrellas. Manolo se iba a quedar durmiendo sobre la cubierta, y Nico al lado del timón. En la mitad de la noche, sentí que una lluvia me rociaba la cara a través de esa ventanita, pero como hacía calor adentro del barco, ni me desperté del todo. Unos minutos después de que hubiera empezado alguien se acercó y la cerró, creo que fue Nico.

Día 2

Al día siguiente nos levantamos temprano, aunque no recuerdo la hora y no importaba mucho ahí, (ni siquiera para los operadores del canal) todo parecía regirse por las luces del día. Nos habían dicho que íbamos a cruzar la última esclusa más cerca del mediodía, y Nico estaba trabajando en su barco desde temprano.

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Con lo fuerte que estaba el sol lo primero que hicimos fue tirarnos a nadar en el lago un ratito.

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Yo me había quedado con las ganas la noche anterior, y con el día como estaba no había excusa. -Semanas después, encontraría una muy buena cuando otro capitán de un velero me contara que él no se baña en el lago porque hay muchos cocodrilos.-

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Después, nos pusimos a trabajar nosotros también. Había que sacarle el coral al casco del velero, y a la base del gomón, así que Lean se tiró al agua y se sumergió durante horas para rasquetearle la panza al barco, y yo me quedé con el gomón.

 

 

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Estaba cubierto de coral duro y filoso como si fuera un barco hundido de años.

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Como siempre, él en su salsa.

Poco antes de las 11am nos llamaron por el radio, y apenas minutos después apareció el oficial que nos iba a acompañar en la última esclusa, la de Colón. Cruzó casi corriendo del barco del canal al nuestro, y llegó con la noticia de que íbamos retrasados. Lean estaba sumergido, empezando a limpiar los corales de las hélices del motor, y Nico lo llamó a los gritos para que subiera. Estábamos muy cerca de la esclusa, y apenas tuvo tiempo de vestirse cuando ya estábamos entrando en la esclusa. Esta vez nos tocaba cruzarla solos, e íbamos a trabajar los cuatro, uno en cada extremo.

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Se venía la prueba de fuego.

Yo seguía repitiendo en mi cabeza los pasos del nudo para no equivocarme, cuando llegara íbamos a tener solo un intento para hacerlo y enviarles de nuevo la amarra para que ellos sujetaran el velero. El día estaba muy ventoso y teníamos que hacer todo rápido. En los últimos minutos antes de que nos tiraran la amarra Nico, que estaba en el timón, nos gritó en su italo-español que de última hiciéramos cualquier nudo, pero uno que NO-SE-DE-SA-TA-RA.

Lean estaba adelante y yo atrás, los dos a la derecha. De los cuatro extremos vimos volar unas sogas gruesas con unas bolas pesadas en las puntas hacia el velero. Yo estiré las manos para agarrarla pero la pelota esa me pegó directamente en la boca (soy bastante aparata para la coordinación física). En segundos hice el nudo y me puse a esperar la señal de Nico o del tipo del canal para darles la cuerda, mientras sentía que el labio de abajo me latía fuerte. Al mismo tiempo, el pancho que le tenía que tirar la cuerda a Lean le pifió, y la soga cayó al agua. Así que alguien -no sé quién- me gritó a mí que desatara el nudo que había hecho y pasara las dos amarras (la de adelante -Lean- y la de atrás -la mía-) por la misma soga. Así que me puse a desatar mi propio nudo, y tuve que volver a hacerlo, con soga doble esta vez. Para cuando terminé el tipo desde la plataforma me estaba gritando que me apure, y le mandé la soga para que pudiera empezar a tensarla y balancear el barco.

Ahora solo tenía que quedarme atenta a cuando me pedían soga, ya que el nivel del agua iba a empezar a bajar, pero podía mirar cómo brillaban en la superficie los cardúmenes de peces chiquitos que se habían escurrido en la esclusa, y a los pelícanos que tampoco los perdían de vista desde la orilla.

