A dedo de Guyana a Surinam: paso a paso por la América no latina 2


Guyana

Estábamos haciendo dedo en la ruta bajo el sol, al lado de un semáforo y de una montaña de basura, en medio de Georgetown, Guyana para llegar a Surinam. Los autos que pasaban nos dejaban dando vueltas, y los que paraban en el semáforo no nos daban ni una mirada. Un poco más lejos de nosotros estaba el “sea wall” lleno de graffitis, como una muralla de protección para que el mar no se desborde y entre en la ciudad. Y hacia el otro lado, en dirección a la casa de Ian, nuestro anfitrión de Couchsurfing, había una zanja con una flores blancas grandes, muy parecidas a la flor del loto, que parecían estar ahí para hacer juego con el templo Hare Krishna de la esquina. Del otro lado del semáforo, dos chicos le gritaban “wota, col wota (water, cold water)” a los vehículos, con las botellas que vendían en las manos. El calor era sofocante.

Paramos el primer bus local que pasó y que iba al próximo pueblo. Era un minibus. Quien haya estado en Bolivia y Perú sabe qué es un minibus; yo, antes de salir de Argentina, no tenía idea. Son, literalmente, buses mucho más chicos que los convencionales, en los que hay que doblarse tipo “L” para entrar, y hacer parar a medio bus para bajar. También tienen lo que se llama “cobradores”, personas que viajan en la parte de atrás, con los pasajeros, y le van cobrando a la gente su boleto, abriendo y cerrando la puerta y, en muchos casos, gritando por la ventana los destinos que tiene ese bus, e instando a la gente a subirse con señas, sonrisas y ademanes.A dedo de Guyana a Surinam: conociendo paso a paso la América no latina 2

Aun así, nos pareció que el transporte público en la ciudad funcionaba bastante bien. Georgetown es la capital, y la ciudad más grande y poblada del país, pero aun así, con 134000 habitantes no hacen falta buses más grandes.

La que manejaba el minibus -por el carril de la derecha, como en todo el país- era una mujer, y había otra como cobradora, que tenía el cabello cubierto por un velo. Y así como nosotros la mirábamos con curiosidad a ella, su velo, su fajo de billetes y monedas en la mano, y su habilidad para sacar medio cuerpo por la ventana y gritar, ella nos miraba a nosotros. Intentamos hablarle y saber más de ella, pero el bus hacía tanto ruido que no entendíamos nada de lo que decía en un inglés bastante cruzado. Además, parecía más interesada en viajar mirando por la ventana, aprovechando que era sábado y casi no había gente en las paradas.

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Este era otro bus, con un cobrador hombre.

En Guyana, el idioma oficial es el inglés, pero lo que se habla en todo el país es el creole, el inglés criollo. Para los que tenemos el oído malcriado con el inglés de Gran Bretaña o EE. UU. se puede hacer muy difícil entender esta variante. Durante nuestros días en Guyana hubo momentos muy frustrantes en los que sentimos que hablaban un idioma desconocido, porque no podíamos entender ni una palabra de lo que nos decían. En el colegio, la gente aprende el inglés “formal”, pero en la calle y la vida diaria, se usa el creole, que es más como una jerga, que suena como el inglés jamaiquino.

Teníamos que llegar esa misma noche a Paramaribo, en Surinam, a 444km y un ferry de distancia y, para variar, habíamos salido tarde de la casa de Ian, era casi media mañana.

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La bandera de Surinam


Surinam

Llegamos a dedo hasta después de New Amsterdam, en Guyana, y tomamos un bus local a Corriverton, el último pueblo 20 minutos antes de la frontera. Cuando llegamos, teníamos que tomar un taxi o hacer dedo hasta migraciones para tomar el ferry, el viaje tardaba unos veinte minutos en auto. Eran las 12:45 y migraciones cerraba puntualmente a las 13h. El conductor del bus nos dijo que ni se nos ocurriera pagar el taxi porque no íbamos a llegar a cruzar, así que nos fuimos a buscar dónde pasar la noche.

El hostal más barato de la ciudad, donde permitían colgar hamacas, solo aceptaba “amerindians” según rezaba un cartel en el portón. No teníamos claro qué significaba eso, así que tocamos el timbre para preguntar. Aparentemente era un hostal que pertenecía a un gremio o algo así, y solo aceptaban aborígenes. La señora que lo atendía estaba muy apenada por no poder dejarnos pasar, ni hospedarnos, pero dijo que si su jefe la veía recibiendo a gente “blanca” podía perder su trabajo.

Ya al llegar a Guyana habíamos notado que la mayoría de las personas en la calle era afroamericana y aborigen, o descendientes de ellos. Además, el turismo no es del todo frecuente -y menos el turismo mochilero-, -y todavía menos en la ciudad (mucha gente va a hacer tours caros a Resorts en la selva)-. Así que constantemente veíamos cómo mucha gente por la calle nos miraba intrigada; y muchos de ellos, de hecho, nos saludaban con simpatía y nos daban la bienvenida.

