Al costado del camino 4


Jueves 29 de octubre

Adriano

Antes de que el sueño me noqueara, pasándome factura por las tres horas que había dormido, vi pintarse en el cielo que se despertaba una partitura de renglones rosados con nubes por notas. Me di vuelta para decirle a Lean que mire, pero él ajustaba cuentas con su propia noche de insomnio y Sudoku.

Llevábamos casi doce horas arriba del camión de “Adriano, Rolando Adriano” (dicho a los James Bond pero con versión de aes estiradas en portugués). Casi doce porque paramos en una Petro desde las 12am hasta las 3:40am para que él durmiera un poco y nosotros nos debatiéramos entre los cabezazos y la vigilia por la vida nocturna de la estación de servicio.

Nos fuimos a las mesas de la lanchería cerrada de la Petrobras. Lean decidió quedarse despierto, así que resolvía Sudokus mientras tomaba una Coca cola. Como los cientos de Coca colas que se apretujaban en la parte de atrás del camión de Adriano con destino a Venezuela. Irónica poesía capitalista, si las hay. No era leche, ni medicamentos, ni papel higiénico, Co-ca Co-la.

Yo, después de improvisarme un media plaza con cuatro sillas, empecé una batalla de tres horas por conseguir el sueño entre las extremidades que, paradójicamente, se me dormían por la posición, y los ruidos de la estación que sonaba más activa de noche que lo que debía ser de día. Los pasos de los playeros, que iban y venían sin demasiado que hacer, o se paraban a conversar, la música de algún pistero noctámbulo que pasaba a cargar combustible, los sin-techo, algunos deambulaban en un continuo lleva y trae de cartones o botellas, y otros se removían en sus propias sillas o bancos hechos cama con ruidos extraños o alguna exclamación a un fantasma de un mal sueño. A cada rato pasaba algún camionero para conversar con el desvelo, o simplemente a pasearse en toalla de la mano de una señora, y a agarrar una cerveza de la heladera, como en casa.

Siempre tuve como una especie de prejuicio benevolente hacia los choferes de camiones, como un respeto hacia todo ese sacrificio: horas en soledad, noches en la ruta, que la mayor parte de los momentos compartidos día a día sean con personas que no te conocen, los placeres momentáneos, los paisajes iguales, los ojos cansados, fijos en el camino, la muerte al borde de la ruta, ver el mundo desde ese lugar más arriba, pero sin poder tocarlo, los saludos en milésimas de segundos con los otros choferes que se aproximan desde la mano contraria, compañeros del sentimiento.Al costado del camino_1

A las 3:40, veinte minutos antes de lo que nos había dicho, Adriano vino a avisarnos que ya salíamos. No bien agarramos de nuevo la ruta, Lean se enroscó en el camarote del camión, entre las mochilas, y se durmió antes de cerrar los ojos.

Por la ventana del camión, como en una pantalla HD, la BR174 se extendía casi sin autos, con un gris que desafiaba la variada paleta de la sabana brasilera, y ocultaba a las águilas posadas en el pavimento en un mimetismo suicida. Yo luchaba para que no me gane el sueño y por ser una buena copiloto, pero casi sin entender, observaba alternativamente la cara de póker de Adriano, con la vista clavada al frente, y esa ruta, siempre igual, siempre recta, siempre llana en esa parte del camino, sin más vida que los arbustos y las aves.

El sueño me vencía con solo pensarlo, pero Adriano parecía más despierto que la tarde anterior, fresquito, como si hubiera dormido toda la noche. Creía ver un entendimiento sin palabras entre él y la carretera, una conversación constante en el idioma de la soledad, compañeros mutuos de la no compañía en ese trayecto que daba la impresión de no avanzar en el tiempo.

De hecho, parecía mentira que cuando estábamos por llegar a un lugar, a menos de 100km, ya fuera a la noche a Boa Vista, o por la mañana a Pacaraima, Adriano bajaba la velocidad, avanzando a 30km/h, o paraba a chequear las ruedas, el aceite, al baño, a comer algo, a tomar un café. Lo veía desde el espejo retrovisor tomarse minutos enteros eligiendo una ramita que le gustara para medir el aceite, la limpiaba, la miraba, lo volvía a medir. Era como si no quisiera llegar, como si disfrutara más la monotonía de la ruta, al punto de querer quedarse ahí, suspendido, transitando para siempre esa vía impasible y solitaria.

Miércoles 28 de octubre

Nosotros

La vida es un viaje, pero en algunos de nosotros esa realidad se vuelve más literal.