Pasamos ese primer recinto con un poco de dificultad, el barco tironeaba para todos lados y se veía cómo el viento volvía locas a las banderitas panameñas.

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El segundo fue más simple, y en el tercero se nos complicó del todo. El viento tiraba fuerte el velero hacia la derecha, hacia el lado donde Lean estaba adelante. A mí me había tocado a la izquierda atrás, y mi cuerda se tensaba todo el tiempo pareciendo que se iba a reventar. El tipo del canal me decía que dé cuerda para que no tire tanto, pero cada vez que yo entregaba un poco más, el velero se iba más hacia la derecha. Adelante, Lean tenía sus propios líos. Había amarrado su lado a la soga que le daba el empleado del canal, pero este le pedía que le dé más y más cuerda, al punto de que ya estaba colgando en el agua, y el velero se iba más contra la pared. Nico no estaba en el timón -al día de hoy no sabemos dónde andaba ni cómo hizo para desaparecer en un barco de 11×3 en el peor momento- y cada vez que Lean giraba la cabeza buscando sus instrucciones no lo veía a través del vidrio. Un segundo antes de chocar contra la pared el empleado del canal se dio cuenta de lo que pasaba y le dijo a Lean que recoja todo. Nico también apareció para gritar algo no agradable en italo-español, pero ya no había nada que hacer, golpeamos el borde del velero contra la pared. Se escuchó un “perdón” bajito del tipo del canal, que a esa altura de poco servía. El oficial que nos tenía que guiar en esa esclusa también estuvo pintado.

El viento ya no nos podía llevar más a la derecha porque tocábamos la pared con solo extender la mano. El nivel del agua bajó, y pasamos la última esclusa llevándonos un rayón como souvenir del canal de Panamá. Cuando las compuertas de esta última esclusa se abrieron el mar Caribe nos dio la bienvenida con un turquesa mucho más claro que su vecino el Pacífico.

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Empezamos a avanzar en un agua bastante agitada, y entre unos gigantes flotando alrededor que esperaban para cruzar, y mientras acomodábamos las boyas una que estaba medio desatada se fue al agua sin que nadie la toque. Lean, sin decir nada, se preparó para tirarse al mar, y yo, ya viéndole la cara, le dije “acá no te tires al agua”. Manolo y Nico lo miraban sin poder creer que lo estuviera considerando. Yo ya veía a Nico maniobrando para dar la vuelta entre los Panamax y las olas para volver a recoger boya y pibe del agua. Por suerte les terminó creyendo que el mar estaba más picado de lo que parecía y desistió viendo la boya alejarse.

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El arte de los nudos en la navegación…

Cuando nos acercábamos a la costa algo oscuro y grande apareció cerca de la superficie. Lean fue el primero en verlo y empezó a gritar “delfín, delfín”, pero nunca salía del agua la aletita, ni mucho menos saltaba. Creo que fue Eric el primero en decir que era un manta raya. Se veía una mancha negra muy grande nadando pegadita a la superficie pero sin salir, y se alejó en la dirección opuesta a nosotros.

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Finalmente llegamos a un puerto y Nico ancló el velero. Nos subimos al gomón y nos llevó a la costa para que nos dirigiéramos a Colón, aunque para esa altura los dos teníamos más ganas de seguir navegando que de volver a tierra firme.

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Los muchachos a bordo.


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2 Comentarios en “Aventura en velero por el canal de Panamá

  • Luis José Barrios

    Muy bonito, linda experiencia, pero yo quiero saber cuánto se paga en total para pasar el canal de panamá en velero. Gracias. Queremos ir 4 adultos y un niño de 8 años. A y nuestra mascota (una perrita de 2 años). Gracias por su información.

    • Agus Autor

      Hola Luis José! No sé cuánto se paga porque, como conté en el post, no me pidieron dinero para cruzarlo sino que ayudé como voluntaria. Espero que los seis disfruten mucho la experiencia!