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La vista desde el hostal

En este hostal, se sintió raro que directamente nos dijeran que no nos podían hospedar por “blancos”, y nos dio pena porque la señora parecía muy amable. Nos recomendó un hotel cercano y dijo que volviéramos si teníamos algún problema y veía dónde nos metía, pero no quisimos poner en riesgo su trabajo. El hotel, que nos resultó bastante caro para nuestro presupuesto, estaba atendido por unas hindúes gritonas a las que no les entendíamos nada en inglés. Eran un grupo como de cinco, todas mujeres, y se pasaban el día en la planta baja mirando televisión, riéndose y cantando. Al parecer éramos los únicos huéspedes y por sus caras parecía que les incomodaba cada vez que interrumpíamos la novela. Aparte de pagar, les hablamos para preguntar por un supermercado, pero igual no tuvo sentido, porque la que estaba a cargo nos explicó en inglés “hindú” durante más de cinco minutos cómo ir, y a pesar de que los dos asentimos, ninguno entendió nada.

Al llegar a Surinam, estábamos al final de la cola, así que para cuando sellamos el pasaporte todos los autos que venían con nosotros en el ferry se habían ido (estuvimos bastante lentos…). Afuera de la oficina de migraciones había una ruta solitaria que terminaba ahí, o sea que nadie iba a pasar hacia la capital, solo nos quedaba tomar un taxi hasta la próxima intersección de la ruta para hacer dedo. Un minibus innegociable nos cobró el presupuesto diario para llevarnos al cruce con la ruta que iba a Paramaribo.A dedo de Guyana a Surinam: conociendo paso a paso la América no latina4

Nos bajamos en una intersección, en las afueras de la ciudad de Niew Nickerie. Había campos sembrados, maquinaria agrícola, una casa de estilo holandés muy venida a menos, que se parecía a una de las casas del juego LIFE, y, justo enfrente de donde estábamos, una despensa. Teníamos mucha sed, pero no habíamos cambiado plata, y los dólares guyaneses GYD que teníamos no nos iban a hidratar.A dedo de Guyana a Surinam: conociendo paso a paso la América no latina3

Estaba por ir a pedir de todos modos un poco de agua cuando vimos que a lo lejos se acercaba un vehículo. Estábamos en el lugar ideal: había una sola sombra, la del palo de luz, que no alcanzaba a cubrirnos ni la oreja, y el sol nos partía al medio. Para hacer dedo era inmejorable, porque quien pasara iba a parar por lástima.

El vehículo que habíamos visto desde lejos era un camión, y bastantes metros antes del cruce empezó a disminuir la velocidad y frenar toda su estructura para dejarnos subir. Solo nos podía llevar un kilómetro y medio más adelante, pero era justo donde había otro cruce por donde pasaban más autos, y una estación de servicio donde comprar agua. Hablamos con el conductor en inglés, aunque su lengua materna era el holandés. También hablaba sranan tongo. En Surinam casi todos son bi o trilingues -como mínimo-. Antes de que termináramos de bajar, nos saludó con un apretón de manos y dejó 10 dólares surinameses en la mía, diciendo que nos compráramos algo fresquito (en ningún momento le dijimos que no teníamos plata).

Con los dos litros de agua y a la sombra, ya estábamos preparados para esperar el próximo vehículo en dirección a Paramaribo. Una chica, ingeniera de minas, iba unos 30 kilómetros más adelante, que no era mucho y estábamos en un buen lugar, pero nos dio tan buena impresión que nos subimos igual para conocerla. Su auto era chiquito y apenas cabíamos nosotros, las mochilas y dos plantas que se había comprado de camino a su casa. Era pocos años mayor que nosotros y hacía no mucho había abandonado su trabajo de ingeniera en minas para dedicarse a dar clases para niños.

Nos dejó en una esquina, en la entrada de la ciudad a la que ella iba. Me puse a hacer dedo mientras Lean empezaba a acomodar las mochilas al costado de la ruta, pero no hizo a tiempo, porque el primer auto frenó antes de que hubiera terminado de estirar el pulgar, fue un tiempo récord. Una mujer, un hombre y un nene, no eran familia, sino amigos. Volvían de un seminario de El arte de vivir en Niew Nickerie, y el chico, como de 10 años, que no era familiar de ninguno de ellos, había ido como voluntario para ayudar en la organización. La mujer tenía una sonrisa gigante, del mismo tamaño que sus orejas, los ojos hundidos y la cara muy, muy flaca que, junto a las arrugas, la hacían parecer mayor de lo que era. Pero aun así había algo en la expresión que le daba su sonrisa que la hacía parecer bonita. Igual que la chica anterior, era ingeniera en minas.