Hacía un rato que esperábamos en la ruta un vehículo con el que recorrer la recta final para dejar Brasil. En la espera, nos acompañaban la humedad del Amazonas, el cielo que amenazaba con inaugurar la temporada de lluvias, los conductores que pasaban con la vista hacia adelante, sin un guiño con la luz, una bocina, un saludo, un vistazo, ignorando nuestro pulgar, pero también nuestra sonrisa. A veces pasa.

Algunos, con todos los asientos ocupados, nos hacían la seña de “estamos llenos”. Otros, con uno o dos lugares libres… también.

Como si nada, las 9am se hacían las 10am e íbamos avanzando de a tramos a pie para ver si cien metros más adelante la cosa estaba igual, confiando en que no.

Poco rato después de haber encontrado un refugio a la sombra, a menos de cincuenta metros de donde estábamos nosotros, se acomodaron dos chicos y más adelante dos mujeres, sentados en el pasto, a la sombra, para levantarse cada tanto a latiguear con la mano a algún camionero y, aparentemente, a reclamar su derecho a un viaje. Entonces decidimos cargarnos las mochilas y andar un poco más.

Ya estábamos lejos de la “civilización”, en las afueras de Presidente Figueiredo, con más calor, y más ruidos (gritos) de animales (fieras) y hojas secas moviéndose (¿víboras?), pero gozando de nuestra propia soledad mochilera, Lean cantando Jamming a capella, y yo, los coros (!).

El mochilero, o al menos el mochilero que hace dedo, también carga días solitarios en la mochila, días de horas enteras viendo pasar rostros tan impermeables a las sonrisas como sus parabrisas polarizados, de saludar sin que lo saluden, de esperar sin estar seguro de qué, de pedir sin que le den.

No recuerdo el nombre del señor que paró. Tenía una camioneta tipo Saveiro y un solo lugar libre, el del acompañante, pero frenó sin dudar. Se me ocurrió que muchos, cuanto más espacio tienen en el vehículo, menos en el corazón.

Iba a 50km de donde estábamos (Boa Vista quedaba a 620km) así que nos apretamos en el asiento los dos y nos dejó enfrente de una lanchería, en un banquito que funcionaba como parada de un bus escolar.

En las tres horas que pasaron me volví esa persona horrible que puedo ser cuando la hostilidad de la situación es inversamente proporcional a mi tolerancia. El día venía complicado, no teníamos Reales para comer, estábamos ansiosos por llegar a Venezuela y disfrutar su comida excelente (y barata), ya estábamos más cerca de la tarde que del mediodía, y teníamos varias horas hasta Boa Vista, ya sabíamos que íbamos a llegar entrada la noche, casi no pasaban autos (uno cada cinco o diez minutos), teníamos calor y hambre… y muy poca paciencia. A veces se pierde la perspectiva, son esos días en los que la vista se empaña y eso de lo que en otros momentos te podés reír se convierte en la peor cosa del mundo.

Pero por suerte son esos mismos días en los que se suelen recibir curas de humildad más súbitas que un baldazo de agua helada.Al costado del camino_2

Marina

En el terreno donde estaba la parada del bus, al costado del camino, había una casa. Era al fondo, retirada unos treinta metros de la ruta. Al costado, el terreno se elevaba en una lomita y varios chicos esperaban ahí su bus para ir a la escuela. Adentro del jardín de esta casa, se extendía una soga larguísima donde una chica colgaba prendas de todos colores, y otras muchas esperaban húmedas y enredadas en el balde su lugar al viento y al sol. Las agarraba de a una y las acomodaba prolijas en la soga, mientras miraba a su alrededor: la casa vecina, los perros, las gallinas, la ruta.

Pasó la hora del almuerzo y los autos volvieron a llegar un poco más seguido, pero la recta era larga y nos dejaban dando vueltas por su velocidad.

Mientras conversábamos con Lean sobre todo y la nada misma para matar el tiempo, (en charlas que no dejaban de subir la tensión por momentos debido al nivel de exasperación de los dos) vi llegar desde la casa a una anciana con un plato entre las manos. Arroz, frijoles, un huevo frito y un pedazo de carne. Y, por supuesto, el tupper con mandioca molida para echarle al arroz. La misma comida que veíamos desde hacía un mes en todas las lancherías y restaurantes de Brasil, y que había comido todos los días la primera semana, que había seguido comiendo bajo protesto la segunda semana, y que me había hecho decidirme por las frutas, el yogurt y las tostadas integrales hasta Venezuela durante el resto del mes.