En Surinam, la economía se sostiene con la minería, que representa el 85% de sus exportaciones. Producen petróleo, oro y bauxita (que sirve para hacer aluminio). Muchos viven de eso, y otros tantos (personas y animales) mueren: entre el poco control del Gobierno y el aumento que tuvo la actividad en la última década (de más del 800%) también creció la deforestación, y la contaminación del aire y el agua por el mercurio que se usa para extraer el oro.

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Una de las primeras imágenes del país

Pero Marcia había renunciado no hacía mucho para dedicarse a pintar cuadros y lámparas y dar clases de yoga. Quizás era eso lo que la hacía más linda, se veía feliz. Su trabajo en las minas la había hecho sentir mal durante años por el impacto que tenía en el medioambiente. Así que un día se unió al Arte de vivir, se hizo vegetariana y se puso a pintar. Una forma muy zen de mandar todo lo que te hace mal a la mierda.

Surinam es el país más pequeño de toda América del Sur, pero se dice que más del 90% de su extensión es selva. Habitada no solo por una variedad enorme de flora y fauna sino por poblaciones aborígenes y maroons (descendientes de exesclavos africanos).A dedo de Guyana a Surinam: conociendo paso a paso la América no latina9

La contaminación del agua con mercurio impacta al medioambiente, pero también a los pobladores que viven aislados por completo del resto del país, y que toman esa agua y comen los peces que viven en ella.

La medición de la minería legal muestra que en la última década fue derribado el 1% del total de la selva del país, pero no dice cuánto fue desmontado a causa de la minería ilegal, lo que es imposible conocer. Unos 30000 surinameses se ganan la vida con la minería ilegal y otros tantos brasileros saltan el arbusto para ir a hacer lo suyo en el país vecino, igual que como habíamos observado en Guyana.

Exorcizada de sus demonios, la ahora pintora también estudiaba canto, y su amigo Imro era músico, y le apasionaba fusionar estilos, así que el viaje en auto se volvió bastante interesante cuando nos dimos cuenta de que nosotros íbamos a ser la radio.

Resultó que la única canción argentina cuya letra sabíamos los dos (Lean y yo) era El Fantasma de Árbol -se ve que no compartimos los mismos gustos en música nacional- y nuestros nuevos amigos insistían en que fuera en español, aunque no entendían casi nada-. Lo que al principio me pareció una pesadilla: Lean y yo cantando a capela una canción de Árbol adentro de un auto, mientras yo veía de reojo la mirada del nene, que estaba hasta las bolas con los mantras y sonidos guturales del zen; terminó siendo una fusión más que interesante cuando Imro empezó a hacer un canto en las mismas notas que nuestras voces, y que terminó pareciendo la música de fondo.

Interrumpimos la sesión de música para hacer una parada a medio camino y comer unos cocos. En muchos países de América Latina es más que común que al costado de la ruta haya puestos que venden “coco helado”, y todos siguen más o menos el mismo ritual. Lxs vendedorxs suelen tomar el coco verde y grandote de las heladeras que tienen, y, con machete en la mano hábil y coco en la otra, dan dos o tres golpes certeros -ya que es eso o uno de sus diez dedos- y se abre un pequeño agujerito al interior del coco. Introducen un sorbete, y uno se toma ahí mismo el “agua de coco” (que es una cantidad mucho mayor de la que se imaginan, y en general da para compartirla) y le vuelve a dar el coco al puestero. De nuevo -dedos mediante- con unos machetazos -cuatro esta vez- dividen el coco en cuartos. Con la punta del mismo machete sacan la pulpa y uno se la va comiendo en el camino. Es un arte digno de admirar para los que venimos de países sureños, y hay pocas cosas más sanas, refrescantes, calóricas, y digestivas que un coco.

Ya en los suburbios de Paramaribo nos desviamos para dejar al chico en su casa. En cuanto bajamos, él corrió a agarrar su pelota de fútbol y ponerse a hacer jueguitos, y los demás bajamos a saludar a su mamá.

En Surinam, es costumbre que uno no simplemente pase por la casa de alguien, haga lo que iba a hacer, y se vaya: hay que entrar y comer algo. La madre del chico nos estaba esperando. Obvio que no a nosotros dos, sino a ellos, y ya tenía listo un curry de papas con roti (un plato 100% vegano). Como Marcia no tenía tiempo para quedarse a comer, porque quería ir a ver a sus hijos después de los días en el seminario, la señora nos dio un jugo para esperar sentados en su mesa mientras ella en la cocina envolvía la comida de los cuatro para llevar (sí, aunque no nos esperaba, también nos invitó a nosotros). Cuando nos entregó la bolsita a cada uno, seguimos viaje hacia el centro de la capital, saludando a la señora y al nene desde el auto con un “dankjewel” (“gracias” en holandés).

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Este es un curry de papas que comimos en un local en Surinam

Oscurecía cuando llegamos a la ciudad. Hambrientos (porque no habíamos podido comer el curry en el auto) y sucios llegamos a uno de los bares más chetos de la ciudad, y definitivamente el más de moda. Era el único que iba a tener seguro WiFi para hablar con nuestro anfitrión de Couchsurfing e iba a seguir abierto hasta tarde, por eso nos dejaron ahí. A poco de haber llegado, un holandés se acercó a nuestra mesa para regalarnos más de media cerveza grande que le había sobrado antes de irse.

Todo el bar estaba lleno de europeos, y se escuchaba tanto holandés como inglés. Era difícil saber si alguno de los presentes era surinamés, pero la estadística diría que ninguno lo era, porque las tres Guyanas nos mostraron que para muchos europeos es conveniente venir a vivir de este lado del Atlántico, en sus antiguas -o actuales, en caso de Francia- colonias por la facilidad con las burocracias migratorias y los salarios por “expatriación”, que les dan la posibilidad de vivir una buena vida a un costo mucho menor que en Europa.

Llegamos a la casa de nuestro anfitrión de Couchsurfing: era un tipo divorciado, un arquitecto que había construido una casa de dos pisos para una familia que estaba disuelta desde antes de poner el primer ladrillo. Tenía una lentitud y un relajo que parecían más bien como una especie de depresión vuelta rutina. Cinco cuartos y un baño vacíos en la planta alta. Él vivía en la planta baja, en dos cuartos chiquitos, uno para él y el otro para los dos hijos. El primer piso pertenecía a las arañas, los juguetes viejos, unos colchones, equipos de ejercicio, y, dada la ocasión, a nosotros. Lo único de la casa que estaba tal como él lo había dibujado era el estanque de como dos metros por uno y algo con unos peces bastantes grandes que le gustaba sentarse a observar cuando salía a la galería a fumarse un cigarrillo.A dedo de Guyana a Surinam: conociendo paso a paso la América no latina6

Conocía a varios argentinos gracias a Couchsurfing, y después de su segunda copa de un Trapiche que había dejado la última argentina que estuvo ahí (¡gracias!), lo miró muy serio a Lean y le dijo que lo veía muy parecido a uno de sus argentinos favoritos, a quien él admiraba mucho, el Che Guevara. (¡Lean no entraba en la silla!)

Después de hablar con él y darnos un baño, nos sentamos, por fin, a comer. Todos los platos con curry y roti que probamos en Surinam y Guyana fueron dignos de una ovación, pero ese definitivamente era el mejor. Se notaba en su sabor que no era de un local o un restaurant, sino bien casero. Lo devoramos y tuvo ese efecto mágico que tenían los demás, de llenarnos aun cuando no era mucha cantidad. Comimos pensando en si esa señora sería consciente de lo que nos había dado cuando armó esos dos paquetitos. Y en que no teníamos manera de hacerle saber que nos había encantado, ni de agradecerle.

Al día siguiente saldríamos a caminar por la ciudad, el centro, las calles, los negocios, los mercados. Sin embargo, era nuestro primer día en el país, y apenas habíamos hecho el camino para llegar hasta la capital, pero ya sentíamos que habíamos visto mucho, y también intuíamos que una semana ahí se nos iba a quedar corta.

Si quieren leer todas las historias de nuestro paso por las Guyanas pueden hacerlo acá

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2 Comentarios en “A dedo de Guyana a Surinam: paso a paso por la América no latina

  • Agustín Reus

    Hola, muy bueno tu post. Estoy interesado en visitar la selva de alguno de estos 3 paises. Que me recomendas? ustedes tuvieron oportunidad?
    Saludos

    • Agus Autor

      Hola Agustín!
      Perdón por la demora en responder! Nosotros fuimos a la selva en Guayana francesa, y lo contamos en este post http://viajemonosdeaqui.com/guayana-francesa-la-francia-sudamericana/. No fue un tour, sino una caminata de un par de horas por un sendero libre dentro de la capital.
      Sabemos que en los tres países hay tours a la selva, pero no tenemos los precios. En cuanto a cuál de los tres países será mejor, considerá que en Guyana tienen la cascada Kaieteur, la segunda más grande de América del sur, y mucha gente va solo para ver eso. Por otro lado, en Surinam parecía estar todo más preparado para el turismo (porque van muchos holandeses).
      Si llegás a entrar por tierra en Guyana, desde Lethem hasta Georgetown, o viceversa, vas a pasar por el centro de la selva, y te podés bajar en el camino, en algún pueblo que esté dentro de la Reserva natural Iwokrama (igual, lo ideal sería que tengas todo más o menos averiguado antes).
      Ojalá encuentres una buena opción! Saludos!!