Pero eran las 14:15 y de las tres bananas que había desayunado a las 8 ya no quedaba ni el recuerdo.

Con pasos lentos y movimientos suaves, tal vez por la edad, o tal vez por timidez, la señora se acercó a nosotros y nos preguntó “¿aceita?” extendiendo el plato.

Me sentí una pendeja de mierda. Por haberme quejado tantas veces de ese arroz blanco, por haber sentido internamente que alguno de esos autos tenía la obligación de parar, por no haberme esforzado más en un mes por aprender una palabra de portugués… y por tantas cosas más.

Nos sentamos en el banco a comer con ganas y hambre, mientras Marina se quedaba ahí haciéndonos compañía. Me puso una mano venosa y de piel suavecita en la rodilla para que la mire y empezó a escribir con tinta imaginaria de su dedo índice izquierdo algo en su palma derecha.

–75. –Lo dijo con una expresión casi como de sorpresa, como sin poder creer que esa fuera su edad, o que había llegado a ella. Y aún más sorprendida dijo que iba a cumplir 76 pronto.

–¿Cuándo? –.

–El 1° de mayo de 2016. Mayo, cinco. –repitió mientras mostraba sus cinco dedos en una palma agrietada por el tiempo.

Dijo que es viuda y que vive en esa casa hace más de treinta años. Y que esa casa es de ella, que todo ese terreno es de ella.

–Mío. –repitió alargando la “i” y tocándose el pecho con la palma izquierda para señalarse.

Dijo que había visto que estábamos ahí hacía horas y que después de almorzar le dijo a su familia que nos iba a traer algo para comer por si teníamos hambre.

No necesito decir que fue el arroz con frijoles más rico en un año de viaje.

Cuando terminamos, nos preguntó nuestros nombres:

–Leandro.

–Agustina. –Y ahí se puso a los gritos, porque dijo que su vecina se llamaba igual “¡Ausí, Ausí!”.

Nos ofreció recargar la botella que teníamos con agua, así que me encaminé con ella hacia la casa. Por señas, me indicó que llenara la nuestra con la botella que me daba, en la pileta de la cocina. También me dio un vaso con café y otra vez con gestos me dijo que lo llevara para compartirlo con Lean.

Cuando salimos de su casa, la chica que había estado colgando la ropa más temprano, ahora lo hacía en otra soga que tenían en la galería.

–Boa tarde. –le dije en un portugués españolizado, pero Marina me tocó el hombro y con un gesto se señaló la boca mientras con la mano decía que no, y lo mismo después de señalar sus oídos y dijo algo que sonó igual a “muda y sorda”. Así que nos saludamos con la mano y ella sí me devolvió la sonrisa que nos habían negado casi todos los conductores que vimos durante el día. Una sonrisa hermosa.

Marina me acompañó hasta la puerta y, después de abrazarme, dijo:

–Alguien va a parar. –Yo, cuando salimos a la ruta a hacer dedo, suelo pensar eso, pero ese día hacía muchas horas que no me lo recordaba, y menos con esa seguridad. Pero Marina lo dijo con tanta convicción que le creí.

Cuarenta y cinco minutos después Adriano detenía su camión.

Cuando pasamos corriendo por delante de la casa de Marina levanté la mano por si había alguien mirando, y varias manos saludaron desde las hamacas colgadas en la galería. Mientras, unos cuantos chicos nos despedían desde arriba de la lomita.


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4 Comentarios en “Al costado del camino

  • Flor Navatta

    Simplemente hermoso… Me hiciste emocionar, Agus! Esas anécdotas que te quedan en el corazón y te hacen seguir eligiendo lo que estás haciendo día a día, no tienen comparación!
    Los súper banco, chicos! Sigan para adelante que inspiran corazones 🙂

    • Agus Autor

      Flor!! Increíble tu comentario, realmente me emociona mucho que alguien me lea y encima le guste!! Gracias por la fuerza que nos mandás. Nos hace muy felices compartir estas cosas, porque en verdad son especiales y posibles cuando uno se manda a la ruta y se abre a que sucedan. Estamos ansiosos de que empieces a contarnos las suyas. Abrazo!

  • Jorge

    Extraordinario , te felicito Agus , tu relato es excelente , me hiciste sentir como si estuviera al lado de Ustedes , muy buena experiencia de vida , besos a los dos y a seguir adelante
    RETROCEDER NUNCA , RENDIRSE JAMAS !!!!